Hernán Lavín Cerda


Luz irregular


Nota introductoria
de Moisés Villaseñor Talavera



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Palabras previas


Es posible considerar a Hernán Lavín Cerda como un poeta de los límites. Empleo el concepto "límite" como lo definió el filósofo Eugenio Trías: una zona de contacto y no de separación, ese punto en el que los conjuntos se tocan, se retroalimentan y se mestizan sin fagocitarse, sin anularse. El origen de esta postura estética se encuentra en los años sesenta del siglo XX, en los movimientos utópicos que buscaban, en líneas generales, libertad e igualdad. Lavín Cerda empezó a publicar sus poemarios en esa década y asumió valores a lo cronopio, como principios de procedimiento antes que como temas. Y el mejor modo que el poeta encontró para trasladar libertad e igualdad al plano literario fue ubicar el verbo poético en el límite.

La igualdad que los jóvenes pedían en lo social, Lavín Cerda la aplica al lenguaje. En la exploración de su material de trabajo, el poeta se convence de que la palabra es más que semántica y significado, también es espectro sonoro y amasijo visual, espacio gráfico. Al dar igual importancia al plano sensorial que al conceptual, su poesía se construye con multiplicidad de sentidos: en cuanto comienza a dominar el fraseo semántico, se inserta una palabra cuya aportación es meramente musical, o visual. A partir de este equilibrio entre lo sensible y lo semántico, Lavín Cerda desarrolla una de las características principales de su poética: la tensión entre el verbo prelógico (Lobo) y el verbo racional (sapiens). Ahí, en el ámbito de ese límite, se ubica su universo literario.

El verbo prelógico es la manifestación lingüística del pensamiento concreto, esa inteligencia previa a las abstracciones. Con ese pensamiento percibimos la vida durante la infancia y es el estado en el cual permanecen algunos enfermos mentales. De ahí la fascinación de Lavín Cerda tanto por las visiones infantiles –que rompen lugares comunes e introducen verdades a través de formas novedosas– como por los "locos sagrados", por su capacidad de hilar discursos cargados de imágenes cuando menos inquietantes. A diferencia del pensamiento racional, que procesa abstracciones, el pensamiento concreto es capaz de entender símbolos. Es decir, mientras que el primero necesita de la lógica para interpretar la información, al segundo le basta el estremecimiento emotivo para comprender el significado. Oliver Sacks afirma que un niño es capaz de seguir la Biblia pero no a Euclides, no porque sea más sencillo el texto religioso sino porque está en clave simbólica.

Lavín Cerda se instala en la frontera de lo racional y lo prelógico para ir cantando como niño pensamientos filosóficos, o viceversa: razona con la seriedad del púlpito una melodía infantil sin sentido aparente. Como él mismo afirma, se trata del pensamiento que canta o de la música del pensamiento: "un fenómeno que se origina entre la cordura y la locura, pero sin que nadie se vuelva definitivamente loco. Se trata de un ejercicio muy estimulante cuyo propósito es permitir que la razón se atreva a razonar del modo más inesperado", dice Nathalie de Ankara, una muñeca, en la novela La Rinconada de la Luna (2013). De este modo, con versos que despliegan información simultáneamente hacia lo sonoro, lo gráfico y lo semántico, el poeta busca que el poema sea primero un símbolo, algo perceptible, para que sea también por los sentidos, y no solamente por el significado, como se comunique la experiencia estética.

Al colocar un pie en la antesala de lo lógico, el verbo del poeta navega libre por los océanos del idioma hasta construir una especie de carnaval en todos los niveles: une léxico culto con popular –construye neologismos, desde luego–, personajes de la televisión con místicos medievales, temas ontológicos con objetos cotidianos –como el bidet–, y géneros: ensayo, novela, cuento, no importa, toda la obra de Lavín Cerda está forjada en el fuego de la poesía y del mito. Gracias al otro pie, al que está tocando la orilla de la razón, no nos perdemos en el laberinto de sus disquisiciones literarias, y vamos comprendiendo que el juego es, como explica Lotman, un ser y no ser constante, el rostro y la máscara al mismo tiempo: el árbol remite al árbol pero también a otra cosa.

Propongo acercarse a la poesía de Lavín Cerda con la misma seriedad con la que los niños se disponen a jugar: temiendo con toda su alma la mordida del lobo, aun a sabiendas de que el lobo no existe. Pero, como diría José Mota, ¿y si sí?

Moisés Villaseñor Talavera


Sabiduría de los zapotecas

Como los zapotecas, yo también sospecho
que incinerar a los que acaban de morir con el dibujo
de aquella sonrisa en los labios, no es una buena costumbre.
No solamente desaparecerá la visión del mundo
en los ojos de los muertos, sino además el jardín
o el precipicio donde aún habitan sus almas.

Entierren a los que acaban de morir, si aún les parece bien.
¿Por qué no los entierran bajo el poder y la gracia
de aquellos árboles cubiertos por el esplendor de las flores amarillas?
Si ya no hay otro camino, será mejor que los entierren, paso
a paso, en su visión del mundo, sin enterrarlos nunca.
No permitan que los muertos al fin se precipiten
a la fosa común dominada por los hijos del Dios del Fuego.

Como los zapotecas, yo también me deslizo
entre aquellas nubes que se abren y se cierran, como aves
que se deslizan entre la primera luz
del crepúsculo del amanecer y aquel asombro
del crepúsculo del atardecer
durante la ausencia de su primera y última luz.
Como los zapotecas yo también sospecho
que incinerar a los que acaban de morir con un soplo de vida
o con aquella espiral del vértigo en sus labios, no es una
       buena costumbre. 




Canción de la señorita

No es fea la señorita que aparece de perfil, no muy lejos
de la luz casi imperceptible de aquella luna,
y repentinamente de espaldas: no es fea,
ni muy poco, apareciendo, ni muy mucho, desapareciendo,
aunque no deja de ser una esclava de su nariz aún más curva
y más larga que espíritu de Amedeo Modigliani:
no es fea la señorita con su boca de animal
tardígrado y muy grande, aún más grande
que el alma curva y traviesa de su larguísima nariz.

