width= Ana García Bergua

Banquetes y cadáveres
(pequeña antología)

Nota introductoria de José
de la Colina

Selección
de la autora

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Nota introductoria


Cuentos de sonrisa e inquietud

 

Para que el acontecimiento más trivial
se vuelva una aventura basta ponerse
a narrarlo. Un hombre es un narrador
de historias; vive rodeado de sus
historias y de las de otros; y tiende a
vivir la vida como si la narrase.
Jean-Paul Sartre, Las palabras

 

1
 
Si hubiera que elegir una Musa de los Narradores yo propondría a Sherezada. No hay un cuentista menos gratuito que la astuta muchacha que, para evitar la muerte que le dará el sultán y uxoricida serial al día siguiente a la boda, inventa el método del suspense contando de noche en noche y en encabalgados episodios una larga historia muy ramificada en historias, y así logra perdurar hasta quedar viva y sultana más allá de la noche mil y una.


Aun si carecemos del talento de Sherezada, todos —según nos dice Jean-Paul Sartre allá arriba, en el epígrafe— somos narradores y nos pasamos la vida contándonos los unos a los otros historias de veras o de mentiras. Un ejemplo de la más rasa cotidianidad: el humilde oficinista Pedro Pérez, disculpándose ante su esposa por llegar tarde a casa, cuenta que en la oficina se demoró en un encargo extra del jefe, que luego tardó en abordar el metro pues todos los convoyes venían a reventar y que cuando, ya en la calle, tomó el camino a casa, comenzó a diluviar y hubo de guarecerse largo rato bajo la cornisa de la farmacia de la esquina. Aquí tenemos la narración de una pequeña, trivial aventura en modo realista. Pero también, a decir verdad, pudo ser que Pedro Pérez se hubiera demorado en la tertulia del bar bebiendo una o dos cervezas y narrando a los compañeros de trabajo una muy detallada historia de la quimérica noche erótica, rica en posturas y detalles, que habría pasado en un lecho utópico con Marilú, la secretaria más seductora e inconquistable de la oficina. Y ese otro posible relato sería la crónica de un suceso meramente deseado, una especie de reportaje de lo que no fue o un cuento fantástico que se negaría a declarar su género.

Es decir que los seres humanos somos los cronistas y/o los fabuladores de nuestra vida, de las de los otros y de los sueños de unos y otros, y lo somos más definida y definitivamente cuando mediante la escritura contamos nuestras historias y las que los demás depositan o inspiran en nosotros.


2

Ana García Bergua es, entre los talentosos autores nacidos en México en los años sesenta, uno de los que, por su modo de ejercerse en lo que me gusta llamar el arte de Sherezada, me han seducido como lector. Hasta puedo decir a partir de qué momento, de cuál página, de cuál línea, ocurrió por primera vez esa seducción. Fue al final de un cuento no incluido en este cuadernillo en el que García Bergua ha preferido reunir textos narrativos acerca del tema del comer, tan frecuente en sus obras.

Advertí esa seducción a partir de una línea aparentemente no extraordinaria pero que es una ruedecilla maestra en el "mecanismo" del relato:


Pero ya en mi casa, estando dormido, sonó el teléfono y eran sus ojos […].
La frase recortada es del párrafo final de un cuento enumerativa y desviadoramente titulado "Las piedras, los alfileres, los hielos, el vacío, el precipicio", a cuyo protagonista, que a la vez es el narrador interior, lo inquietan, atemorizan, angustian los ojos de color azul (porque "en realidad no sé quién me mira detrás de los ojos azules"). La autora pudo usar el modo explicativo de un narrador convencional: "sonó el teléfono, tomé el auricular y al oír su voz imaginé sus ojos", pero, como debe haber pensado que eso dejaría muy plano el relato, introdujo esa hábil elipse, como la llave para una puerta, y con ello abrió el momento terminal a un instantáneo vértigo, e insinuó una prolongación del relato en la historia fantástica de una mirada enviada por teléfono.

Ésa es una de las muchas sutilezas que suelen darse en los cuentos y novelas de inquietud y sonrisa de García Bergua gracias a una intuición poética subyacente a la mera narración.

