Silvia Eugenia Castillero


Luz irregular


Nota introductoria
de José Homero



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Elogio de la forma: Silvia Eugenia Castillero, en perpetua fuga


“Cuando más elaborada y exacta es una semejanza a una Forma, la imagen es el diseño de su progresión”, sentenció José Lezama Lima. Forma es el vocablo que cifra la condición de la poesía de Silvia Eugenia Castillero. Con tal voz no designo a una devoción por la destreza, asociando así a la poesía con un oficio, sino a una dinámica. Forma es el elemento vinculante entre seres, objetos e instancias diversas según nuestra percepción. Nuestro conocimiento se con/forma, se con/figura mediante impresiones; el cuerpo es la fábrica de nuestra imaginación e imagen del mundo. La inaprehensible cauda, el tornadizo caudal de lo real, se encierra en esa nuez nominal que recuerda al símbolo chino del yin yang.

Jurgis Baltrusaitis acuñó el concepto de la leyenda de las formas para, por una parte, escrutar la progenie monstruosa, develando que en la confusión de imágenes palpita una simbiosis conceptual y, por la otra, proponer el modo en que estos desdoblamientos y duplicaciones extienden la capacidad imaginativa. Fue la impresión visual detonante para dilucidar en torno a conceptos e imaginarios y desarrollar una propuesta de análisis del arte y su semiosis. Castillero asume este legado –eje de su discurso en Aberraciones: el ocio de las formas, un libro de ensayos indisociable de su obra de creación, espejo anamórfico– para ceñir el haz de direcciones de su poesía.

En Menón, Sócrates inquiere por un sustrato común a las diversas acepciones de una idea; así, a la pregunta sobre la esencia de la abeja, la única respuesta admisible es enunciar el elemento esencial del ser abeja, independientemente de los matices y adjetivos, una cualidad que constituiría el atributo fundamental de toda criatura clasificada o denominada “abeja”. Esta esencia (ousía) se traduce visualmente en forma (eidós). Alfonso Gómez-Lobo, en el análisis del diálogo de Platón, nos ilustra prolijamente que ese elemento intrínseco a todos los seres de la misma especie se basa en su forma, con lo que se da “el paso de lo visual a lo inteligible de modo que no se trata de describir una forma física sino de identificar una configuración accesible al pensamiento.” Si la impresión, con las concomitancias de significación que evoca (reverberación, ilusión, equívoco, apariencia, de imágenes asumidas como reales cuando son efectos, lo que propiciaría el nombre de aberración, en seguimiento de su remanente astronómico —ubicar un cuerpo celeste en el lugar que no ocupa—), es eminentemente visual, no extraña que la forma sea el rosetón de las dos vías principales de la poesía de Castillero: la metamorfosis. Sí, escribí dos y mencioné una. Sucede que en el culmen de la aberración, la poesía de Castillero, contrita en su emblema, se desvía pero ambas comparten la resonancia visual. Las condiciones prismáticas de la idea revelan por qué las sendas conducen por una parte a los territorios de las bestias (bestiarios) y por otra a los templos del ritual. Todo es asunto de impresión, momentos del cuerpo. No casualmente la propia poeta dirá que todo es fluir, más que un estar.

La poesía de Silvia Eugenia encuentra en la mutabilidad una genética. Modo de producción donde se escucha, como ante la boca de un abismo, la ebullición de los cuerpos. Pues en el fondo todo es asunto de metáfora, metonimia, campo retórico. Lo cual no impide que se roce e incluso se despliegue un ramillete de pasiones. En los monstruos que alumbra la poeta, sean de procedencia mítica o zoológica, atisbamos una sinécdoque de la condición humana, pero más contextualmente de los problemas asociados a la enunciación femenina y, en específico, de las vicisitudes personales/pasionales del sujeto textual. De esta manera el bestiario se comprende extensión de las vivencias; los seres imaginarios se muestran encarnaciones de afectos: en el caracol y el corcel restalla la fuerza del erotismo, la migala trasmite la afección del tedio, la desesperanza convoca a las arpías. Detrás del abigarramiento, de ese constante devenir que propicia la luz, se encuentra una discursivización sobre la feminidad, sobre la subjetividad y, en suma, una reflexión, con el signo de interrogación inclinando su trazo sobre el discurso de manera cerrada, en torno a las propiedades de un ser humano.