No es fea con sus ojos de perra asiática, muy amarilla
en los párpados, más bien ictérica, y con las pestañas
aún más curvas y más lentas que la curvatura de la bóveda celeste:
no es fea la señorita de las orejas como alambiques,
las rodillas agudas, esquivas, en forma de espirales,
y los pies aún más torcidos que el veneno de algunas víboras.

Por muy fea que pueda llegar a ser, no es fea, ni muy
mucho, apareciendo, ni muy poco, desapareciendo, no es tan fea
la señorita de frente o de perfil, en cuyos ojos hay aún más ternura
que en los ojos equívocos del oso hormiguero,
ese mamífero con voracidad de hormigas, aquel impulso del carnicero y
       mamífero que nunca dejará de multiplicarse
como las hormigas, desde la época del Antiguo Testamento.

No es fea la señorita que aparece de perfil, no muy lejos
de la luz casi imperceptible de aquella luna,
y suspicazmente de espaldas: no es fea,
ni muy poco ni muy mucho, aunque no deja de ser
aún más torcida y más larga
que la lengua de algunas víboras.



Vida de perros

¡Qué perro tan neurótico! Solamente ladra cuando no quiere, y de pronto no ladra cuando quiere. Debe ser un alemán o un japonés: no creo que sea un perro gringo, pero quién sabe. ¿Alguno de ustedes, oh, mis fieles e infieles lectores, se atrevería a decir la última palabra?

Los gringos tienen humor y sonríen como Judas Iscariote, no, más bien como San Judas Tadeo, aunque a veces ladran y ladran y ladran sin tregua, exhibiendo o escondiendo sus lenguas muy filudas, en un delirio que va más allá del delirio de los japoneses y los alemanes.

¡Qué perros tan neuróticos! ¡Esquizoperros, no hay duda, oooh Virgen del Asombro y de la Gran Cabeza, esquizoperros! ¡Qué perros tan esquizofrénicos!

De cualquier modo, es preciso ladrar cuando hay que ladrar, ladrar y seguir ladrando, más allá de los ale-manes y los japoneses. Si no ladramos por encima y por debajo del mundo, corremos el peligro de perder no sólo la calma sino también la razón.

¿Quién ladra cuando habla? ¡Esquizoperros, lenguas y besos de Judas, esquizoperros! ¿Quién habla cuando ladra?


Apariciones del fantasma

1

Cuando murió Marcello Mastroianni, mi mujer se puso a llorar con un entusiasmo envidiable, como si nuestra galaxia que nunca ha sido nuestra, se hubiese desprendido apocalípticamente de sí misma evaporándose entre las nebulosas de otra galaxia.

No te preocupes, le dije con una sonrisa de monje medieval. Aquí estoy yo, no sufras tanto, no me atormentes y ya no llores así, a lo bestia. Ven y abrázame, amor mío, micifuz, Muñeca de los Espíritus, fucsia mía, ragazza, Minina del Perpetuo Socorro. Ven semidesnuda y tócame una vez más. Recuerda que aún soy tu fantasma de carne y hueso. ¿Por qué no me abrazas y me besas con absoluta devoción, como en la primera noche del primer día? Tratándose de fantasmas, todos somos iguales. ¿Qué virtudes tiene aquel Mastroianni que no tenga yo?


2

Cómo me aburre, a veces, mi loca y triste figura. Casi siempre estoy lejos de mí. De vez en cuando, al estilo del inolvidable Jaime Sabines, me busco en mis corbatas que ni siquiera tienen la virtud de sonreír como en los buenos tiempos, cuando todo estaba palpitando en todo. También intento buscarme en mis zapatos y en esos ojos míos de animal montuno. La verdad es que me persigo y casi nunca me encuentro. Entonces empiezo a buscarme donde habitualmente no estoy y descubro que hay algo de mí en 11 esos lugares. Me aproximo a mi sombra, escucho el tictac de mi corazón y ya casi toco mis párpados, pero todo se esfuma y siempre estoy en otra parte. ¿Tal vez en mis zapatos, mis ojos, mis corbatas? Corro detrás del que nunca ha salido de sí mismo, grito como una bestia herida, pido misericordia, retrocedo y al fin estrello mi cabeza contra las piedras donde sólo hay corbatas, ojos de animal montuno, y aquella loca y triste figura de mis zapatos esperándome.


3

La verdad es que uno al fin se cansa de todo.

Alguien escribió sobre este muro
en el barrio de Santa Cruz
y no muy lejos de La Giralda:

¿Por qué vuelves a la vida?
Comprendo. Uno se cansa de todo.
También de estar muerto
en este jardín lleno de flores
.

Abro mi libreta de apuntes
y escribo lo que acabo de leer:
"Esta filosofía me es familiar",
pienso en voz baja.
Como la de aquel que alguna vez dijo
desde los mares del sur:

Habitualmente, saber morir cuesta la vida.


4

Ciertamente, la vejez es el hecho más inesperado
de todos los que algún día le ocurren al hombre.

Se trata de un fenómeno inaudible,
aunque el primero en registrarlo es el oído
que acaba perdiendo sus facultades perceptivas.

Uno se vuelve viejo, paso a paso, y lo imperceptible
está constituido por el universo de cada célula.

Pudiera decirse que empieza a fallar la memoria de la célula
y el organismo se desarticula químicamente.

Lo mismo le sucede al instinto: se pulveriza
el sistema eléctrico que lo constituye
y la energía se desconoce al fin a sí misma.

Esta mano, por ejemplo, escribe lo que ya casi no recuerda,
y la otra no sabe lo que está sucediendo.

Sin embargo, la situación se desarrolla de una manera armoniosa
y la vejez nos alcanza, paso a paso, más bien inmóvil,
cuando la habíamos olvidado.


