Decálogo de todos los días

 


A la memoria de Rubén Darío, quien nos observa,
como siempre, con una sonrisa cómplice.



Si está muy aburrido de la vida
y desea que lo maten a palos, con lentitud
y perseverancia, no deje de sonreír y marque el 1.

Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no soporta a su mujer y quiere divorciarse ahora mismo
porque la muy ingrata es cada día más bigotona,
más peluda y más gorda, sonría y marque el 2.

Por segunda vez, Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde la cumbre la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si está muy aburrido de la vida y sólo desea bailar
sinuosa y suavemente con una encueratriz de origen húngaro,
pero con los pezones al estilo de la Santa Rusia,
no deje de sonreír y marque el 3.

Por tercera vez bajo la niebla, Charles Baudelaire sonríe
y me saluda con entusiasmo al estilo de Buster Keaton
desde la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no puede vivir con nadie, ni siquiera en los brazos
de su propia o más bien impropia sombra, y sólo quiere bailar

un vals de otro tiempo bajo la luz indomable de la luna,
bailar aunque sea con el enemigo, sonría y marque el 4.

Por cuarta vez bajo la niebla, Charles Baudelaire, quien ya no se llama
como tal vez se llama, sonríe a lo lejos, al estilo de un personaje del cine
       mudo,
vuelve a sonreír y me saluda desde la cumbre de la Tour Eiffel
       que todavía no existe.

Si aún tiene la esperanza de que los políticos lo sigan traicionando
por detrás y por delante, aun cuando sea con algunas lágrimas
de cocodrilo viejo en los anteojos, no deje de sonreír y marque el 5.

Por quinta vez, Charles Baudelaire, quien aún se llama como tal vez se
       llama,
sonríe desde muy cerca y muy lejos, al modo de Groucho Marx,
vuelve a sonreír con entusiasmo y me saluda
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no puede respirar en calma
y solamente desea que lo embalsamen al morir
o incluso antes, como le sucedió a Vladimir Ilich Ulianov,
alias Lenin, aquel Lenin de tal vez nunca, sonría y marque el 6.

Por sexta vez, Charles Baudelaire, quien tal vez nunca se llamó como se
       llama
o algo por el estilo, sonríe, se muerde las uñas, sonríe,
abre y cierra los ojos al modo japonés, y al fin no deja de saludarme
desde el alumbramiento de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si es hiperkinético y no puede masturbarse en un ambiente
de recogimiento búdico, alegría de vivir y asombro
por lo que aún ocurre en este mundo de locura casi mística
y felicidad envidiable o más bien insoportable,
vaya uno a saber, según y cómo, vaya uno, ¿según y cómo?,
no deje de sonreír por los siglos de los siglos y marque el 7.

Por séptima vez, Charles Baudelaire, quien se llama al fin
Cayo Valerio Lavín Cerdus, alias el Otro, el Ceniciento, el Muca Muca,
siempre el Otro, la Mano Peluda o más bien Su Majestad el Lobo Sapiens,
sonríe a lo bestia, miau, guau, miau, pero con ritmo,
más y más ritmo, y al fin me saluda con muchísimo entusiasmo
desde el punto más alto de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si todas las mujeres de Mozambique
lo vuelven todavía más loco que una cabra del monte
por vivir con el Punto G muy enredado en el profundo caracol del oído,
sonría, no deje de sonreír, sonría y marque el 8.

Por antepenúltima vez, Charles Baudelaire, quien aún se llama
como dicen que se llama, es decir el Otro, el Único, siempre el Otro,
sonríe y me saluda con entusiasmo al estilo de Woody Allen
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no quiere saber nada de nadie, nada de nada y de nadie
porque le duelen mucho los benditos dientes y las malditas muelas
con una obstinación casi mística o más bien sobrenatural,
para decirlo como hay que decirlo, y ya tampoco se interesa por el futuro
del bendito o maldito Arte de la Palabra que nos abruma
y todavía nos deslumbra, no deje de sonreír y marque el 9.

Por penúltima vez, Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde el laberinto de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si al fin no sabe quién demonios es quién a lo largo del mundo
transfigurado en tanta belleza e inmundicia,
y aún se siente aburrido, más aburrido que un orangután
sin la compañía de su simpática, su dulce, su fascinante y muy sutil
       orangutana,
sonría, por favor, misericordia, misericordia, sonría y marque de
       inmediato el 10.

Por última vez que nunca es última, como es obvio, Charles Baudelaire
sonríe, bañado en lágrimas, más y más lágrimas, sonríe
y ya no me saluda desde la cumbre abismal de la Tour Eiffel
que solitariamente existe a lo lejos, como una bestia cada día
       más salvaje.