La imagen impregna todo discurso con una urgencia visual. Im/pregna, preña, sor/prende. Su veleidad, su deriva que soslaya la fijeza –la única fijeza posible es la de la experiencia estética– es el motor de esta poesía de gesta: épica de la gestación. La metamorfosis, las imbricaciones formales –ese con/fluir de los hilos que se enlazan en tejidos–, los caracteres aberrantes, no afecta únicamente a monstruos y animales sino que también es la dinámica de la experiencia poética. ¿Cómo no ver en los poemas dedicados a “Las sirenas”, “El fénix”, “El alto cedro” o “El camaleón” una ars poética? Prodigio imaginativo, profusión creativa, son también un reflejo, un metadiscurso sobre la manera en que la poeta concibe su escritura y da a luz a las formas; prestigeneración, mudanza, transformación, seres que engendran a otro ser, todo, parece decirnos la poeta, está relacionado, pero no porque haya una unidad primordial, sino porque nuestra recepción conserva siempre las formas.

En tanto, a toda idea la precede la apariencia, la movilidad no implica una incapacidad simbólica, como prescribiría una lectura metafísica, sino una conversión del símbolo en movimiento. De ahí que, como en la poesía de Ramón López Velarde, en la de Castillero se delinee la espiral, vórtice por donde aparece un caracol pero también un torbellino, un ojo de agua, una sirena enroscada. Convertir: coinvertir. Silvia retoma la asociación de Baltrusaitis de las impresiones con las duplicaciones no para instaurar un pensamiento de la profundidad o un lamento por la ausencia de conceptos inmarcesibles sino para encontrar en el manantial de imágenes un pasaje hacia el único presente primordial: el de la poesía. No sorprende que la catedral, en su anamorfosis a un tiempo de nave (embarcación) y nave arquitectónica en la que la luz se precipita a través de esos artilugios denominados vitrales para representar una idea de la luz divina, devenga uno de los espacios consagrados de esta poesía. Vehículo y símbolo. La experiencia extática precisa del simulacro, de la puesta en escena.

Charles Baudelaire asumió a la naturaleza como un libro viviente, un bosque de símbolos. La sinestesia es también grata a Castillero; sin embargo en su poesía las asociaciones, aunque nuevas, concitan la majestuosidad de lo arcaico. Así en la ciudad suceden trasuntos epifánicos. El agua y sus manifestaciones, río o mar, se convierte en corriente textual que hila tiempos diferentes. El río Sena circula por una ciudad única, inmersa en el tiempo pero no aislada. La verdadera máquina del tiempo es la conciencia de nuestra imperfección, el atisbo, a través de un fenómeno, de una trascendencia. Un más allá. Las calles se descubren, gracias a esos instantes en los que el tiempo se abre, calzadas de un río y el río, el mismo Sena que recorre París desde los días romanos. Analogía. Momentos de excelsitud en los que el presente se vive y los sentimientos, emociones y pasiones de un ser humano en particular se convierten en las pasiones, los estados que afectan al otro. Por ello es que los meteoros, los fenómenos vinculados a la atmósfera —sol, viento, lluvia, nieve— connotan episodios de reminiscencia. Y así, gracias al calidoscopio, se descubren puentes entre el pasado y el presente: el agua convoca en el cuerpo el instante: “Sólo un instante, cerrado sobre sí mismo, trae a mi cuerpo este galope de agua” (“Sirenas”); la evocación marítima en el río se convierte en una reverberación, una concatenación de ondas, en el tiempo: “Un silencio de quilla de barco/ al romper las aguas atraviesa cada/trazo del tiempo” (“La espera”); el buitre, reo del hombre recuerda su perdida majestad: “Aún percibe las corrientes de aire, despliega sus alas y vuela como lo hacía en tiempo de hazañas, cuando se abandonaba a las columnas de viento cálido agitadas entre las rocas, hasta ascender muy alto en espiral.” (“El buitre”).

