Nota introductoria


La poesía de María Baranda

La naturaleza es un horizonte para la humanidad, fuente del lenguaje a la vez que alternativa frente a la que se levanta el sentido, y en ese telón de fondo se dibuja una paradoja extrema: la poesía es a la vez naturaleza y artificio, sentido divino y significado hu­mano, comunicación y alteridad, puente entre las dos orillas del río.

En pocas obras como en la de María Baranda eso se manifiesta de forma tan evidente: arraigo y noma­dismo, ritmo y lenguaje al servicio de un canto. Desde sus primeros poemas —Fábula de los perdidos (1990)— hasta los más recientes —Ávido mundo (2005), Ficticia, (2006), Arcadia (2009), Yegua nocturna corriendo en un prado de luz absoluta (2013)—, son eso, precisamente: un canto coral en el que las voces de distintos niveles —míticos, históricos, personales— celebran la existen­cia del mundo, el paisaje y las cosas, las personas y los hechos, sin temor ante el momento en que esa vida duele. Poesía con plena conciencia de serlo, no deja por ello de venir a los labios, a la boca o a la garganta como un hecho constitutivo de la condición humana.

Su poesía, gracias a esa conciencia, busca iluminar e iluminarse desde dentro mismo del lenguaje —es evidente su riqueza de léxico y sus registros musica­les— a la vez que encarna en el tiempo como una na­rración. No cuenta una anécdota: refiere una historia, despliega su acontecer como duración a la vez que como mutación. Se acerca en ese sentido al ejercicio proustiano de la memoria pero que se ejerce no sobre un pasado que hay que recuperar, sino sobre un pre­sente que hay que habitar. Por eso al hablar de su poesía viene con frecuencia a la boca la palabra res­piración. Los cantantes, antes que a cantar, aprenden a respirar, y es en esa sistole-diàstole del aire que el canto encuentra sus acentos.

Basta buscar la definición histérico-mitológica de arcadia para entender que entre los poemas de hace treinta años —El jardín de los encantamientos— y los de hoy hay un mismo camino, diversas utopías realiza­das, paraísos encontrados y vueltos a perder, porque la poesía es como la vida un incesante cambio y una anhelada permanencia. Y no me refiero a que en Ar­cadia no sean reconocidos los ritmos y acentos de María Baranda (lo son), sino a que, parafraseando un lugar común, nunca cantamos la misma canción, siempre es otra y tal vez, sólo tal vez, esa condición otra sea la que impida que el canto permanezca y haya que estar todo el día cantando.

Igualmente, en Víbora María Baranda prosigue su introspección, su anagnórisis siempre renovada, y sabe —sabiduría de escritora— que la serpiente y no sólo Adán y Eva fueron expulsados del paraíso. Pero desde el principio la autora nos dice que la voz tiene una condición fundadora. Como lector de su obra no deja de sorprenderme la evolución de su poesía hacia elementos referenciales distintos, en los que lo exte­rior se vuelve interior, y de allí la condición de una corporeidad más acentuada, que siente hacia adentro. De allí también cierto dolor. Por eso cuando el poema nos señala, con ecos rulfianos, "vine a decirte lo que me dijo madre que te dijera", la voz se enclava en la garganta, clave y clavo de su escritura.

En esa duración lo que ocurre no es exactamente el poema, más bien se trata de la poesía, aunque se concrete en un texto. María Baranda, siendo una es­critora visual, no recurre a las imágenes aisladas, pero sí a su continuo narrativo, ésa es la manera en que el paisaje ocurre y también —por qué no— la vida, que es la manera de designar el paisaje cuando ya no está allá sino aquí, y nosotros dentro de él habitán­dolo. Más que poesía de la existencia poesía de lo existente, variante terminológica que nos permite en­tender la intensidad que transmite a sus lectores, in­tensidad desde la cual se le lee para corresponder a esa disposición. No es fácil encontrar poetas así en el mundo actual y debemos celebrar su presencia entre nosotros.

 

José María Espinasa