Nota introductoria

 

Nacida en Odessa, en 1899, Ana Ajmátova veía transcurrir muellemente su privilegiada juventud en una pequeña villa de la residencia de veraneo del Zar, cuando contrajo matrimonio con Nikolai Gumielev a los veintiún años. El ritual obligado de la cultura rusa de entonces no tardará en cumplirse. Al año siguiente de la boda, Ana viaja a París, se hace amiga de Modigliani, quien ejecuta 16 retratos de ella (de los cuales uno solo ha sobrevivido), y a su regreso a la querida patria comienza a escribir seriamente.

Es la época de las escisiones dentro de la corriente simbolista rusa, pese a los afanes ortodoxos de su sumo sacerdote, Viacheslao Ivánov. De las prestigiosas reuniones semanarias a las que Ajmátova asiste, pronto surgirán dos grupos disidentes, a su vez opuestos entre sí: los futuristas y los acmeístas. El ala radical  está representada por los futuristas, de los cuales Mayakovski es uno de sus principales exponentes: niegan el lenguaje poético y exigen la autonomía de las palabras, introduciendo el lenguaje coloquial para lograr un deliberado efecto antipoético.

Por su parte, el acmeísmo significa una ruptura total con el viejo simbolismo. Sus cultivadores más notorios: Gumielev, Ajmátova y Osip Mandelstam, cuestionan directamente la actitud vital de los simbolistas. Les gusta llamarse a sí mismos artesanos, pues consideran al lenguaje como a cualquier otro material del que deben aprenderse sus cualidades naturales y sus limitaciones. Rechazan, por ello, las diferenciaciones entre lo poético y lo no-poético. Con toda legitimidad, cualquier percepción o experiencia puede ingresar en la esfera creativa del poeta. Pero no había radicalismo populista o político alguno en esa postura. Se trataba en esencia de una aproximación religiosa al fenómeno poético, que concebía a la vida como una dádiva. Había la convicción de que para agradecerla mejor eran indispensables tanto la tradición de los valores judeocristianos de Occidente como la religión misma.

Sin embargo, la evolución posterior de la poesía de Ajmátova estará en gran medida determinada por la irrupción de la Historia en la vida personal de la mujer. Habiendo visto naufragar su matrimonio y obtenido el divorcio en 1918, apenas seis años después del nacimiento de su único hijo: León Gumielev, durante la hambruna desatada por la Revolución de Octubre, Ana gana su ración trabajando como bibliotecaria en el Instituto de Agronomía de Petrogrado, sin dejar de asistir junto con Mandelstam a la Academia de Artes para ofrecer recitales de poesía en beneficio de los heridos. Después de publicar su tercer volumen de versos, sufre la violenta pérdida de su ex esposo en 1921, fusilado por los bolcheviques tras haber sido condenado por participar en una conspiración en contra del nuevo régimen. Este oprobioso acontecimiento pesará como un estigma sobre Ajmátova y su hijo hasta el fin de sus días. Hubiera sido fácil para ella refugiarse en París o en otra ciudad europea, como tantos otros miembros de su clase social, pero el acendrado amor que tenía hacia su patria hacía impensable ese proyecto.

El terror stalinista será implacable con la víctima propiciatoria. El Comité Central del Partido Comunista dicta desde 1925 “instrucciones especiales” para que no se publique ni un verso más de Ana Ajmátova. A lo largo de diez años, su silencio será casi total, hasta que, en 1935, su hijo sea arrestado durante la ola represiva que levantó el asesinato de Kirov. En apariencia, el apellido de Gumielev había sido razón suficiente para pronunciar la acusación en contra del muchacho.

Una vez transcurrido su primer invierno bélico en el sitio de Leningrado, Ajmátova debe ser evacuada a un distante lugar del Asia Central, donde pasa varios años al lado de la viuda de Mandelstam. Hacia el final de la sangrienta Segunda Guerra finca de nuevo su residencia en Leningrado, dispuesta a resarcirse como escritora. Pero en 1944, al concluir un recital suyo en el Museo Politécnico de Moscú, es aclamada de pie por tres mil asistentes. “¿Quién organizó esa ovación?”, rugirá Stalin al enterarse. Es el preludio de un nuevo congelamiento, que se hace oficial en 1946, cuando la segunda prohibición para la publicación de sus obras se acompaña de una larga declaración de un miembro prominente del Politburó en la que se acusa a Ajmátova de “individualista”, de que sus temas son “ajenos a las masas” y de que recurre a “elementos de tristeza, nostalgia y misticismo”.

Una acusación semejante sólo podía tener como corolario, entonces, el arresto inmediato. En este caso específico fue el hijo quien debió padecer su tercer arresto. Temiendo un cateo similar al que había presenciado como consecuencia de la aprehensión de su amigo Mandelstam en 1934, Ajmátova quema en una estufa su vasta obra inédita. Años más tarde tratará de reconstruirla parcialmente, habiéndose perdido para siempre una obra de teatro dirigida contra el régimen stalinista, el cual deberá haber llegado a su término para que, en 1956, pueda ser liberado León Gumielev, sólo dos meses antes de que se celebre el xx Congreso del PCUS y Krushev denuncie al Padre Stalin en su Discurso Secreto. Diez años después, fallece la anciana.

El signo de la poesía de Ana Ajmátova es el de la transparencia. Se explica por sí misma. Surgida en uno de los periodos históricos más convulsos y contradictorios de nuestro siglo, se levanta como un testigo excepcional de los sucesos circundantes. Elabora un conmovedor testamento para las generaciones posteriores que, como Ana creía firmemente, nunca dejarán de amar la poesía, aun en los tiempos más difíciles.

Cristiana ortodoxa, azotada por los rigores de la revolución y la guerra antifascista, proscrita como indeseable por el realismo burocrático llamado “socialista”, pervive a pesar de todo como una gran poeta, conservando intactas hasta hoy su vitalidad y su frescura. Ya lo decía Osip Mandelstam, el amigo entrañable: toda gran poesía es una respuesta al desastre total.

 

 

Kyra Galván