Una elegía


Todavía perduran esas tardes de sol: nada qué esperar del mañana,
todo nos lo daba el día que vivíamos,
un pan desordenado del que confía en todo, sueño profundo, sueño quieto,
la mínima certeza de la carne con algo de ternura contra la mala sangre,
una displicente seguridad de que perduraríamos jóvenes, incólumes, sin mancha ninguna
     en las entrañas.
Todavía existen esas tardes sin desprecio y sin afecto por nada que no fuera
     nuestro goce:
el mundo entero cabía en el lecho donde nos amamos.
Vislumbro un jardín entre brumas: sentíamos el olor de los jazmines difuminados,
aquella niebla tenía los aromas leves de nuestros cuerpos,
ese perfume que llegó a ser otro perfume,
el olor inextinguible:
todavía cada bocanada de aire me mantiene vivo solamente por la esperanza de aspirar
     ese olor.
Corazón depredador, cloaca, ruina de un cielo que fue todo lo que yo haya sido:
ahora mi palabra sucia ronda aquellas ruinas de mí mismo:
te amé y eso basta,
abrazado a ti fui feliz,
ahora lo sé,
ahora cuando le perteneces a la muerte.