5

No es el muerto el cuerpo del delito,
sino más bien la dentadura postiza
de Su Majestad el Lobo Sapiens, alias el Tartamudo
del Génesis y del Apocalipsis,
cuando teníamos todo el tiempo del mundo
y del inframundo por delante.


6

Ahí vamos, amor mío, a lo largo y a lo ancho
de este mundo de locura ingobernable.

Pero nos queda el consuelo de que nada es para siempre.
Ni la vida, ni la muerte, ni la resurrección de la carne

son para siempre, gracias a Dios o más bien al soplo
del Espíritu Santo que sonríe ¿como una parturienta?


7

Después de todo, fuiste muy feliz. Ahora te puedes morir en paz como una luciérnaga abrumada por aquel movimiento más o menos sinuoso de tantísima luz. Fuiste casi un santo. Un santo. Casi un santo.



La sombra


1

Aún es el invierno de 1911, muy lejos de Inglaterra,
y en esta edición de la Enciclopedia Británica 
soy una sombra que no puede distinguir los colores;
diariamente me visto de azul, un traje azul oscuro y una corbata de
       líneas azules.
En lo más profundo de mi bolsillo sigue palpitando un reloj de plata
con números romanos que no alcanzo a descifrar:
perdí el sentido de lo que cada número significa.

Cuando yo era joven me gustaban las corbatas de color verde,
un verde con óxido como el de algunas campanas muy antiguas,
       pero no, ahora no,
mi vieja sombra permanece inmóvil
y hasta el color de las campanas me ha sido negado.
A veces, cuando sueño, los colores son intensos
y podrían volverse insoportables:
soñar es un desliz a través de la penumbra verdadera y terrible.

Ahora he vuelto a quedarme solo.


2

Dos veces a la semana estoy perdido en un laberinto: de pronto
       me atacan los enanos
y trato de quitármelos de encima, pero es inútil.
Soy la sombra de siempre que agoniza muy lejos de Londres,
y aunque levante la cabeza no puedo hacer nada.

Soy una máscara de carnaval frente a un espejo y trato de arrancarme
       los ojos, pero hace mucho frío:

si logro sacarme la máscara podría ver al fin un rostro
desfigurado profundamente por la lepra.


3

Todavía me vislumbro repitiéndome a mí mismo:
es difícil que un anciano pueda ser fiel a su imagen. Me aburro,
       me canso, al fin
se cansa uno de todo, tal vez no me aburro.
¿En cuál futuro seré mi propio enemigo?

Al final del cementerio hay un reloj, pero el tiempo se bifurca
y nadie podrá saber si ese reloj es fiel a su imagen. Por ahora yo me
       dejo vivir
para que esta imagen mía descubra la zozobra
o se fortalezca en su infidelidad.

Pero ¿qué se puede hacer?
Ya es tarde, ¿no?


4

Sobrevives junto a Fanny, tu mucama de siempre,
y aquel viejo gato llamado Beppo el Inmóvil,
ese gato a punto de quedarse ciego en homenaje a tu sombra,
o tal vez en honor a un personaje de Lord Byron.


5

Ya lo dijo la vieja sombra, como sonámbula,
en la madrugada del 28 de febrero de 1916: Ahora, por fin
esa cosa distinguida, la Muerte.

Desde la ceguera, la sombra creyó vivir su agonía
y nunca supo que estaba repitiendo las últimas palabras
de Henry James en Londres.

Como en el círculo de su sueño, la vieja sombra se adelantó setenta años
al desenlace de su propia muerte.


6

Inglaterra ya no existe, Beppo el Inmóvil desaparece y la sombra
       camina con lentitud
por las calles más antiguas de Buenos Aires.

¿Es usted Borges?, le pregunta una mujer
con un paraguas de color verdiazul, y la vieja sombra responde:

Sólo a veces, cuando el olvido me visita.





Descubrimiento de la lluvia


Dicen que mucho antes del descubrimiento de la lluvia,
las mujeres se bañaban con el polvo
que algunos reconocen como la luz de las estrellas.

Dicha forma de bañarse fue siempre un enigma
y las mujeres bailaban y se reían sin descanso
como si la fiesta no tuviera un final en este mundo.

Melancolía y asombro en aquellas noches del origen,
cuando la lluvia era otra dimensión de la utopía
y bailábamos en el polvo con los senos desnudos
como si la resurrección fuese posible.

Dirán que mucho antes del descubrimiento de la lluvia,
las mujeres desconocían el odio
y observaban la velocidad de las estrellas
cuya luz no era todavía un fenómeno de naturaleza metafísica.

Algo de temor en aquellas noches del origen,
cuando el amor y el odio no existían más allá del simulacro
de algunas mujeres que bailábamos sin culpa,
después de vislumbrar que la resurrección
era un alumbramiento cuyo misterio se originaba
en la más absoluta inocencia.



El ataúd amarillo



Yo, el ataúd amarillo todavía, estoy muy triste
porque se me murió, dicen
que se me está muriendo el cadáver
y no puedo, dicen, ya no puedo, aún dicen
que no podré enterrarlo en lo más profundo
de mi vientre.

No hay espacio, cómo me duelen los huesos, no hay ni habrá espacio:
quisiéramos dormir, no es algo fácil,
vente a dormir junto a mis huesos, es mejor
que te subas ahora mismo, vente a dormir con mis huesos,
y al fin me voy, me iré en el aire, me voy durmiendo poco a poco.

Sueño que aún estoy muy triste porque no sé a quién corresponde
el cadáver, este pobre cadáver que recién se nos ha muerto
y no sabría cómo resucitarlo en lo más profundo de mi vientre:
no hay espacio, el cadáver sonríe, tiembla, sonríe una vez más,
se agita en su larga muerte sin caber en mí, no hay espacio.

