Pequeña historia del bidet



Para aquellos que nada saben o más bien saben muy poco,
les digo que el bidet es un recipiente de forma oval
sobre el que toda persona puede sentarse a horcajadas
para dar principio al ritual del lavamiento
de las partes más pudendas,
aquellas de mayor ambigüedad y trato a veces torpe,
sin duda las más recónditas.

De acuerdo a la historia de los artefactos con linaje,
se asegura que el bidet nació al noreste de Francia,
muy cerca de Estrasburgo, y poco después fue llevado a París
en los días del célebre doctor Joseph Ignace Guillotin,
quien propuso la adopción de la guillotina
con un éxito indiscutible.

Como ustedes saben, se trata de una máquina prodigiosa
(fue venerada en los últimos años del siglo XVIII)
que no sólo sirve para decapitar a los condenados a muerte,
sino que también posee la virtud de producir muy poco ruido,
conservando el silencio en aquellas atmósferas que sólo deberían
       permanecer en silencio.

Si nuevamente pensamos en el bidet, veremos que tampoco
       produce ruido,
aunque se trata de una invención más o menos rudimentaria.

No lo digo por su forma de naturaleza equívoca
ni por la elegancia más bien acústica de su dibujo
que parece venir de muy lejos y es fiel a la estructura
casi oriental de la mandolina, con cuerdas punteadas y dorso abombado,
sino porque nació de improviso como la música, entre
       Metz y Estrasburgo.

Se desconoce aún el nombre de la primera cortesana
que tuvo a bien utilizarlo a horcajadas, como fue
costumbre a partir de su nacimiento.
Algunos dicen que el placer inaugural le correspondió al barón
       de Montpellier,
Auguste Guillotin (uno de los tres hermanos del distinguido
       Joseph Ignace),
quien tampoco supo cómo excusarse y recibió en carne viva,
luego de la propia horcajadura en el bidet de mármol casi verde,
el refinamiento del guillotinement.

La Revolución Francesa es hoy un instrumento de análisis
casi arqueológico, pero el bidet es todavía un artificio
de utilidad múltiple, aun cuando lo hayan concebido solamente
para la recuperación del espíritu en las partes pudendas.
Acerca de la guillotina, es muy necesario recordar que su práctica
se extendió por el mundo con un éxito envidiable,
aunque para algunos no sea muy conveniente reconocerlo.
De cualquier modo, las bellas artes de la decapitación fueron muy íntimas
y toda habilidad, en este sentido, se volvió menos cruel,
alcanzando dimensiones de verdadera excelsitud.

Ya es de noche en París, pienso en Maximilien de Robespierre,
no estoy alegre ni sufro de melancolía.
Alguien puede creer que digo todo esto
porque la soledad no me permite sobrevivir como quisiera.
Sin embargo, me siento muy tranquilo, tal vez más tranquilo que nunca,
y estoy feliz porque ahora me dispongo a dejar caer, con sumo cuidado,
la parte trasera de este pobre cuerpo mío (antiguamente se la llamó 
       zona sagrada),
sobre el bidet que nos ofrece y seguirá ofreciéndonos aquel surtidor
       de espuma
tan suyo desde siempre, como si fuera agua bendita.