En cuanto a la intuición humorística de Ana, no citaré sino un párrafo de viva y turbia sensualidad de su muy entretenida novela La bomba de San José. Es un momento en el que la principal protagonista, una esposa simpática y correcta pero inconforme con la mera condición de ama de casa, es besada por su marido, un hombre juerguero, un cinéfilo, un iluso Don Juan, y ella siente otra especie de vértigo, esta vez de orden muy sensorial y referencialmente cinefílico:

Después me besó apasionadamente: sabía a tabaco y a vermouth. Cuando me besaba así yo me perdía, me ganaba la voluntad completamente, como a esos zombis de las películas.


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La obra narrativa de Ana García Bergua puede ser adjetivada de realista y humorística y fantástica, un triple mestizaje que en pocos escritores suele ser afortunado y que en ella sí lo es, tanto en los cuentos como en las novelas y las juguetonas prosas periodísticas en las que ensaya y gregueriza con una ironía alegre. Este cuadernillo recoge un puñado de cuentos y de fragmentos de una novela (Rosas negras) escritos a partir de la cocina, la comida y la comensalidad, asuntos que generalmente propician un demasiado obvio humor negro y/o farsesco. No creo que sea ése el acento más distinguible en los cuentos de Ana, a los que también, a mi juicio sin atinada lectura, se les ha adjetivado de ibargüengoitianos. Para mí, insisto, son cuentos inquietantemente sonrientes, o, as you like it, sonrientemente inquietantes.

 

José de la Colina

 


 

Andrés

 

Sé que estuvo mal pensarlo, pero el acto de caer muerto a media reunión me pareció, por parte de Andrés, de mal gusto. Y no es que quiera perjudicar su memoria con esto, pero la verdad quién lo imaginaría, tan elegante, tan apuesto, incapaz de cometer cualquier descortesía aun en la parranda más desenfrenada. Debo añadir que no fui la única: pude advertir algo semejante en los gestos, las miradas, los carraspeos de Belinda, Antonio y Lulú.

Cuando se desplomó, sin ningún aspaviento ni estertor —lo que por otro lado fue de agradecerle— transcurrió un instante, un instante corto, cortísimo, en el que pude notar cómo Belinda, embelesada con los camarones al ajillo, dudó en soltar el tenedor y luchó por contenerse de dar el siguiente bocado; Antonio aspiró, degustó el humo del tabaco tan agradable después de una buena cena, y Lulú atisbó todavía con ilusión la portada del disco que estaba a punto de poner, adelantando el gozo de escuchar de nuevo una canción que inundaba su vida en estos días últimos y le decía tanto. Y he de admitir que yo evoqué las crêpe suzette con amargura, contrariada porque todo el pesado trámite de la cena para llegar al postre había sido en balde. Lo que transcurrió en aquel instante para mí duró un sinfín de horas, como si estos pequeños gestos y estas miradas sucedieran en cámara lenta, y en ese momento diminuto prolongáramos lo más posible el tiempo anterior a la desgracia.

Pero las reacciones se sucedieron: Belinda se inclinó sobre Andrés y lo zarandeó, preguntándole inútilmente "Andrés, Andrés, ¿qué te pasa?". Antonio dijo que no lo moviéramos y voló al teléfono a pedir una ambulancia. Lulú tuvo un ataque de histeria y yo la auxilié con un par de bofetones que sólo ayudaron a que se desmayara. Antonio regresó del teléfono para darle un poco de brandy a Andrés. Con la copa en la mano le escuchó el corazón y le tomó el pulso. Después le pidió a Belinda un espejito para ver si respiraba. Entonces se tomó él el brandy y las lágrimas empezaron a escurrirle, solas, sin llanto ni moqueo. Ya sabía que estaba muerto desde que fue a llamar a la ambulancia, y todo lo que hizo para confirmarlo fue mecánico, como si algo le hubiera dicho que tanta naturalidad para aceptar la muerte de un amigo no estaba bien. Vi a Lulú abrir un ojo desde su desmayo y volverlo a cerrar. Y Belinda, la amante viuda, dejó escapar un suspiro que sonaba más a "por fin" que a desdicha. Sé que todo esto, así, es demasiado crudo, y me da vergüenza confesar que mientras mis amigos se traicionaban a sí mismos yo no hacía otra cosa que observarlos, sin pensar en el pobre de Andrés que, a fin de cuentas, no podía decir nada.