Entonces yo, el ataúd amarillo, trato de escaparme lejos de la ciudad
y termino en aquel rincón de un velatorio público
donde aún me observan dos mujeres de una edad indefinida.
Una de ellas dice después de un silencio que parece inagotable:

Dios mío, este pobre y melancólico ataúd, como don Juan Rulfo,
no tiene dónde caerse muerto y le fallan las rodillas,
que en paz descanse,
le fallan y le seguirán fallando los huesos de la memoria y el abismo
       de las rodillas.
¿No crees que debiéramos morder su lengua
para ver si permanece mudo, si al fin se levanta
o reacciona con asombro y algo de locura, mandándonos al infierno?

Claro que sí, responde la otra mujer y muerde al ataúd
en una de las últimas articulaciones de su cadáver
que no tiene dónde resucitar o más bien caerse muerto.

Amarillo en su espíritu, el ataúd se estremece
y es capaz de emocionarse hasta las lágrimas:
"Esperé a tenerlo todo", dice, más bien piensa y
suspira
sin saber muy bien lo que al fin dice apenas: "Nos
llegaban rumores".

De pronto salgo del sueño y no estoy muy triste, por fortuna, pues
       ya no me importa saber a quién pertenece
el cadáver que se acaba de morir de a de veras,
ese pobre cadáver que recién se nos ha muerto y no hay espacio,
la resurrección es amarilla, nunca hay espacio, no hay
ni habrá espacio para sepultar al moribundo
en esta tierra de nadie, junto a los huesos de Juan Rulfo
que todavía nos alumbran más allá de San Juan Luvina, de olvido
       en olvido.



Metamorfosis de Roberto Bolaño

 

(1953-2003)



Desnacido y casi en los huesos, fuma
que fuma, se lo fumaba todo, al Mundo
y al Inframundo, incluso a Dios
y al Diablo, cuando yo lo conocí sin conocerlo
nunca, a los veinte años de su edad, más agudo,
socarrón y eléctrico que un colibrí en el aire
de su rabiosa y cruel incertidumbre.

Le gustaba mucho más el crepúsculo vespertino
que la tibieza del esplendor del mediodía:
siempre fue más infra que el Inframundo,
aunque no supiera muy bien dónde estaba el Inframundo.

Contra todo y contra todos, lejos de Dios
y de la Academia no sólo de la Lengua:
como francotirador, tuvo una puntería inconmovible
para disparar contra el ojo único
en la frente del pianista, que era él mismo,
con la más agria belleza de su leche tan suya.

Algún día estuve en Barcelona y no fui a verlo:
me gustan, ¿cómo negarlo?, y no me gustan los poetas más "malditos"
que noctámbulos: ya no hay malditos de verdad
en este Mundo o en aquel Inframundo:
se me enrosca y se me sube en su espiral la pituitaria,
tiembla en lo más profundo de mí el Gran Simpático
y me viene el sueño a lo bestia, un sueño a menudo
ingobernable.
Recuerdo que se burlaba de casi todo, bendito sea, y de improviso
podía enterrarnos, biliosa y fraternalmente,
el cuchillo por la espalda:
pobre niño tonto, menos lúcido que tonto, por fortuna,
¿en qué piensa uno cuando dice por fortuna?

¿Cómo, por qué, cuándo? Ni él mismo lo sabía, mientras
iba mordiéndose el hígado a flor de piel, no hay hígado
que no sea de pronto un cadalso, sí, a flor de bilis
y más bilis, con aquella ternura y soberbia insuperables,
como desde un precipicio aún más hondo que la hondura de Dios.

Lo dijo mejor que nadie en "El burro",
aquel poema que aparece y de súbito desaparece
de su libro Los perros románticos:

"Me subo a la moto y partimos
Por los caminos del norte, la cabeza y yo,
Extraños tripulantes embarcados en una ruta
Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia,
Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos
Y ventiscas de arena, el único teatro concebible
Para nuestra poesía".

Vete al Diablo con tu metamorfosis, Roberto,
aunque el Diablo, como aquel Dios,
seamos nosotros, los que tal vez nunca
te olvidaremos, a pesar de todo.

Descansa en paz o, si lo prefieres, no descanses
en paz o en guerra, y sigue tu camino de animal romántico,
más de romántico que de animal perruno
y hasta la próxima, no te olvides, con dinero
o sin dinero, para decirlo al modo de José Alfredo Jiménez,
quien anda todavía por el Mundo y el Inframundo
como tú, detrás de un hígado de repuesto, la víscera
casi inmortal, el higadillo del fervor y el entusiasmo.

Echaremos los hígados a favor tuyo, en tu nombre,
esperando que del manantial aparezca el invisible conejo de luz,
       aquel milagro
de la resurrección, ¿dónde estuvo la herida?, de una vez y para siempre.



Sobre una cama ortopédica



Algunos dicen que Nonata Pedroso nació en Pernambuco,
y ella jura que tuvo relaciones no sólo espirituales
con Nuestro Señor Jesucristo
sobre el abismo de luz de una cama ortopédica.

Eres la puritana mística, me dijo Él
con una voz tan suave
como el roce de las alas de un colibrí
por encima de mi pecho tan joven y lleno de leche.
Eres la puritana más láctea de todo el Universo,
me dijo después de sonreír como una criatura de luz,
aquella criatura de mirada perdida
a la que acaban de rozar, más allá del crepúsculo,
con alas de colibrí que tiemblan como la cama ortopédica.

¿Yo la puritana mística?, dijo Nonata entre sollozos.
¿Yo la ortopedia del puritanismo, la puritana más láctea?
Aunque ustedes no lo crean, juro que tuve relaciones
con el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo
sobre el bramadero de luz de una cama ortopédica.

Él me decía no puedo más, éste es el fin.
Yo le dije no te arrepientas, casi todo perdura.
Él me decía no puedes más, ¿por qué te has vuelto heroica?
Yo le dije lo que tú digas, pero no te arrepientas.

Él me besó tres veces, dijo no te apresures, éste es el fin.

Yo le mordí sus labios, tres veces, toda la luz del mundo
en la trinidad de sus labios, pero no tuve el valor
para decirle tu boca es mía, sólo mía.