Imaginación analógica, venero de mitos, en la poesía de Castillero encontramos, como en la de Guillaume Apollinaire, la memoria de un cuerpo que es también archivo de la ciudad. Poesía en la que los simulacros, los dobles, las duplicaciones, las imágenes, las aberraciones a que nos entregan nuestros sentidos cobran una nueva dimensión: única clave de acceso al Tiempo, a la realidad primordial. A la poesía. Eloísa, gran libro de amor, reitera el amor canónico entre el canónigo y la religiosa e itinera la relación entre una mujer joven y un amante mayor entre los cuales se establece, como en la carta del Tarot, esa novela del destino, una relación de aprendizaje: de la ciudad, la historia, el cuerpo.

“Ese hilo de agua que va de una a otra fuente, en un simulacro que centellea, habla, oscila, es una potencia que articula un fluir certero, un sino que va del trasunto a la claridad: una epifanía. La antigüedad grecorromana, esa mitología tan en el fondo y en la superficie de nuestra cultura, tan descoyuntada y descontextualizada, tan lejana y nombrada en nuestra educación, se vuelve una experiencia: presencia y posesión y la vía de un conocimiento.” Líneas sinuosas —de “La taquigrafía narrativa de Roma”, introducción a un número monográfico de la revista Luvina, creación y dirección de Castillero—, laberinto intrínseco de ars poética, lascas significantes a partir de las cuales se podría construir o reconstruir una visión mítica de esta poesía. Si para Lezama el poeta postula la imagen como fundamento de la significación, la poesía de Castillero cuestiona la vinculación del simulacro con la falsedad al tiempo que propone una imagen mítica del universo. Cumple así el derrotero de la fórmula lezámica que instauré como frontispicio de este ensayo: “es cierto que una imagen ondula y se desvanece si no se dirige, o al menos logra reconstruir un cuerpo o ente”.

José Homero


Sirenas I

Los hilos solares forman un ovillo en la piedra. La forma entre pliegues guarda un cuerpo endurecido: luz dolorida que empieza a mancharse de brillos como una flor abriéndose. Las pizcas de sal reaniman su azarosa hechura. Grano por grano vibra al contacto del agua. El primer indicio, las uñas, que se aferran a la roca; y el mar con su furor la llena de escamas.



Sirenas VII

Estoy sitiada por el agua. Sus corrientes imprimen en mis piernas remolinos de oleaje. Un vaivén de algas se traga mis manos, siento hilvanarse a mi cuerpo peces de marea alta, y todo el océano invade este instante, con su textura de vulvas que se abren, su conmoción de jaramugos nadando y los caminos de cuarzos chispeantes. Veo los ojos desorbitados de los peces mutantes, la flora en silencio parece desmembrarse en harapos, hincharse en su muerte. Los erizos negros, de un negro lustroso, parecen más punzantes a mi lado.

Sólo un instante, cerrado sobre sí mismo, trae a mi cuerpo este galope de agua.



Los sapos

Antes estelas verdeando sobre agua, cada uno a su turno salía boquiabierto para luego internarse en lo profundo. Ahora sacan la cabeza, no vuelven a hundir sus alargados cuerpos. Del espesor del río ninguno zigzaguea para vencer corrientes ya cálidas o heladas. Se abandonan al movimiento quebradizo que los orilla como piedras reblandecidas. Corroídos sus miembros al contacto del sol, la lluvia los arrastra. Las charcas quedan habitadas por estos injuriosos que enturbian las aguas, estos mezquinos sacos de avaro.



El buitre

Está enjuto y comprimido, calvo de tanto encierro. Todavía conserva su capa negra bordeada de armiño y su mirar penetrante, pero la vejez se advierte en su piel, plegada en sí misma sin poder ceñir el gran volumen de antes. En su celda hay unos cuantos troncos que simulan un banco; ahí trepa y permanece con su espinazo cada vez más doblado. Aún percibe las corrientes de aire, despliega sus alas y vuela como lo hacía en tiempo de hazañas, cuando se abandonaba a las columnas de viento cálido agitadas entre las rocas, hasta ascender muy alto en espiral. Pronto estrella su cuerpo desplumado contra los barrotes y el ímpetu cesa. Los guardias acuden a causa del ruido, él retrocede, se finge minúsculo y esconde su corvo y filoso pico. Se ha vuelto temeroso, lento y opaco en sus furores. Desde su captura le suspendieron la carne para volverlo prudente, su palidez de vegetariano le da aspecto débil, parece un cuervo melancólico perchado de un árbol seco.