Lo cierto es que los cinco, esto incluye a Andrés, habíamos sido educados en el ateísmo más absoluto, de manera que Andrés, para nosotros, se había ido, su alma se había esfumado. Y si Andrés tenía algo era un alma de oro, un alma exquisita. De los cinco, era el único a quien el egoísmo no invadía jamás. Conocía a la perfección nuestros gustos, nuestras virtudes, nuestras pequeñas debilidades, y sabía alimentarlas siendo amigo sincero y generoso. Jamás cayó en la trampa de los ataques de histeria de Lulú, precisamente porque la quería bien y procuraba ayudarla. Nunca permitió que Belinda se dejara vencer por aquellas depresiones que la llevaban a abandonarlo todo y a querer recomenzar su vida por completo cada dos años. Ni por asomo dejó que Antonio lo sedujera, atormentado éste por un deseo con el que ocultaba la imposibilidad de relacionarse con un hombre fuera de la cama. Y yo no conocí el día en que no me llamara, conminándome a salir de mi aislamiento y de mis libros para pertenecer a un mundo. Cualquiera que tenía una duda, un problema, consultaba a Andrés, y era un orgullo tener un amigo así de solícito y de franco, casi diáfano en su bondad, sensible e inteligente a morir.

De esto estuvimos hablando durante dos horas en que la ambulancia no llegó, ofrendando a Andrés nuestra amistad. La propia Lulú despertó de su desmayo y habló de nuestro amigo con un juicio que parecía serle inspirado por él mismo, a ella que era tan excéntrica en sus razonamientos. Y todos abrazamos a Belinda, por turnos, haciéndole ver la suerte que había tenido de amar y ser amada por un hombre tan de una pieza. Incluso terminamos la cena, brindando hacia donde estaba Andrés —lo habíamos dejado ahí, caído junto a la silla que ocupara durante la cena—, como si su cadáver fuera una representación de él mismo, un retrato o una calaverita de día de muertos que portara su nombre. Borrachos, exaltados, pletóricos de amor los unos por los otros, estábamos histéricos, y no era de extrañarse, porque pasaba el tiempo y la ambulancia no llegaba por más que, con ansiedad cada vez mayor, Antonio llamara y volviera a llamar a la Cruz Roja.

Comenzamos a angustiarnos y decidimos llevar el cadáver a la habitación, entre risas nerviosas. Era cierto que aquel cuerpo nos había estrechado la mano, que hacía un par de horas lo habíamos abrazado y contemplado con amor, con gusto y con embeleso; ahora era una cosa, una especie de muñeco que, además, amenazaba con descomponerse. Cuando lo cargamos acostado entre los cinco, no pude soportar este pensamiento y lo solté. Belinda me siguió, y Lulú también. Las tres pegamos un grito, grito de mujer cuando ve un ratón, grito de aprensión, de susto y de juego. Antonio se enfadó primero —porque pesaba mucho, porque dejábamos caer a nuestro amigo— y después se rió de nosotras. "Ya, no sean cobardes, si es Andrés." Lo volvimos a levantar y con dificultades lo pusimos en su cama. Salimos del cuarto con la sensación de los padres que por fin dejan durmiendo al niño y respiran aliviados de las fatigas del día, hablando en voz baja, no se vaya a despertar. Y así como Antonio, Lulú y yo sentíamos un deseo profundo de irnos a nuestras casas y dejar a Belinda con Andrés, Belinda parecía tener unas ganas enormes de partir con nosotros o de que nos lo lleváramos, como a quien le regalan una mascota que le inspira terror.

De vuelta en la sala, con el cadáver fuera de la vista, nos pusimos a pensar en qué podía haberle pasado a Andrés. Lulú mencionó los camarones. Por un momento temblamos, porque todos los habíamos comido, y yo maldije la amabilidad de tragarme toda una cena que no quería en aras del postre. Pero Antonio fue realista: nadie se moría de una intoxicación de camarones, sin pasar antes por unos sufrimientos espantosos. Y ya relajados, llamamos a la Cruz Verde y a todas las funerarias de la Sección Amarilla, esperando confiar el cadáver a quien viniera primero a buscarlo. Belinda hizo café, dormitamos y hubo ambiente de velorio. Cada tanto, alguien se aventuraba a la habitación y cuando salía lo mirábamos como si emergiera de un quirófano. Quien hubiera entrado, meneaba la cabeza tristemente: no se movía, bien muerto estaba.

