La visita de Margarita Cueto a Medellín en 1968


A fines del año pasado llegó Margarita Cueto a Medellín.
Venía en un gran tanque de formol, y semejaba una de esas imágenes de cera
     que parecen bañadas en esperma;
desde días antes se sentía un insoportable olor a crisantemo y las polillas habían
     invadido el aeropuerto.
(Antes de que Thomas Alva Edison inventara el fonógrafo, Doña Margarita repartía
     sus días entre ensayar Taboga con Juan Arvizu y espantar los diminutos gusanos
     de la muerte).
Fue aquél un espectáculo digno de verse: Un oxidado cañón encontrado en Chorros
     Blancos saludó el aterrizaje del avión,
y en ese preciso instante resucitaron siete viejos amantes del bambuco;
acto seguido una banda de invisibles instrumentistas, después de los himnos
     de Colombia y México, interpretó “Corazones sin rumbo” con fantasmal
     vehemencia y todos pudimos llorar a nuestras anchas:
La música se oía del otro lado de la muerte: era el momento de las grandes libaciones
     de incienso, se podía hacer una profesión de la queja o fabricarse un cuchillo
     para matar tanto olvido.
Pero esto no fue todo: en la casa de una de mis tías, la vitrola descompuesta desde
     hacia 27 años comenzó a funcionar sin que nadie la tocara, y en la familia se dijo
     que todo había sido un milagro.
Ya por la noche, en el homenaje de rendida admiración, después de las palabras
     del señor alcalde, se anunció una canción de Doña Margarita;
Pero en lugar de las estrofas del bambuco, comenzaron a salir de su boca pequeñas
     telarañas que le dieron al recinto el aspecto de un desván.
Y la señora comenzó a derretirse hasta volverse miel de abejas que una nube
     de moscas devoró con odio generoso;
fue entonces cuando las magnolias enviadas por el Señor Obispo se tornaron
     en un polvillo ceniciento que los predicadores de Año
Nuevo explotaron sin misericordia cuando hablaron de la muerte.
Pero ya todos éramos estatuas de sal.