Era el verano de 1987
y los pájaros de cabeza roja
cantaban y volaban
en medio de la lluvia tropical,
no muy lejos de la noche.



 


El arte de amar
(La Danza del Péndulo)

Celestino amaba a Leticia, la que amaba locamente a Segismundo, el que amaba con entusiasmo y sin entusiasmo a Valeria, la que amaba con furia uterina y algo de misticismo a Luis Alberto, el que observaba las estrellas, solitario, y sólo amaba a Nora del Carmen, la que no amaba a nadie, casi a punto de enloquecer en su amor platónico.

Celestino se fue a la Unión Soviética en el otoño de 1960. Leticia tuvo una crisis religiosa y se enamoró de Maimónides, un poco antes de ingresar al convento de las Hijas del Buen Pastor. Segismundo se volvió loco sin saber por qué, luego de amar con entusiasmo y sin entusiasmo. Valeria descubrió el Arte de la Soledad en su casa llena de gatos equívocos, famélicos, más o menos esquivos, y junto a la sombra de Pericles, aquel loro inmortal que sólo hablaba desde una lengua muerta: una especie de esperanto en resurrección casi permanente, aunque ustedes se muerdan la punta de la lengua, vaya uno a saber, del aire al aire, al menos simbólicamente como en el cine mudo, y acaben por no creerlo.

Luis Alberto se suicidó en una noche de verano y no muy lejos del cerro San Cristóbal, cerca del principio y del fin del mundo, en Santiago de Chile del Nuevo Extremo, según los conquistadores hispanos de aquella época, bajo un calor insuperable, más bien olímpico, y Nora del Carmen se caso al fin con Hernán Rodrigo Lavín Cerdus, un loco que nada tenía que ver con la historia, pero lo sospechaba todo a través de la sutileza de su espíritu.

Psicosomáticamente, Lavín Cerdus lo sospechaba todo.



Pequeña historia del bidet



Para aquellos que nada saben o más bien saben muy poco,
les digo que el bidet es un recipiente de forma oval
sobre el que toda persona puede sentarse a horcajadas
para dar principio al ritual del lavamiento
de las partes más pudendas,
aquellas de mayor ambigüedad y trato a veces torpe,
sin duda las más recónditas.

De acuerdo a la historia de los artefactos con linaje,
se asegura que el bidet nació al noreste de Francia,
muy cerca de Estrasburgo, y poco después fue llevado a París
en los días del célebre doctor Joseph Ignace Guillotin,
quien propuso la adopción de la guillotina
con un éxito indiscutible.

Como ustedes saben, se trata de una máquina prodigiosa
(fue venerada en los últimos años del siglo XVIII)
que no sólo sirve para decapitar a los condenados a muerte,
sino que también posee la virtud de producir muy poco ruido,
conservando el silencio en aquellas atmósferas que sólo deberían
       permanecer en silencio.

Si nuevamente pensamos en el bidet, veremos que tampoco
       produce ruido,
aunque se trata de una invención más o menos rudimentaria.

No lo digo por su forma de naturaleza equívoca
ni por la elegancia más bien acústica de su dibujo
que parece venir de muy lejos y es fiel a la estructura
casi oriental de la mandolina, con cuerdas punteadas y dorso abombado,
sino porque nació de improviso como la música, entre
       Metz y Estrasburgo.

Se desconoce aún el nombre de la primera cortesana
que tuvo a bien utilizarlo a horcajadas, como fue
costumbre a partir de su nacimiento.
Algunos dicen que el placer inaugural le correspondió al barón
       de Montpellier,
Auguste Guillotin (uno de los tres hermanos del distinguido
       Joseph Ignace),
quien tampoco supo cómo excusarse y recibió en carne viva,
luego de la propia horcajadura en el bidet de mármol casi verde,
el refinamiento del guillotinement.

La Revolución Francesa es hoy un instrumento de análisis
casi arqueológico, pero el bidet es todavía un artificio
de utilidad múltiple, aun cuando lo hayan concebido solamente
para la recuperación del espíritu en las partes pudendas.
Acerca de la guillotina, es muy necesario recordar que su práctica
se extendió por el mundo con un éxito envidiable,
aunque para algunos no sea muy conveniente reconocerlo.
De cualquier modo, las bellas artes de la decapitación fueron muy íntimas
y toda habilidad, en este sentido, se volvió menos cruel,
alcanzando dimensiones de verdadera excelsitud.

Ya es de noche en París, pienso en Maximilien de Robespierre,
no estoy alegre ni sufro de melancolía.
Alguien puede creer que digo todo esto
porque la soledad no me permite sobrevivir como quisiera.
Sin embargo, me siento muy tranquilo, tal vez más tranquilo que nunca,
y estoy feliz porque ahora me dispongo a dejar caer, con sumo cuidado,
la parte trasera de este pobre cuerpo mío (antiguamente se la llamó 
       zona sagrada),
sobre el bidet que nos ofrece y seguirá ofreciéndonos aquel surtidor
       de espuma
tan suyo desde siempre, como si fuera agua bendita.



Árbol de la memoria



       La Creación

Existe casi la certidumbre de que Dios, apresuradamente, haya creado el mundo en seis días. Lo hizo sin mucha precisión científica, según algunos testimonios de aquella época, y las cosas, al fin, no le salieron muy bien. Como si fuesen humanos, los monos perdieron su inteligencia emocional, su genio y figura, su equilibrio, y sin saber, empezaron a hablar de una manera cada vez más confusa, enredando las palabras y provocando un ruido mucho más del infierno que del cielo.

Lo mismo sucedió con los árboles: se confundieron unos con otros hasta crear una atmósfera babélica. Enredo de árboles como monos y de monos como árboles. En estas condiciones, algunos monos le ayudamos a plantar otro tipo de árboles, pero Dios nunca reconoció nuestra ayuda. Y una noche, aprovechando un descuido de vigilancia, se nos perdió la cabeza en el aire, nos caímos por uno de los agujeros que a Dios se le fue de las manos, y desaparecimos del Universo para siempre.

