Chumacero o hay demasiada luz
en las tinieblas

 

Alí Chumacero vive la paradoja de ser el más intelectual y el más antintelectual de los poetas mexicanos. Si su conducta en el trato diario fue desde la adolescencia una defensa contra la solemnidad de quienes se toman en serio a sí mismos y andan por el mundo proclamando que son poetas hasta cuando no escriben, en 1958 clausuró su obra breve y admirable con dos de sus mejores poemas —"Salón de baile" y "Alabanza secreta", recopilados en la segunda edición (1966) de Palabras en reposo— y consideró que la poesía acaso puede ser perdonable como una enfermedad de juventud, pero que hay algo profundamente ridículo en seguir escribiéndola después de los cuarenta años.

Esta decisión es lamentable desde el punto de vista del lector pues a uno le hubiera gustado seguir leyendo toda la vida nuevos poemas de Alí Chumacero. Sin embargo, con ella no nos privó de su poesía de madurez ya que Chumacero fue un poeta cabal desde su primera composición publicada en 1940 ("Poema de amorosa raíz"). Su aprendizaje en el silencio fue también su aprendizaje del silencio. En dieciocho años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir, y desde entonces limitó su actividad poética a la no menos difícil e inventiva de lector.

Chumacero, en tal sentido, es el Juan Rulfo de la poesía mexicana. Como los versos interesan a muchas menos personas de las que se preocupan por la narrativa, ha podido callar sin molestias y nadie espera su cuarto libro de poemas. Nada tan lejano a ambos —nacidos por cierto en el mismo 1918— como la idea de una "profesión" o una "carrera" literarias. Los dos escribieron por necesidad interior, no en aras de un deber impuesto desde fuera, y enmudecieron una vez escritos, inmejorablemente bien escrito, lo que tenían que escribir.

Es irresistible la tentación de comparar los tres libros de Chumacero a estrellas solitarias que brillan con luz propia en el cielo de la poesía de nuestro idioma, o bien a islas rodeadas de silencio por todas partes. Silencio y soledad son el marco propicio para que resuene la elocuencia sin énfasis de sus poemas y se quebranten las tinieblas con una luz que no enceguece sino ilumina.

En los dos primeros libros se instaura una continua tensión entre la inmovilidad que se eleva y el movimiento que se abisma, entre la muerte que señala el sepulcro como destino final de toda carne y la desnudez en que la vida se afirma y el placer que niega, así sea por un momento, la fatalidad de la desdicha. Los poemas de Páramo de sueños e Imágenes desterradas son monólogos o discursos a un tú que es siempre una mujer lejana o a punto de alejarse. La dicción y el fraseo provienen en parte de los españoles de 1927 y los "Contemporáneos" mexicanos, especialmente Villaurrutia. No obstante, Chumacero encuentra su voz desde sus primeros pasos y en ella resuena una sentenciosidad bíblica, bastante insólita en la poesía de lengua castellana que se ha hecho casi siempre de espaldas a la Biblia, piedra de fundación, en cambio, de la gran literatura inglesa.

Sabemos que ese Páramo de sueños, escenario en que arden y fluyen los poemas, es la Tierra Baldía de las dos guerras. En ella se establece, como defensa contra la tempestad de la historia que todo lo arrasa, una atmósfera de cuadro post-surrealista. La desnudez que evocan los poemas es la misma de sus medios expresivos. Pocas poesías tan austeras como ésta, despojada de todo brillo ornamental, de toda facilidad rítmica (o arrítmica), al punto de lograr no el brillo un poco cursilón del diamante sino la naturaleza serena y sólida y deslumbrante del mármol.

La poesía juvenil de Chumacero no es difícil sino exigente. La poesía de madurez (llamemos con un término convencional la que escribió entre 1948 y 1958) pide de lectores y lectoras una colaboración tan absoluta que sólo puede llamarse complicidad. Palabras en reposo es uno de los libros más originales –y, claro está, más desconocidos– de la poesía castellana en general y mexicana en particular. Una obra maestra impredecible e irrepetible que por sí sola explica y justifica el posterior silencio de Chumacero. En este libro llegó a no parecerse sino a él mismo pero alcanzó también un punto sin retorno.

Después de Palabras en reposo, título que anunciaba su propia culminación y desenlace, Chumacero eligió callarse porque el camino de extremo rigor y máxima dificultad que se había impuesto sólo iba a llevarlo, en caso de persistir en él, a la tautología y el solipsismo. Inversamente este libro de un poeta de temperamento por completo lírico –es decir, subjetivo, intimista, monologante– es el más cerrado y al mismo tiempo el más abierto: aquel que se abre al nosotros y está poblado por personajes dramáticos, por las penas y los goces de los semejantes. Este libro de aparente pureza, en el sentido de Brémond, y cercano por tanto a Mallarmé y a Valéry –proximidad que pocos de nuestro idioma han alcanzado– es asimismo el más impuro, el más contaminado de realidad, de las furias y las dichas de los demás. Palabras en reposo o la apertura del hermetismo. Poemas que sólo quieren ser poesía y dialécticamente son también realistas, narrativos, anecdóticos –a su manera.

Hay una breve historia que puede leerse inscrita en el revés de cada poema. Pero de nada vale decir que el gran "Responso del peregrino" es un canto epitalámico, cruzado desde el principio por ecos de oraciones fúnebres, en que antigenéricamente se predice para la pareja no el porvenir de los cuentos de hadas sino la dificultad irremontable de la convivencia humana y el final "despeño de la esperanza". O que el extraordinario "Monólogo del viudo" habla de un hombre que ha perdido a una mujer muerta cuando le practicaban un aborto. La poesía no cuenta (para eso está la narrativa): nos hace participar desde dentro en una experiencia ajena, apropiarnos de ella corporalmente, materializarla por medio de una lectura que es el menos pasivo de los actos.

El reposo de estas palabras no es el estatismo ni la inercia. Es el reposo que Heráclito asignó al fuego: su poder de transformarse en cada lectura y en cada lector.

 

 

 

José Emilio Pacheco

Abril de 1980