Canción de la señorita

No es fea la señorita que aparece de perfil, no muy lejos
de la luz casi imperceptible de aquella luna,
y repentinamente de espaldas: no es fea,
ni muy poco, apareciendo, ni muy mucho, desapareciendo,
aunque no deja de ser una esclava de su nariz aún más curva
y más larga que espíritu de Amedeo Modigliani:
no es fea la señorita con su boca de animal
tardígrado y muy grande, aún más grande
que el alma curva y traviesa de su larguísima nariz.

No es fea con sus ojos de perra asiática, muy amarilla
en los párpados, más bien ictérica, y con las pestañas
aún más curvas y más lentas que la curvatura de la bóveda celeste:
no es fea la señorita de las orejas como alambiques,
las rodillas agudas, esquivas, en forma de espirales,
y los pies aún más torcidos que el veneno de algunas víboras.

Por muy fea que pueda llegar a ser, no es fea, ni muy
mucho, apareciendo, ni muy poco, desapareciendo, no es tan fea
la señorita de frente o de perfil, en cuyos ojos hay aún más ternura
que en los ojos equívocos del oso hormiguero,
ese mamífero con voracidad de hormigas, aquel impulso del carnicero y
       mamífero que nunca dejará de multiplicarse
como las hormigas, desde la época del Antiguo Testamento.

No es fea la señorita que aparece de perfil, no muy lejos
de la luz casi imperceptible de aquella luna,
y suspicazmente de espaldas: no es fea,
ni muy poco ni muy mucho, aunque no deja de ser
aún más torcida y más larga
que la lengua de algunas víboras.