       Descubrimiento de la silla

Antes del descubrimiento de la silla,
las mujeres se sentaban con absoluta inocencia
como si recién hubieran escuchado
la voz de Dios entre los matorrales.

La ceremonia de sentarse no era intrascendente
como ha ocurrido en los tiempos modernos,
donde la silla, con su obviedad y su torpeza,
destruyó el encanto de la época primitiva.

Han pasado los años y tú eres la niña que corre
sobre las flores azules en este bosque
donde no sólo las piedras hablan
como si hubiesen visto a Dios entre los matorrales.

Antes del invento de la silla nos amábamos
con la más absoluta inocencia,
y no era irreal el esplendor en las flores azules
donde tu sombra parecía dormir como un ídolo antiguo.

Han pasado los años y la ceremonia de sentarse
vuelve a tener relevancia en este lugar de Dios que nos alumbra
y todavía nos protege como la hembra a su nonato
más allá de la silla convertida en olvido.

       Retrato de mi padre

Mi padre se llamaba Julio y nunca fue algo más que un proyecto. Es lo único que me interesa de su personalidad. Tal vez lo único. Sobrevivió como un individuo lleno de individuos, tartamudeante y poco serio, aunque no siempre. De pronto era muy locuaz al estilo decimonónico de Andalucía, aunque tengo la certidumbre de que nunca anduvo por aquellos rincones de palpitación andaluza. Pero quién sabe. ¿Alguno de ustedes se atrevería a decir la última palabra? La verdad es que sus amigos fueron refugiados políticos, payasos, judíos pobres, dentistas y físicos, metafísicos y oculistas, iluminados que cultivaban el desliz de la magia menor, gitanos, turcos, libaneses, y algunos anarquistas cuya mayor virtud fue el estudio de los astros en relación con los fenómenos políticos y sociales de la más variada naturaleza.

Pasaban horas y horas discutiendo acerca de una discusión sin asunto aparente, pero más acá y más allá de todo tipo de ramificaciones. Arborescencias y deslizamientos desde ningún punto hacia ningún punto, dentro de un sistema sin sistema, como un animal sin patas ni cabeza, o más bien un objeto aparentemente inútil aunque gracioso.

Yo me eduqué bajo esa atmósfera. Sinuosidades de una filosofía al margen de toda filosofía: juegos, fintas, intersticios, esguinces y una vitalidad lejos de cualquier intento de cristalización. Pensamiento líquido. Pellizcos y jugarretas de los payasos que se burlaban del estudio astrológico de los anarquistas en medio de un ámbito dominado por las discusiones sin asunto aparente, pero más allá y más acá de todo tipo de arborescencias y deslizamientos desde ningún lado hacia ningún lado, dentro de la incertidumbre, el dolor y las exclamaciones de los judíos pobres que aún tratan de poner en duda el sentido de las aficiones cósmicas de los anarquistas, sin saber de qué materia se compone el sentido.



Discurso del inmortal



Así como van las cosas, me gustaría ser inmortal, pero gringo.
Nada es más concupiscente, menos metafísico y más estimulante.

A mí me gusta el entusiasmo de ser inmortal, pero gringo.
Me gusta mucho el estupor, como decía la abuela
Odilia D'Amico, me gusta mucho el estupor y el entusiasmo.

Sospecho que no sólo Publio Virgilio Marón, sino también Dante Alighieri,
además de William Shakespeare, hubieran deseado ser gringos
y luego inmortales, aunque tal vez no tan inmortales
como lo son ahora, tocados por la gracia desde que el mundo es gringo.

Aún soy Drácula, San Judas Tadeo, Batman, Boris Karloff
en el espíritu siempre audaz y a veces equívoco de Frankenstein,
junto a la ternura de Santa Rita de Cascia, ¿qué sucede con Superman?,
aaah Nuestra Señora de los Alumbramientos, pero la verdad es que hoy
quisiera ser el Hombre Araña de la poesía mundial, aunque sublime
y sustancialmente gringo como mis padres
y mis abuelos que nunca dejaron de ser gringos: ellos vislumbraron por primera vez la luz del mundo en las cuevas de la España más antigua y en las catacumbas de la no menos antigua Italia.

Debo confesar que yo no cultivo el ocio de la lectura:
ni siquiera leo a los gringos como Fiodor Dostoyevski, aunque me siento gringo
por encima y por debajo de mi nariz, mi lengua y mis ojos que se deslizan
como Buda en su luz, hacia la línea del horizonte.

Es muy posible que Friedrich Nietzsche, Pablo Neruda,
       Marguerite Yourcenar,
el Santo Padre que aún vive en Roma, Salvador Dalí, 
       Vladimir Ilich Ulianov,
alias Lenin, Safo de Lesbos, Augusto Pinochet, Richard Wagner,
Gabriele D'Annunzio, Francis Bacon, Rosa Luxemburgo,
       Marcello Mastroianni,
el Inca Garcilaso de la Vega, Edith Piaf, Rudolf Nureyev,
Anita Ekberg y Adolf Hitler, entre muchos otros que también se deslizan
como el espectro de Buda en su luz, hubieran preferido ser gringos
en el instante más oportuno, cuando la Historia no era todavía
un testamento de lugares comunes tan ensortijados,
temblorosos y deslumbrantes.

Pero será mejor que regresemos a lo mismo de siempre:
cómo me gustaría ser doblemente inmortal, ¿quién habla?, pero gringo.
Nada es más estimulante, sin duda, menos metafísico
       y más concupiscente.
A mí me vuelve loco el entusiasmo de ser
globalmente gringo, como dicen, han dicho y dirán los filósofos
de ayer, de hoy, de antes de ayer, ¿así se dice?, y de mañana:
muy global y muy simpático en lo profundo,
hasta las últimas consecuencias.

