Fénix

(homenaje a Julio Torri)



Iban a fusilarlo. Entonces vislumbró a lo lejos, entre la bruma de las primeras horas de la mañana, la chimenea de una fábrica. Su mirada se detuvo en el humo, y vino a su mente el olor a incienso que en noches de calma encendía en su casa. Ya no pudo escuchar con claridad las órdenes del jefe de escolta —¡preparen, apunten!—. Se había perdido entre las formas aéreas del incienso que gustaba prender a medianoche. Ahora lo contemplaba agrandado por los fulgores del sol naciente y el humo se expandía por el cielo en proporciones gigantes. Vio subir y curvarse una flor cristalina, que luego no fue sino brotes de ala, y segundos después una danza de aromas: hojas secas trituradas, flores coloridas ante el sol, raíces que repetían sus formas nudosas en el ardor del fuego. Recordó las cenizas abandonadas por la ligereza del vuelo. Y a la voz de ¡fuego! percibió sobre el horizonte un ave crecida, su aleteo giraba en un juego de luz y llama hasta borrar su transparencia. Ya no tuvo ojos para contemplar esa estrella de pluma, ni brillo que acompañara al pájaro de luz.


(De Zooliloquios. Historia no natural,
Consejo Nacional para la Cultura
y las Artes, Colección Práctica Mortal,
Ciudad de México, 2003.)