Discurso del inmortal



Así como van las cosas, me gustaría ser inmortal, pero gringo.
Nada es más concupiscente, menos metafísico y más estimulante.

A mí me gusta el entusiasmo de ser inmortal, pero gringo.
Me gusta mucho el estupor, como decía la abuela
Odilia D'Amico, me gusta mucho el estupor y el entusiasmo.

Sospecho que no sólo Publio Virgilio Marón, sino también Dante Alighieri,
además de William Shakespeare, hubieran deseado ser gringos
y luego inmortales, aunque tal vez no tan inmortales
como lo son ahora, tocados por la gracia desde que el mundo es gringo.

Aún soy Drácula, San Judas Tadeo, Batman, Boris Karloff
en el espíritu siempre audaz y a veces equívoco de Frankenstein,
junto a la ternura de Santa Rita de Cascia, ¿qué sucede con Superman?,
aaah Nuestra Señora de los Alumbramientos, pero la verdad es que hoy
quisiera ser el Hombre Araña de la poesía mundial, aunque sublime
y sustancialmente gringo como mis padres
y mis abuelos que nunca dejaron de ser gringos: ellos vislumbraron por primera vez la luz del mundo en las cuevas de la España más antigua y en las catacumbas de la no menos antigua Italia.

Debo confesar que yo no cultivo el ocio de la lectura:
ni siquiera leo a los gringos como Fiodor Dostoyevski, aunque me siento gringo
por encima y por debajo de mi nariz, mi lengua y mis ojos que se deslizan
como Buda en su luz, hacia la línea del horizonte.

Es muy posible que Friedrich Nietzsche, Pablo Neruda,
       Marguerite Yourcenar,
el Santo Padre que aún vive en Roma, Salvador Dalí, 
       Vladimir Ilich Ulianov,
alias Lenin, Safo de Lesbos, Augusto Pinochet, Richard Wagner,
Gabriele D'Annunzio, Francis Bacon, Rosa Luxemburgo,
       Marcello Mastroianni,
el Inca Garcilaso de la Vega, Edith Piaf, Rudolf Nureyev,
Anita Ekberg y Adolf Hitler, entre muchos otros que también se deslizan
como el espectro de Buda en su luz, hubieran preferido ser gringos
en el instante más oportuno, cuando la Historia no era todavía
un testamento de lugares comunes tan ensortijados,
temblorosos y deslumbrantes.

Pero será mejor que regresemos a lo mismo de siempre:
cómo me gustaría ser doblemente inmortal, ¿quién habla?, pero gringo.
Nada es más estimulante, sin duda, menos metafísico
       y más concupiscente.
A mí me vuelve loco el entusiasmo de ser
globalmente gringo, como dicen, han dicho y dirán los filósofos
de ayer, de hoy, de antes de ayer, ¿así se dice?, y de mañana:
muy global y muy simpático en lo profundo,
hasta las últimas consecuencias.

Ya lo decía como nadie lo soñó antes, la abuela Odilia D'Amico:
A mí me gusta el entusiasmo de que tú seas inmortal.
Sólo me gustan el júbilo, el desliz casi imperceptible de la noche,
el asombro de que seamos eternamente gringos
por encima de aquella luz y por debajo de las aguas del mundo,
para beneficio de la humanidad que no deja de observarnos
desde que fue visible el primer soplo de vida sobre aquel desierto.