Amaneció, y con la luz del día sonó el timbre: la señora de la limpieza. No la dejamos entrar. Con señas y codazos nos comunicamos la urgente necesidad de que la señora no se enterara de la presencia del cadáver en la casa. Fue una reacción absurda, y cuando la pensamos nos pusimos peor. Si declaraba que la habíamos corrido apresuradamente, sospecharían de nosotros. Pero ¿quién nos pediría declaración? Era de suponerse que una funeraria no enterraba a nadie sin asegurarse de que había muerto legalmente, y ¿cómo nos iban a creer que habíamos estado con el muerto la noche entera sin que llegara la ambulancia? Lulú tiró una horrible moneda al aire, "a menos que realmente uno de nosotros lo haya asesinado". Y admito que rebusqué en mi memoria a ver quién se había empeñado primero, más que nadie, en sacar a la señora.

Recordé la desagradable sensación que me inundaba cuando Andrés me llevaba a un coctel prácticamente a rastras, y decía para animarme: "si te ves muy bien", sabiendo que no era cierto; o la desesperación de Belinda por pelearse con alguien, porque Andrés en su bondad jamás le había hecho ningún mal; o la frustración de Antonio, teniendo que controlar su deseo mientras Andrés lo tomaba de la mano o lo palmeaba amistosamente, y la desilusión de Lulú cada que lloraba estrepitosamente sin que Andrés le diera un mínimo y poco saludable abrazo. Mientras pensaba en ello, no dejaba de observar a mis amigos, cada uno encerrado en su silencio y con toda seguridad poseído por una idea semejante. Y el suspiro de Belinda, el primer suspiro de Belinda, ese "por fin" que había escapado aéreo de sus labios, volvió a resonar en mi recuerdo, ahora como si yo misma y todos a la vez lo hubiéramos exhalado.

Yo no sé a quién se le ocurrió, quién rompió aquel silencio que nos estuvo asfixiando un buen rato más. El hecho es que Antonio fue al segundo piso a despertar a un médico, un cardiólogo de cierto renombre que cruzó la sala mirando de reojo con un poco de asco los restos de la cena y de la noche en vela. Cuando salió de la habitación, nos confirmó que Andrés estaba muerto. Lulú tuvo otro ataque de histeria: la volví a abofetear. Belinda fue a zarandear el cadáver de nuevo. Y entonces, por fin, llegaron los de las funerarias y las ambulancias.

El cardiólogo ayudó a Belinda con todos los trámites. Levantaron el acta de defunción y organizaron el entierro. Cuando le pregunté a Belinda de qué había muerto Andrés según el cardiólogo, me respondió todavía extrañada que de una enfermedad incurable. Sospechamos del médico, de la funeraria y hasta de Belinda, pero nadie pensó seriamente en lo del asesinato. En realidad, cuando evoco la dulce tristeza que nos arrulló durante el sepelio, los rostros relajados en una paz irónica y justa, pienso que quizá lo que pasó fue que todos pedimos un deseo y se nos cumplió.

Ya hace mucho que no los veo: a Belinda, a Antonio y a Lulú. Ahora sólo un hilo más que tenue podría volver a unir nuestras vidas, tan imperfectas, tan deliciosamente imperfectas.

 

 


 

Otra oportunidad para el señor Balmand

 

Estaban sirviendo el postre cuando llegó el señor Balmand. Ya le habíamos señalado varias veces que, en nuestra pequeña asociación, la impuntualidad se consideraba un defecto, pero él parecía empeñarse en no hacer caso. A cada reunión llegaba tarde, esgrimiendo siempre los pretextos más descabellados: un improbable tropiezo de su caballo a mitad de la avenida Canelones, algún botón faltante en el vestuario que el reglamento imponía a nuestras juntas, una amarga discusión de último momento con su mujer o con su secretario. Como en todas las demás ocasiones, nuestro presidente, el señor Walpurgis, se limitó a señalarle su asiento con gesto firme y autoritario, y la sesión prosiguió sin mayor contratiempo, despachando con prisas lo que nos faltaba. Al terminar, el señor Walpurgis dijo, como en un descuido, que esta vez la comida no había quedado tan bien como la vez anterior.

El Gran Maestre de Cocina, señor Gargantúa, se justificó diciendo que no había podido disponer de ingredientes tan exquisitos como en otros días. A cambio de ello, declaró, el platillo principal fue preparado con mucho mayor esmero en esta ocasión, gracias a que su equipo de cocineros realizó un peligroso viaje a la región de Lüdsk para conseguir la escasa planta canniculata borunda, o hierba de ratón, la cual solía añadir un gusto exquisito a todos los guisos. Entonces el señor Walpurgis dirigió al señor Gargantúa una de esas miradas que paralizaban del terror. Limítese a pedir una disculpa, señor Gran Maestre de Cocina, ordenó. El señor Gargantúa bajó los ojos y presentó sus más sentidas excusas, que constaron en actas.