Caracol

De fiebre sobre los pechos, el deseo escurre; rumor de espuma en los poros, la piel se vuelve bramar marino de caracol. Espera la tarde, las calles se alejan en la luz. Sitiados por una eternidad de arena en la escalera, nuestros cuerpos comienzan a curvarse al borde del abrazo. Somos sombras sin color, contorsión perdida en el océano: un remolino obstinado en girar sin fin. En la ciudad que rueda sus aspas de molusco, contrastan como imposibles anémonas amantes, el resplandor de piernas y brazos.

Porque partimos al acabar el sueño, el caracol desaparece.



La migala

Cosa curiosa este pequeño hastío, durante el insomnio se instaló en la casa. Como una migala tibia es su marcha; se oye sobre la tábula rasa de la noche escarbar y destejer su sombra vaga. Pareciera que desmenuza los objetos. Si espías detrás de la puerta miras cómo succiona de ellos la mísera vida. Después se aquieta.

De día semeja una flor, negra magnolia abandonada. Si te acercas y le tocas un pétalo, crece descomunal. Puedes voltear el cenicero y encerrarla: puño cortado la migala.

Cuando la crees vencida se aproxima, percibes sus vellos junto a tu cuerpo, su boca sedosa cerca de tu vientre. De gorgoteos inunda la casa, de un corazón rechupado que sale en fragmentos; nudoso como tedio tejido a las paredes. No la ves, sientes sus ventosas, sus parejas de patas sobre el muro. La exhalación muda encaja tan hondo que nunca más vuelve la migala.

La buscas por el reverso de la alfombra, entre los retratos y las cajas; esperas de noche mirar sus ojos, anhelas en la cama un sudor. Sólo oyes crujir el dintel, una especie de pulso que se acerca



Cocuyos

Los habitantes de la tierra que se fue quedando baldía notaron de pronto la fuga de formas equívocas. Salían del río seco. Partían igual que todos en el pueblo, aunque ellas iban en grupo. Una tarde de verano, muchos años atrás, llegaron para asentarse en el brazo fangoso del río, húmedo entonces gracias a las lluvias. Cuando también la lluvia se ausentó, las formas dejaron de parecer insectos acuáticos e inapresables, y aprendieron a volar para sobrevivir a la sequía. Y hasta el aire se pudrió, se hizo hueco, desde que los zopilotes se negaron a comer la carroña de los animales muertos que la gente había abandonado al irse. Pero como todavía brillaba el sol a diario, las formas se llenaron de luz y huyeron una noche sin luna, aparentando ser polvo de estrellas.



Centaura

(homenaje a Camille Claudel)



Cabalgué los siglos necesarios para llegar al otro extremo de la planicie. Fue noche de fulgores: como sangre se deslizaron por las venas. El tiempo era rectangular, y quise agotarlo; pero no había extremo en esa tierra milenaria, no hubo más que galope y un desenfrenado deseo por recorrerlo todo. En la llanura me acoplé al macho, mi torso giraba sobre él, mi talle tan ágil quería ser ala. El corcel, con sus músculos crispados, resistió para que yo no avanzara, y la tierra junta cedió al hundimiento de sus patas. Sentí capas y capas de arcilla que me cegaron a mitad del mundo. Entonces fui retoño entre la piedra.


Arpías

(homenaje a Louise Nevelson)



Conocí a las mujeres-pájaro la noche sin estrellas en que a mi cuerpo laso le faltó el corazón. Llegaron agitando el aire hembras de gestos graves, alas pesadas y cuello y rostro humanos, con plumas en los vientres. Mis venas temblaron al oír el griterío.