Ya lo decía como nadie lo soñó antes, la abuela Odilia D'Amico:
A mí me gusta el entusiasmo de que tú seas inmortal.
Sólo me gustan el júbilo, el desliz casi imperceptible de la noche,
el asombro de que seamos eternamente gringos
por encima de aquella luz y por debajo de las aguas del mundo,
para beneficio de la humanidad que no deja de observarnos
desde que fue visible el primer soplo de vida sobre aquel desierto.



La antigua casa


Qué hermoso es vivir aquí, todavía: resucitar a cada instante.
La antigua casa se nos va llenando de gemidos.

Vuela un cenzontle hacia el pasado,
vuela en un hilo de luz, las hormigas levantan el pétalo
de una flor transparente, vuela en su hilo el cenzontle
y un escarabajo se pierde entre las guayabas
que aún se pudren sobre la tierra húmeda.

Pronto, muy pronto vendrá la noche
y las primeras gotas de lluvia borrarán nuestra imagen
que vuela en círculos y persigue al cenzontle hacia el pasado.

Qué hermoso es vivir aquí, todavía: resucitar a cada instante.
La antigua casa se va llenando de demonios
y hasta las abejas solares resucitan hacia el pasado
en el corazón de las guayabas que milagrosamente
se pudren más allá de la noche, como en una urdimbre de agua tensa,
la única urdimbre donde al fin todo vuela en círculos hacia el pasado.



Memorial de las caballerías


       Caballos que nadie reconoce

Un caballo que ha descubierto el cántico del azar
y a veces agoniza en los brazos de su madre.
El que vuela o canta como un pájaro entre las nubes.
El que desaparece en su galope
hacia el abismo del tablero de ajedrez,
como si la guerra no hubiera terminado.
El que descubre, con alegría,
que cada noche es una metáfora
por donde avanzan las yeguasen su espiral inmóvil.
El que acaricia a una piedra sobre el polvo.
El que se burla de sí mismo en la tierra de nadie.
El que huye en medio de la música.
El que piensa en su destino y suspicaz, insomne,
prefiere que los otros disfruten del paisaje
y tengan al fin la razón.

Estos caballos que nadie reconoce están salvando el mundo.


       La transfiguración de los caballos

Al amanecer veo cuatro grupos de caballos
que galopan desde las cuatro esquinas del mundo.

Sobre el centro de la Tierra estamos esperándolos.

Al anochecer vimos cuatro grupos de abuelos
que galopaban desde las cuatro esquinas del mundo.

Sobre el centro de la Tierra estamos esperándolos.

Al amanecer vimos cómo los caballos
se transfiguraban en nuestro abuelos.

Sobre el centro de la Tierra estamos esperándolos.

Al anochecer veo que nuestros abuelos cantan
como si fueran los abuelos de todo el mundo.

Sobre el centro de la Tierra soy el último caballo
que sonríe sin atreverse a decir una palabra,
mientras seguimos esperándolos en el centro de la Tierra.



Decálogo de todos los días

 


A la memoria de Rubén Darío, quien nos observa,
como siempre, con una sonrisa cómplice.



Si está muy aburrido de la vida
y desea que lo maten a palos, con lentitud
y perseverancia, no deje de sonreír y marque el 1.

Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no soporta a su mujer y quiere divorciarse ahora mismo
porque la muy ingrata es cada día más bigotona,
más peluda y más gorda, sonría y marque el 2.

Por segunda vez, Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde la cumbre la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si está muy aburrido de la vida y sólo desea bailar
sinuosa y suavemente con una encueratriz de origen húngaro,
pero con los pezones al estilo de la Santa Rusia,
no deje de sonreír y marque el 3.

Por tercera vez bajo la niebla, Charles Baudelaire sonríe
y me saluda con entusiasmo al estilo de Buster Keaton
desde la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no puede vivir con nadie, ni siquiera en los brazos
de su propia o más bien impropia sombra, y sólo quiere bailar

un vals de otro tiempo bajo la luz indomable de la luna,
bailar aunque sea con el enemigo, sonría y marque el 4.

Por cuarta vez bajo la niebla, Charles Baudelaire, quien ya no se llama
como tal vez se llama, sonríe a lo lejos, al estilo de un personaje del cine
       mudo,
vuelve a sonreír y me saluda desde la cumbre de la Tour Eiffel
       que todavía no existe.

Si aún tiene la esperanza de que los políticos lo sigan traicionando
por detrás y por delante, aun cuando sea con algunas lágrimas
de cocodrilo viejo en los anteojos, no deje de sonreír y marque el 5.

Por quinta vez, Charles Baudelaire, quien aún se llama como tal vez se
       llama,
sonríe desde muy cerca y muy lejos, al modo de Groucho Marx,
vuelve a sonreír con entusiasmo y me saluda
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no puede respirar en calma
y solamente desea que lo embalsamen al morir
o incluso antes, como le sucedió a Vladimir Ilich Ulianov,
alias Lenin, aquel Lenin de tal vez nunca, sonría y marque el 6.

Por sexta vez, Charles Baudelaire, quien tal vez nunca se llamó como se
       llama
o algo por el estilo, sonríe, se muerde las uñas, sonríe,
abre y cierra los ojos al modo japonés, y al fin no deja de saludarme
desde el alumbramiento de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si es hiperkinético y no puede masturbarse en un ambiente
de recogimiento búdico, alegría de vivir y asombro
por lo que aún ocurre en este mundo de locura casi mística
y felicidad envidiable o más bien insoportable,
vaya uno a saber, según y cómo, vaya uno, ¿según y cómo?,
no deje de sonreír por los siglos de los siglos y marque el 7.