Después el joven Raskolnikov, chupando distraídamente la cucharilla de plata de los postres, preguntó si seguiríamos permitiendo al señor Balmand llegar tarde: ésta ya era la decimotercera vez que lo hacía. Al joven Raskolnikov varios le tenían miedo. En primer lugar, porque tenía un gran ascendente, ciertamente un poco misterioso, sobre el señor Walpurgis, y no habían faltado camaradas castigados por faltas de lo más leves a causa de su insistencia en acusarlos como si hubieran cometido grandes crímenes. Por culpa de estas exageraciones, había quien se encargaba de esparcir por toda la ciudad la maledicencia de que nuestra asociación, cofradía o club era una tribu de salvajes. Ciertamente, una vez adentro era imposible escapar a los compromisos contraídos, pero a cambio de ello teníamos grandes ventajas de exclusividad, y cada miembro podía asegurarse en su fuero interno (pues nuestras actividades se desarrollaban dentro de la discreción más absoluta y, de ser posible, el mayor silencio) que tenía en cada cofrade a un verdadero hermano, y en nuestro presidente a un padre benévolo y comprensivo que tarde o temprano nos ayudaría a lograr todo lo que deseáramos en la vida, incluidos aquellos caprichos que no se pueden confesar en un teatro, por ejemplo, sin verse rodeado de prejuicios arcaicos e incomprensión.

De modo que nuestro fogoso joven insistió: ¿Nos vamos a levantar así?, ¿vamos a permitir que el señor Balmand siga llegando a la hora que se le antoja, como los grandes terratenientes y los banqueros austriacos? Tenía los nervios crispados y la cabellera revuelta de agitación. Fue la primera vez que vimos al señor Balmand ponerse pálido, en lugar de mirar su sortija de zafiro y musitar en sorna "bla bla bla", en tono molesto e indiferente, como solía hacer siempre después de los arranques de Raskolnikov, provocando en algunos de nosotros ataques de risa que teníamos que ir a desechar al salón fumador por improcedentes. Esto se debió a que el señor Walpurgis, en lugar de levantar en silencio su imponente humanidad y encaminarla a la puerta, como era su costumbre, se quedó sentado. Luego declaró: está bien, señor Raskolnikov, acabemos con este asunto de una vez por todas. Haga usted formalmente la acusación. El joven Raskolnikov se levantó con solemnidad y repitió la fórmula acostumbrada: Yo, Fulano de Tal, acuso al señor X, miembro de esta asociación, de tal o cual cosa. Así se debía hacer, manteniendo el brazo en alto y mirando hacia el Purgatorio, donde estábamos seguros de que se encontraba el fundador de nuestra secta, club o grupo, el señor Indigo Brailovsky, insigne swedenborgiano. De tanto acusar, el joven Raskolnikov levantaba el brazo ya con mucho estilo.

Mientras tanto, los demás nos ocupábamos en mirar el reloj, pensando en todas las actividades que posponíamos involuntariamente a causa de los caprichos de este enjundioso muchacho. Estoy seguro de que nadie de nosotros deseaba mal alguno al señor Balmand. A cambio de su impuntualidad —cuyas causas cada vez más fantásticas le daban variedad a nuestras vidas, hay que reconocerlo—, él solía allegarnos cuantiosos recursos de la barra de aristócratas en retiro, y se encargaba de que el servicio de los meseros estuviera siempre lleno de detalles exquisitos: flores, uniformes sorprendentes, susurros que al servir la sopa le añadían sabores insospechados. En suma: el señor Balmand era un hedonista, ciertamente, pero a fin de cuentas su arte nos beneficiaba a todos. Esto fue lo que esgrimió el señor Luna, Gran Abogado, cuando tocó el turno de hacer la defensa del señor Balmand, recibiendo el apoyo entusiasta de nuestro vicepresidente.