De súbito, escarbaron con sus garras mi piel y me sacaron los ojos. Querían escudriñar en su pasado: fueron mujeres a las que ensordeció su belleza. Furiosas y envenenadas quedaron atrapadas en el vértigo de mis ojos vacíos.

En esos abismos las sombras forman árboles malsanos, y una ciudad doliente son los fragmentos descoyuntados de lo que alguna vez fue la luz. Luchan por no hundirse en la consistencia pantanosa de los humores del ojo. Los quebrantos se notan en su rostro envejecido. Y su plumaje, sin brillo, parece una capa que arrastra.


Fénix

(homenaje a Julio Torri)



Iban a fusilarlo. Entonces vislumbró a lo lejos, entre la bruma de las primeras horas de la mañana, la chimenea de una fábrica. Su mirada se detuvo en el humo, y vino a su mente el olor a incienso que en noches de calma encendía en su casa. Ya no pudo escuchar con claridad las órdenes del jefe de escolta —¡preparen, apunten!—. Se había perdido entre las formas aéreas del incienso que gustaba prender a medianoche. Ahora lo contemplaba agrandado por los fulgores del sol naciente y el humo se expandía por el cielo en proporciones gigantes. Vio subir y curvarse una flor cristalina, que luego no fue sino brotes de ala, y segundos después una danza de aromas: hojas secas trituradas, flores coloridas ante el sol, raíces que repetían sus formas nudosas en el ardor del fuego. Recordó las cenizas abandonadas por la ligereza del vuelo. Y a la voz de ¡fuego! percibió sobre el horizonte un ave crecida, su aleteo giraba en un juego de luz y llama hasta borrar su transparencia. Ya no tuvo ojos para contemplar esa estrella de pluma, ni brillo que acompañara al pájaro de luz.


(De Zooliloquios. Historia no natural,
Consejo Nacional para la Cultura
y las Artes, Colección Práctica Mortal,
Ciudad de México, 2003.)


La espera


Eloísa espera.
Un silencio de quilla de barco
al romper las aguas atraviesa cada
trazo del tiempo,
allí suspendida una gota se alarga
se alarga,
la espera inconclusa
colgando
de cualquier veta.
Puede ser una rama
rodeada de vacío,
queriendo volcarse en algo,
caer por fin, romperse.



LA HIEDRA CUBRE el recinto, entreví tu locura en los claros. Ahí demoré toda una tarde, buscaba compañía, alguien como yo varado en el tiempo, con la impronta que el mundo nos impuso. Y hablarte de mi desmoronamiento. En la casa que habitaste la escalera platica de tus cantos, todavía escucho resonar en el agua tu risa. Agua estancada con reflejos de tu boca. Agua tibia. Vine a hacer figuras de barro mientras llegas, las dejo entre baldosas desprendidas. Son pedestales. Sabrás que estuve contándote mi historia. No puedo salir: la ciudad enfureció. Más allá de la muralla en forma de corazón no hay ciudad para mí, ni vías para el tiempo. En esta mansión los ecos y estucos son símbolos tuyos, los dejaste para cuando reclamara tu presencia. Voy recorriéndolos uno a uno, son casi mapas de tu ansiedad. Cuando te sacaron cerraste y nadie ha vuelto.


La marea


Entre Eloísa y lo posible
se interpone una luz vacilante;
un temblor
nocturno y denso
se apropia de la habitación,
donde Abelardo
es costra desprendida
de marea índigo sofocante en los ojos:
mientras más combinadas
las facciones, más disueltas.


Río Sena

(ocres)

La calle nace, el puente
donde te recorría;
la calle viene
desplomándose bajo mis pies.
La calle abre su incertidumbre
para buscarte.
Pero el Sena huye en sombras precipitadas.
En el envés de tu aroma
el puente: cae tu paso
donde empezaba el mundo.
Calle:
amasijo de imágenes en el río.


