Apariciones del fantasma

1

Cuando murió Marcello Mastroianni, mi mujer se puso a llorar con un entusiasmo envidiable, como si nuestra galaxia que nunca ha sido nuestra, se hubiese desprendido apocalípticamente de sí misma evaporándose entre las nebulosas de otra galaxia.

No te preocupes, le dije con una sonrisa de monje medieval. Aquí estoy yo, no sufras tanto, no me atormentes y ya no llores así, a lo bestia. Ven y abrázame, amor mío, micifuz, Muñeca de los Espíritus, fucsia mía, ragazza, Minina del Perpetuo Socorro. Ven semidesnuda y tócame una vez más. Recuerda que aún soy tu fantasma de carne y hueso. ¿Por qué no me abrazas y me besas con absoluta devoción, como en la primera noche del primer día? Tratándose de fantasmas, todos somos iguales. ¿Qué virtudes tiene aquel Mastroianni que no tenga yo?


2

Cómo me aburre, a veces, mi loca y triste figura. Casi siempre estoy lejos de mí. De vez en cuando, al estilo del inolvidable Jaime Sabines, me busco en mis corbatas que ni siquiera tienen la virtud de sonreír como en los buenos tiempos, cuando todo estaba palpitando en todo. También intento buscarme en mis zapatos y en esos ojos míos de animal montuno. La verdad es que me persigo y casi nunca me encuentro. Entonces empiezo a buscarme donde habitualmente no estoy y descubro que hay algo de mí en 11 esos lugares. Me aproximo a mi sombra, escucho el tictac de mi corazón y ya casi toco mis párpados, pero todo se esfuma y siempre estoy en otra parte. ¿Tal vez en mis zapatos, mis ojos, mis corbatas? Corro detrás del que nunca ha salido de sí mismo, grito como una bestia herida, pido misericordia, retrocedo y al fin estrello mi cabeza contra las piedras donde sólo hay corbatas, ojos de animal montuno, y aquella loca y triste figura de mis zapatos esperándome.


3

La verdad es que uno al fin se cansa de todo.

Alguien escribió sobre este muro
en el barrio de Santa Cruz
y no muy lejos de La Giralda:

¿Por qué vuelves a la vida?
Comprendo. Uno se cansa de todo.
También de estar muerto
en este jardín lleno de flores
.

Abro mi libreta de apuntes
y escribo lo que acabo de leer:
"Esta filosofía me es familiar",
pienso en voz baja.
Como la de aquel que alguna vez dijo
desde los mares del sur:

Habitualmente, saber morir cuesta la vida.


4

Ciertamente, la vejez es el hecho más inesperado
de todos los que algún día le ocurren al hombre.

Se trata de un fenómeno inaudible,
aunque el primero en registrarlo es el oído
que acaba perdiendo sus facultades perceptivas.

Uno se vuelve viejo, paso a paso, y lo imperceptible
está constituido por el universo de cada célula.

Pudiera decirse que empieza a fallar la memoria de la célula
y el organismo se desarticula químicamente.

Lo mismo le sucede al instinto: se pulveriza
el sistema eléctrico que lo constituye
y la energía se desconoce al fin a sí misma.

Esta mano, por ejemplo, escribe lo que ya casi no recuerda,
y la otra no sabe lo que está sucediendo.

Sin embargo, la situación se desarrolla de una manera armoniosa
y la vejez nos alcanza, paso a paso, más bien inmóvil,
cuando la habíamos olvidado.


5

No es el muerto el cuerpo del delito,
sino más bien la dentadura postiza
de Su Majestad el Lobo Sapiens, alias el Tartamudo
del Génesis y del Apocalipsis,
cuando teníamos todo el tiempo del mundo
y del inframundo por delante.


6

Ahí vamos, amor mío, a lo largo y a lo ancho
de este mundo de locura ingobernable.

Pero nos queda el consuelo de que nada es para siempre.
Ni la vida, ni la muerte, ni la resurrección de la carne

son para siempre, gracias a Dios o más bien al soplo
del Espíritu Santo que sonríe ¿como una parturienta?


7

Después de todo, fuiste muy feliz. Ahora te puedes morir en paz como una luciérnaga abrumada por aquel movimiento más o menos sinuoso de tantísima luz. Fuiste casi un santo. Un santo. Casi un santo.