Por séptima vez, Charles Baudelaire, quien se llama al fin
Cayo Valerio Lavín Cerdus, alias el Otro, el Ceniciento, el Muca Muca,
siempre el Otro, la Mano Peluda o más bien Su Majestad el Lobo Sapiens,
sonríe a lo bestia, miau, guau, miau, pero con ritmo,
más y más ritmo, y al fin me saluda con muchísimo entusiasmo
desde el punto más alto de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si todas las mujeres de Mozambique
lo vuelven todavía más loco que una cabra del monte
por vivir con el Punto G muy enredado en el profundo caracol del oído,
sonría, no deje de sonreír, sonría y marque el 8.

Por antepenúltima vez, Charles Baudelaire, quien aún se llama
como dicen que se llama, es decir el Otro, el Único, siempre el Otro,
sonríe y me saluda con entusiasmo al estilo de Woody Allen
desde la cumbre de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si ya no quiere saber nada de nadie, nada de nada y de nadie
porque le duelen mucho los benditos dientes y las malditas muelas
con una obstinación casi mística o más bien sobrenatural,
para decirlo como hay que decirlo, y ya tampoco se interesa por el futuro
del bendito o maldito Arte de la Palabra que nos abruma
y todavía nos deslumbra, no deje de sonreír y marque el 9.

Por penúltima vez, Charles Baudelaire sonríe y me saluda
desde el laberinto de la Tour Eiffel que todavía no existe.

Si al fin no sabe quién demonios es quién a lo largo del mundo
transfigurado en tanta belleza e inmundicia,
y aún se siente aburrido, más aburrido que un orangután
sin la compañía de su simpática, su dulce, su fascinante y muy sutil
       orangutana,
sonría, por favor, misericordia, misericordia, sonría y marque de
       inmediato el 10.

Por última vez que nunca es última, como es obvio, Charles Baudelaire
sonríe, bañado en lágrimas, más y más lágrimas, sonríe
y ya no me saluda desde la cumbre abismal de la Tour Eiffel
que solitariamente existe a lo lejos, como una bestia cada día
       más salvaje.



El baile infinito de Rasputín



Aún se desliza la sangre de Rasputín, aquel monje
más cuerdo y más loco, sobre la nieve de Rusia, esa nieve que levanta el
       vuelo,
sólo el vuelo sexual y místico
de aquellos locos sagrados de la antigua Rusia, la sangre
azul, de color ámbar, la sangre azul y blanca de todas las Rusias, más allá
       del relámpago,
en esta geografía de nieves eternas donde aparece
y desaparece la orgía casi perpetua de Novykh, Grigori Iefimovich,
el monje Novykh de los ojos encendidos como una novia
más piadosa y brutal que virgen, ya nadie es virgen en los baños públicos
donde las putas abrazan a Rasputín y lo besan
como si fuese el Ángel de la Guarda de los desamparados
más jóvenes y más viejos en lo más profundo de la nieve.

Ahora Rasputín se emborracha, demiurgo y taumaturgo, canta
como si lo hubiera perdido todo en la fiesta
de la piedad y del milagro, todo es milagro, y al fin baila
y baila de modo caballuno, es la yegua más loca
muriendo y resucitando entre las patas de su propio caballo,
casi todo es locura y misericordia
en el caballo, qué místico y sin freno, sí, cuánta locura
en la silla de montar y desmontar, toda la euforia del mundo
en la silla del caballo de sí mismo, todo es milagro, espesura y
       desesperación, caridad
y tinieblas en la orgía del caballo
que nunca deja de bailar sobre la pista
del desenfreno bajo las luces de color ámbar,
aquella pista del Hotel Astoria, en San Petersburgo.

Nací del soplo del Espíritu Santo
que está muy feliz y aún gime en el vientre de mi madre
cuya virginidad es eterna como el vuelo de las nieves
desde el vientre infinito de la Santa Rusia, yo me emborracho, yo bailo
y canto en la borrachera de todas las Rusias de este mundo
y del otro mundo, cantan y respiran
y bailan por mí las nieves
de la agonía y del arrepentimiento, yo pecador, yo niño
extraviado en el vientre aún virgen de la enigmática zarina,
somos el soplo, Rasputín mío, Grigori Iefimovich, somos el soplo,
de la zarina en tu espíritu, Rasputín de todas las Rusias,
y en el fondo aquel temblor indomable del viento en la llama de la
       enigmática zarina,
vientre por vientre, sí, respiración y soplo
en el corazón de la zarina
que me pide todo sin pedirme nada, que sólo llora sin llorar nunca, yo
       canto
y bailo en el vientre de la Santa Rusia
con todas sus lámparas encendidas bajo las nubes
que van y vienen desde lo más profundo del Santo Infierno,
venid a mí, túnel y vientre, zarina de Nicolás II,
zarina loca en los túneles
de Moscú y de San Petersburgo, llueve
sobre el túnel del Espíritu Santo
en las aguas del río Moscova, llueve y llueve a lo lejos, desde lejos, muy lejos, llueve desde el otro mundo
sobre el soplo y la trinidad en llamas del Espíritu
Santo, qué afeminado el príncipe Yussupov que una vez más me visita
para dispararme tres tiros, la Santísima Trinidad
en aquellos tiros a la altura de mi corazón,
la trinidad en llamas desde aquel sótano
donde el alcohol aún palpita en el fondo de la bilis
y tiemblan las uvas endemoniadas como una novia sin destino.

Mi cuerpo al fin se desploma sobre las nieves eternas
de la Santa Rusia, Yussupov sigue disparando
más allá de 1916 con su cara de virgen,
virginidad y locura en la zarina que se estremece y vuela sobre las aguas
del río Moscova, toda la sangre,
toda la leche y la sange del mundo
en las profundidades del río Moscova con sus aguas que de pronto
       levantan el vuelo
y desaparecen entre las nubes
del color de la zarina de Nicolás II, zarina loca,
las nubes del principio y del fin del mundo,
aquellas aguas del río Moscova entre las nubes donde yo bailo
y canto, borracho, yo canto y bailo, borracho,
nunca dejaré de bailar en aquella pista de San Petersburgo
desde donde la nieve ensangrentada
se extiende sobre el mundo
como un manto de luz infinita e ingobernable.