Plaza Saint-Sulpice


Girasoles allí, tambaleantes,
rondando a los leones su color
amarillean y casi boquiabiertos.
En su rumor: letanía del caer y aglomerarse,
el agua se desprende de su ruta; ya sube,
ya bucea, canta por la piedra, entre la fauna,
hasta el fondo de su propio espiral.
Con espasmos se hunde, se alarga lejos,
de su respiración breve sabemos
cuando renace,
en ese dibujo insolente que no se alcanza.
Atajarlo, arrebatarle su delirio,
capturar del agua sus repliegues.
Pero sólo temblamos: girasoles mudos.


Río Sena

(sepia)

Qué antiguas calles en las aguas lúcidas del río, de ellas brotan barcas, espejismos, diferentes formas del recuerdo.
Camino y me hundo en las aguas azuladas, como piel de tigre
manchada de luces, en la ciudad el río fluye.
Camino y me hundo
entre muros de agua, las líneas olvidadas
son nervaduras de algún nicho oculto.

Fosforescente el cielo se comba,
la luz crecida —al borde—
es piedra que gime,
raíz enredada al tiempo.

Camino y me hundo:
los puentes alargan su desmesura,
trastocan el relieve del pasado.
Regreso siglos hasta mirar
al agua tallar mi propia historia.

Allí nace
lumbre en los vitrales:
tus muslos y mis senos
quemándose tras el altar.

Como plantas espinosas
sobre los cuerpos,
ahora la borrasca llega en arenoso frío.

El recuerdo quebrado se hunde
templo invertido.
Y sólo queda este caminar de canoa
sobre las nervaduras del tiempo.


Letanía


Dintel o tallo,
pétalo: la memoria.
Palabra inútil
entre labios ávidos,
sin despedida
voló, tasajeó,
hubo alianzas,
sonidos acodados.
¿Música?
Rogaba en rimas,
mejor: rezaba.
Empeño balbuciente
—la memoria—
atiza la mañana.
Como letanía al alba
se vuelve necedad.
Al atardecer
memoria violenta,
y toca una a una
sus astillas,
letra sin letras,
rijosa, cruel.


Ángelus


Era, no era
un jardín.
Era el inicio.
Volteamos en la noche la esquina
sumergida, en ahogo casi
bajo la crecida de la enredadera.
Era desbocada la corriente.
Eran tus sílabas.
Tus verbos.
Era tu mano amplia.
Era un aguacero dentro.
Era ya de una vez la nostalgia de tu tacto.
Y la vida.
Era un peñasco en desbandada.
Eran tus dedos.
Era el tiempo: duraba.
Era esa esquina.
Era, no era
el inicio.
Era este día sin esquina.
Eran los instantes arrebatados.
Caídos.
Era tu silueta gastada.
Eras el dios nocturno.
Desde la cúpula, en la capilla
—en cada gotear de la luz sobre lo negro—
eres la razón de arrodillarme.


Cantos


De la piedra, Eloísa,
vuelves incandescente, de cada piedra
eres extraída en un cúmulo de años:
rosetones de lo que fue tu cuerpo.
Te aligeras, tal vez
te aligeras cuando apareces bajo el cincel,
clara, cálida, de un ocre matutino. La luz
con su prisma incita tu boca impregnada de sol.
Pero la piedra te arrebata,
sólo mis sensaciones te reconocen, ruedas
entre los bloques extraídos del suelo, cantos
agudos y esculpidos te arrastran del detalle
hacia el tiempo tumultuario y amorfo.



TIRAR UNA, DOS líneas, palpar los contornos de la ciudad desconocida. Tiendes tus dedos hacia el poniente como un litoral, sedimentos y muros son mi paisaje. Allí me deslizo, caigo, conozco piedra por piedra en las líneas de tu mano. París rasguña mi pecho, anchos los bulevares aparecen en grafito, generosos abren sus esquinas, al centro el movimiento se descubre, latente sobre tu espalda. Parecía esconderse la agitación al interior de los trazos grises, un entrecortado latir, ciego en su ritmo. Era largo el recorrido hacia la ciudad desde el incalculable lapso de mi cuerpo al tuyo.


Tajo


Tiene que haber sido el mar con su furia.
Arrastró de tajo las formas, la lengua,
la plegaria matinal. Tiene que haber sido
esa descomunal fuente de cristal en pedazos.
Labriego insoluto, huérfano océano
desbordó la intimidad;
rabioso horadó los herrajes de la noche.
Furia venida del espesor de arenas
y rocas. Con su perfil de resaca
nos dejó sin costa, sin muelles,
en la abstracta posición del alba.