Sin embargo, el joven Raskolnikov insistió en su acusación: peor aún, dijo, si el señor Balmand se jactaba de ser un miembro benéfico de nuestra secta o comunidad, el hecho de que se tomara tan cínicamente la libertad de llegar tarde hacía pensar que consideraba a la asociación inferior a sus colaboraciones, y por lo tanto, se estaba burlando de nosotros. El señor Balmand se cree el dueño de esta cofradía, se siente un hombre mejor y más poderoso que nuestro queridísimo presidente, remató, dando un sonoro puñetazo en la mesa que a varios nos crispó los nervios y mirando con arrobo delirante al señor Walpurgis, que ciertamente, si algún defecto tenía, era el de la vanidad.

La calma clásica del señor Walpurgis se vio turbada por este último comentario. Un destello de ira brilló en su pupila violeta. Como ya había terminado la exposición de los motivos acusatorios, y la de los argumentos de la defensa, los concurrentes callamos a la espera de la usualmente sabia decisión de nuestro superior dirigente. El silencio fue tenso, y sólo lo rompieron los regurgitamientos, producto de la opípara comida, y el meneo nervioso de algunos traseros sobre algunas sillas. Finalmente, el señor Walpurgis anunció: Es una pena prescindir de usted, señor Balmand. Una verdadera lástima. Luego miró hacia el purgatorio, con gesto desolado. Todo ello constó en actas.

¡Había sido tan tolerante con otros miembros! Por ejemplo, el caso de aquel que llamábamos señor Gitano o Gaulois, por lo mucho que fumaba. Su condena se debió a su mal humor incesante, a sus protestas, quejas, farfulleros y eructos en todas nuestras comidas. Todo le parecía mal. Nunca se terminaba el postre. Decía en voz alta que pagaría por poder salirse de nuestra asociación, e incluso gritó en alguna ocasión que estaba harto de esta manada de monstruos. Bueno, en ese caso, y después de haber tolerado esa actitud durante varios años —pues era primo del señor Raskolnikov, hay que decirlo—, el castigo nos pareció apenas justo. Pero el señor Balmand era un pan de dios. En realidad, cualquiera de nosotros lo hubiera elegido como líder al culminar el mandato del señor Walpurgis. De todos se apoderó la melancolía, excepto del joven Raskolnikov, que nos miraba con una expresión de éxtasis victorioso iluminada en el rostro.

De repente, el señor Gargantúa —tan animoso de costumbre con los castigos, y que sin embargo no se había movido de su sitio esta vez, los brazos caídos, el gesto desolado— levantó la vista hacia el señor Walpurgis y habló. Fue conmovedora su valentía. A sabiendas de que apelar a una condena ya establecida era de lo más riesgoso, dijo:

—Como cocinero, si en algo aprecia esta cofradía mi opinión, me atrevo a pedir otra oportunidad para el señor Balmand.

Nos quedamos helados, esperando ver la espada de Damocles partir la mesa alrededor de la cual tantas cosas habíamos comido y decidido en los últimos años. Pero fue más sorprendente aún lo que siguió: el señor Walpurgis decidió concederle al señor Balmand aquella oportunidad, a condición de que él mismo, sin la ayuda del señor Gargantúa, preparara el banquete del jueves próximo. Si la comida sabía mal, que era lo más probable, el señor Balmand desaparecería de nuestra agrupación y, de paso, de la faz del universo.

Varios de nosotros palmeamos la espalda del señor Balmand al pasar hacia la puerta. Sabíamos que podía acompañar una comida de detalles exquisitos; en cuanto a prepararla con sus manos, dependía por completo desde pequeño de su cocinero egresado de la Escuela Real de Alta Cocina de Vladivostok. Era un artista de la vajilla y el servicio de mesa, por decirlo así, y un completo fracaso en el asado de liebres, perdices y corderos. Pedirle que cocinara era condenarlo ya de antemano. Así que atrás dejamos al señor Balmand, acompañado del compasivo señor Gargantúa, y del joven Raskolnikov, que seguía petrificado en su asiento, calibrando al parecer los alcances de aquella oportunidad que no había esperado. El resto de nosotros, conducidos por el paso firme y decidido del señor Walpurgis al portal, la calle y finalmente el mundo humano, nos separamos como de costumbre, cual perfectos extraños.

Aquella noche escuché gritos, y mi esposa Amélie soñó con un perro que le enseñaba los dientes. Mala señal.

