Árbol de la memoria



       La Creación

Existe casi la certidumbre de que Dios, apresuradamente, haya creado el mundo en seis días. Lo hizo sin mucha precisión científica, según algunos testimonios de aquella época, y las cosas, al fin, no le salieron muy bien. Como si fuesen humanos, los monos perdieron su inteligencia emocional, su genio y figura, su equilibrio, y sin saber, empezaron a hablar de una manera cada vez más confusa, enredando las palabras y provocando un ruido mucho más del infierno que del cielo.

Lo mismo sucedió con los árboles: se confundieron unos con otros hasta crear una atmósfera babélica. Enredo de árboles como monos y de monos como árboles. En estas condiciones, algunos monos le ayudamos a plantar otro tipo de árboles, pero Dios nunca reconoció nuestra ayuda. Y una noche, aprovechando un descuido de vigilancia, se nos perdió la cabeza en el aire, nos caímos por uno de los agujeros que a Dios se le fue de las manos, y desaparecimos del Universo para siempre.

       Descubrimiento de la silla

Antes del descubrimiento de la silla,
las mujeres se sentaban con absoluta inocencia
como si recién hubieran escuchado
la voz de Dios entre los matorrales.

La ceremonia de sentarse no era intrascendente
como ha ocurrido en los tiempos modernos,
donde la silla, con su obviedad y su torpeza,
destruyó el encanto de la época primitiva.

Han pasado los años y tú eres la niña que corre
sobre las flores azules en este bosque
donde no sólo las piedras hablan
como si hubiesen visto a Dios entre los matorrales.

Antes del invento de la silla nos amábamos
con la más absoluta inocencia,
y no era irreal el esplendor en las flores azules
donde tu sombra parecía dormir como un ídolo antiguo.

Han pasado los años y la ceremonia de sentarse
vuelve a tener relevancia en este lugar de Dios que nos alumbra
y todavía nos protege como la hembra a su nonato
más allá de la silla convertida en olvido.

       Retrato de mi padre

Mi padre se llamaba Julio y nunca fue algo más que un proyecto. Es lo único que me interesa de su personalidad. Tal vez lo único. Sobrevivió como un individuo lleno de individuos, tartamudeante y poco serio, aunque no siempre. De pronto era muy locuaz al estilo decimonónico de Andalucía, aunque tengo la certidumbre de que nunca anduvo por aquellos rincones de palpitación andaluza. Pero quién sabe. ¿Alguno de ustedes se atrevería a decir la última palabra? La verdad es que sus amigos fueron refugiados políticos, payasos, judíos pobres, dentistas y físicos, metafísicos y oculistas, iluminados que cultivaban el desliz de la magia menor, gitanos, turcos, libaneses, y algunos anarquistas cuya mayor virtud fue el estudio de los astros en relación con los fenómenos políticos y sociales de la más variada naturaleza.

Pasaban horas y horas discutiendo acerca de una discusión sin asunto aparente, pero más acá y más allá de todo tipo de ramificaciones. Arborescencias y deslizamientos desde ningún punto hacia ningún punto, dentro de un sistema sin sistema, como un animal sin patas ni cabeza, o más bien un objeto aparentemente inútil aunque gracioso.

Yo me eduqué bajo esa atmósfera. Sinuosidades de una filosofía al margen de toda filosofía: juegos, fintas, intersticios, esguinces y una vitalidad lejos de cualquier intento de cristalización. Pensamiento líquido. Pellizcos y jugarretas de los payasos que se burlaban del estudio astrológico de los anarquistas en medio de un ámbito dominado por las discusiones sin asunto aparente, pero más allá y más acá de todo tipo de arborescencias y deslizamientos desde ningún lado hacia ningún lado, dentro de la incertidumbre, el dolor y las exclamaciones de los judíos pobres que aún tratan de poner en duda el sentido de las aficiones cósmicas de los anarquistas, sin saber de qué materia se compone el sentido.