(De Eloísa, Editorial Aldus y
Universidad de Guadalajara,
Ciudad de México, 2010.)


El ángel


No quiere ver el cielo
resbala por el cordel
hacia una penumbra color sepia
en el vano de columnas.
No quiere el cielo, en sus manos
el temblor:
rúbricas de la tierra.
Y sus dedos alargan el tacto
sobre la desnudez de la bóveda.
Las alas abiertas;
mas su cuerpo se inclina
ávido de cierzos y cabras,
se va con nuestro paso:
ese ángel.


Bosquejo


Los pliegues apenas se hunden en aceite
y el plomo blanquecino del cuerpo
de virgen amanece;
dentro de una gama de lienzos
—en el azul diurno de la seda—
el índigo se vuelve cauteloso
y relata el caso excepcional
del rojo soleado que cruzara la tela.
Intenso, de cochinilla y laca,
es azul sangrado y proviene de la alquimia:
la virgen es un bosquejo,
ficción del sulfato y la potasa.
Hecha de impurezas,
con su falda sedosa de cianuro es inocua,
guarda su fórmula cosmética
en secreto como una historia sagrada.


El monje


Líneas avecindadas —como lluvia—
próximas a los bordes del manto
arriman una luz de ríos,
titilantes las gotas debieron ser
polvo de oro atrapado en su brillo.
Líneas avecindadas, lamento entonado
en un rincón de iglesia,
rodean el manto —goterones—
oro goteando, pálido,
de intemperie;
la misma melopea como lluvia pasada,
napa extendida brotando
desde el amarillo. Y el monje
de boca cerrada queda envuelto
en líneas de pentagrama,
¿entona su muerte?
Granos de espiga,
el brocal del pozo ensimismado
en la roldana, sube y baja,
instantes partidos en oro múltiple,
amarillo rampante ronda en círculos
hasta alcanzar el borde del cielo raso
—los labios tal vez del monje—
esquinas múltiples forman
la estrella del umbral.
Empieza el camino
en el oro mordentado,
sobre el vaho irregular de la luz
donde el marrón domina
y el oro forma entre sombras su reino de opacidad y piedra:
empieza el resplandor trémulo,
túnica del santo
donde se fraguan el gualda y azafrán.
La luz florece —ultraterrena—.


El cuervo


Tengo atado al pie
un cuervo-plomo,
con su peso y su nostalgia.
Me mira con rostro ajeno,
en tonos mercuriales hace que mira.
Huele —se acerca— a un azufre decantado,
vuelto a reposar, prismático;
asume sus colores falsos.
Negro, una piedra ese cuervo,
sin saltos me sigue atado al tobillo.
Lleva lustros, la noche completa,
la noche y los pilares del templo.
Ese cuervo surge, brilla,
repite series rosas;
nace y se extingue siempre a mis pies
como arena vibrante.
Tumor y hendidura,
el cuervo reverbera
—oro o luz—.


Allí arden


Túnicas negras. Mantos rojos encendidos. Faldas, sandalias. Telas. Allí arden. En su espalda. Es la hija de Sión, intrépida. Fugitiva del amor y su abandono. Vino a arder en esta lumbre de culpa. Viene de regreso del muelle. Fue columna y fue cetro. Fue un campo de gacelas. Torres púrpura. Cintas escarlata. Centinela. Vino a arder. Cúmulo de voces la atraviesan. Pero calla. Sólo retazos de rumores atildan —requiebran. La dama cae entre montones de tela. ¿Una cortesana? Llena la boca de tierra.