Al jueves siguiente nadie se quería presentar a la comida. Según pude corroborar después, no fui el único que permaneció un buen rato, antes del desayuno, cavilando sobre la almohada dos o tres excusas plausibles para faltar, sin que la imaginación me traicionara. Sin embargo, todos terminamos acudiendo, un poco por compartir el pesar del señor Balmand, otro poco por curiosidad y también por miedo a acabar como él. Al llegar, nadie quería verse a los ojos y mucho menos hablar. Hicimos los gestos ceremoniales de costumbre; el señor Walpurgis pronunció el pequeño discurso sobre la grandeza oculta de todas las almas, y acto seguido, al tomar su asiento en la mesa y mirar a su alrededor, preguntó por el joven Raskolnikov. Nadie sabía de él. El señor Walpurgis ordenó: Esperaremos media hora. Según los estatutos, si un miembro de la congregación faltaba a la sesión, y no daba una explicación plausible, se le dejaba congelarse en el patio bajo la nieve, enteramente desnudo, durante una semana, al cabo de la cual tenía derecho a pedir perdón y sentarse a la mesa con el resto, si es que continuaba vivo. Fue media hora tensa, y poco pudimos decir en ella del perjuicio que representaba para nuestra comodidad la baja de las acciones de algodón en que casi todos habíamos invertido nuestros caudales. El joven Raskolnikov no apareció.

Como en todas las ocasiones, sonó una campanilla y alguien tañó un arpa detrás de las cortinas, tras de lo cual se presentó el señor Balmand con un turbante, a la cabeza de ocho meseros uniformados de azul. Con todo respeto, formados en una fila, manifestaron antes de la comida el disgusto y el temor que les provocaba el posible castigo del señor Balmand, que tanto bien había hecho por ellos, pidiendo al señor Walpurgis indulgencia frente a lo que iríamos a probar. Acto seguido, anunciaron que tomaríamos un entremés marino y un postre de la invención del señor Balmand, en homenaje a la proverbial bondad del señor Walpurgis. El señor Walpurgis sonrió satisfecho, y hasta con delectación. Todos nos relajamos un poco. Después de desfilar al compás de la marcha de honor que se entonaba siempre en estas ocasiones, y tras la recitación inusitada de algunos poemas, los meseros sirvieron el banquete.

Al principio tuvimos miedo y repugnancia de lo que se nos fuera a presentar en el plato, pero conforme fuimos probando los hors d'œuvres, el consomé, la sopa, los espárragos, los ánimos subieron, hasta llegar a una tremenda exaltación. Era una comida altamente digestiva, ligera, aderezada con mucha creatividad y delicadeza. Se puede decir que era el mejor banquete que nuestra cofradía hubiera probado en muchos años. Sabíamos además que alguien tan fino como el señor Balmand no hubiera hecho ninguna trampa. Eran sus manos educadas en Cambridge las que habían dispuesto los corazones de alcachofa, mezclado las salsas, limpiado de impurezas los hígados y corazones de ave. Eran sus manos blancas y regordetas las que se habían quemado en el fogón inmenso preparando el asado; un asado tan bueno, que hasta olvidamos la naturaleza del animal que comíamos: en realidad, podía ser un faisán, podía ser un lechón, podía ser una enorme perdiz, o una ternera joven. Sentíamos tal satisfacción al masticar y saborear el jugo de esta carne magnífica, salada y dulce a la vez, que olvidamos incluso la baja de las acciones del algodón, la huelga en nuestras fábricas textiles, y rememoramos tiempos felices, cuando le cumplimos al señor Spencer su enorme deseo de encontrarse totalmente solo en una habitación con seis sílfides narcotizadas, o el escándalo que provocó en las mentes estrechas de la ciudad el viaje en globo del señor Uriarte, completamente desnudo y con un enorme penacho en la cabeza. Cuando llegaron los postres, había lágrimas de felicidad, y el vino de las copas había entrado en nuestras cabezas. Qué postres: pasteles con crema, salchichas dulces, salsas de almendras y nueces, fruta... Incluso nuestro presidente, el señor Walpurgis, se animó a contar unos cuantos chistes. Despachamos la agenda de la semana con gran informalidad. Todos los asuntos pendientes fueron rápidamente aprobados. El señor Balmand asomó su cabeza enturbantada desde la puerta de la cocina, y lanzó una afectuosa mirada al señor Gargantúa, que no podía dejar de llorar de la alegría. Era la primera vez que alguno de nosotros se salvaba.

Aunque muchos habíamos olvidado de hecho la causa de semejante banquete, y parecíamos alegres camaradas de escuela, lo recordamos cuando al final el señor Walpurgis, al levantarse de su asiento y acomodarse la capa, exhaló un suspiro y exclamó:

—Sólo lamento la ausencia del joven Raskolnikov.