Deslumbrada


Frente a la luz —incandescente— reflectores, cámaras. El desfile, la moda, los hilvanes del vestido. Fénix levantas, traspiés entre los velos, harapos de antigüedad en la piel. Descreída o turbia, cabalgas tus pasos, pasarela, borde, quieres lo basto sin lo sutil. Ese incólume andar aquieta la herida del vientre en llamas, el infierno atormentándote hasta el juicio. Montaña, llanura, un valle completo para guardar el olvido como gajo cayendo del fuego. Gajos de lumbre, de luz en pequeñas luciérnagas abatidas, hacia la nada juntas en incienso. Confundes una milésima parte con el todo, anonadada vas, deslumbrada por bisutería y telas fosforescentes. Sin alma. No gritas, no suplicas: modelas belleza pero caes. No mendigas. Aguardas la riqueza. Todas las criaturas presentes y futuras que has sido pasan por el espectro de tu figura en llamas. De perfil y de frente eres mil personas, un cuerpo y un corazón: con fuerza defiendes la levedad de tu color y tu forma: cada vez mayor, crecida, total. Por eso te maldigo. Y sigues por la alfombra roja.


El alto cedro


El alto cedro se desprende en ramas heridas, ramas desvaneciendo entre savia, ramas ardientes, madera astillada y hueca, vacía su médula por el fuego. Incisivo. El alto cedro posee entre sus ramas un águila, o tal vez un nido de águila; el recuerdo del águila y su nido, el vuelo más alto del águila. No el águila. Posee en la claridad de su brillo, de su incendio —en su propio corazón que arde en cientos de lascas— los rayos del sol, el resplandor del sol, las tribulaciones del recuerdo. El águila madura —en vuelo— alegre en su disolución. Entre el querer y el deseo arde ella, arde en el alto cedro, arde embelesada. En el alto cedro, en el abismo —entre recuerdos— como vuelo de águila. Como en un nido. Arde.


El último nivel de la luz


¿Habrá algo más allá del último nivel de la luz?
El peligro es la fiera que habita el ocaso,
la perfección deslumbrada.
Tanto clarear reaviva al monstruo:
ese dolor absurdo
cojeando como ciervo herido,
la jauría justo en la explosión del centelleo,
un capitel en medio de la noche
o un arco sin columnas. Así
aparece la fiera
en el polo opuesto de la sombra.
Es el miedo, inmóvil
como instante, como rayo perdido.
La claridad maltrecha,
vapuleada por el sol
—indiferente al tiempo que transcurre.
Canto de cigala los instantes:
cara a cara creen mirar la fluorescencia.
Exceso de sol y la bestia viene.
Quiero tentar sus cuerpos, su carne,
andar por la penumbra
con los sentidos abiertos al sereno:
y conocer la luz del mediodía
donde inviolable vive, supraluminosa.


Yo soy la virgen negra


Yo soy la virgen
mírame qué opaca,
tengo en la mano el trigo,
las mieses como balanza.
Yo soy la virgen negra,
oscura por mi caos,
violenta y tibia;
no tuve en mis manos
el horóscopo, nunca supe ver el cielo,
tampoco me dieron la balanza
que otras mujeres toman
y la introducen al seno
para ser luminosas.
Yo soy la virgen imperfecta,
me preñaron los campos
de ardor inconsciente,
me rondaron los vencejos
y quedé a medio terreno
tres veces preñada,
ajena a la tierra.
Quise ir tras los ángeles,
buscar un lugar en los cielos,
quise luces, quise ráfagas.
Soy la virgen negra.


El aquelarre


La gota cae del pozo al océano,
un vuelo de gansos:
entre mis dedos el confín,
gota tras gota.
Es la confusión —porque lo amaba.
Sube la marea, llegan los diablos,
forman un aquelarre en mis manos.
El sudor las agrieta. Llueve: doce gotas
caen sobre el cántaro. Es el tiempo.
Mi mano entumecida se llena
de hormigas: agujas. Vienen los gansos
de nuevo —mil entre mis sueños—.
¿Volverá? Gotas y penumbra, siluetas
y el espejo: allí permanece un buitre. Acecha.
En la acequia las gotas ya no irrigan paz.
Buitre y océano son aguijón: victimarios.
Me quedo esperando a la intemperie.
Sin corazón. Regreso, lo busco.
Soy Lot. Prefiero la piedra.


(De En un laúd —la catedral,
Fondo Editorial Estado de México,
Toluca de Lerdo, 2012.)