Los que estábamos hartos de tal joven nos limitamos a hacer un silencio hipócrita, pero el señor Gargantúa, cuyas pupilas irradiaban entusiasmo, no se pudo contener de hablar.

—Lo bueno —respondió nuestro Gran Maestre de Cocina— es que el joven Raskolnikov está en nuestros corazones tan dichosos el día de hoy.

Al escucharlo, los demás experimentamos un enorme júbilo y nos dimos unos codazos discretos, sí que era verdad. El señor Walpurgis acarició el brocado que tapizaba el comedor con una mirada soñadora y melancólica, apta para una mujer.

—Una pena —añadió—. En realidad, aunque sé que algunos de ustedes lo han considerado siempre caprichoso e impulsivo, se trata de un joven delicioso.

Delicioso, delicioso, repetimos todos muy felices, poniéndonos los abrigos y calándonos los sombreros, mientras nuestro querido presidente nos guiaba, con su infinita sabiduría, hacia el portal, donde nos despediríamos como siempre: como unos perfectos extraños.

 


 

Novia de azúcar

 

A Rosenda la atraje con unos cirios rodeados de grandes rosas que había colocado en el altar de muertos. Ese año se me ocurrió adornarlo sin incienso ni calaveras; más bien parecía, me dijeron los vecinos, un arreglo de boda, debido al pastel, a la botella de champaña en vez del clásico tequila o la cerveza. En medio acomodé el retrato de Rosenda, otro más que encontré en el baúl de mi abuela. Supuse que había sido pariente nuestra, y que por algo merecería regresar.

Me metí a la cama y fingí dormir durante varias horas. De repente, en la madrugada, escuché ruidos como de ratón. Junto al altar me encontré a Rosenda comiendo con glotonería el pastel de bodas. Su sayo blanco, algo raído ya, ceñido a la cintura y escotado de acuerdo con la moda que le tocó vivir, estaba manchado de crema y migajas. Nadie la había traído jamás, me dijo, desde su muerte; siglos creía llevar sumida en una oscuridad con olor a tierra. ¿Cuánto tiempo ha pasado?, me preguntó sorprendida. No demasiado, le respondí, sin aclararle cuánto. Era una mujer muy bella, de carne generosa, con una llama de temor en la pupila. Contra su pecho estrujaba unos crisantemos de tela. Le preocupaba que éste fuera el Juicio Final, que nadie la fuera a perdonar por sus muchos pecados. No te apures, susurré, quitándole el ramo, yo te perdono. La ceñí por la cintura y descorchamos la champaña. A cambio de que me escuchara y de poder tocarla, le ofrecí saciar la sed y el hambre de tantos años. Con eso basta, me dijo ahíta, cuando pasadas las horas empezó a clarear el día. Luego se dispuso a regresar a su tierra ignota, pero yo la encerré con llave en el armario, sin hacer caso de sus gritos ahogados y sus lamentos. Me convertiré en polvo, lo queramos o no, gritaba entre sollozos.

Dejé pasar el día completo, hasta que el armario quedó en silencio otra vez. Mientras, me ocupé de desmontar el altar con cierta ceremonia. Al ocaso, dispuesta ya la cena en la mesa y descorchado un tinto que recordaba a sangre, decidí sacar a mi muerta del armario, seguro de encontrarla dormida y hambrienta. Pero cuál no fue mi decepción: entre los chales de seda blanca de mi abuela yacía tirada, como empujada por el aire, una calavera de azúcar que llevaba el nombre de Rosenda en la frente de papel plateado, y que se me deshizo en polvo entre los dedos.

 


 

Segundo

 

Extraño a Segundo, me aburro tras el vidrio. Sé que no será fácil que me toque a mí: correoso, me han dicho, descarnado. Cada vez me tienen que arreglar más, me enseñan danzas complicadas. Incluso ahora canto una canción muy alegre, dicen, aunque no la entiendo; me obliga a forzar la voz y me sangra la garganta.

Segundo y yo no hablábamos mucho, casi no nos dejaban. Nos entendíamos con gestos. Segundo veía de reojo al hombre gordo y eso le bastaba para hacerme reír. ¡Cuánto tiempo estuvimos así, en medio de los otros, hablándonos con los ojos, con las manos! También recuerdo a la rubia; muy blanca, de gesto afable, conmovedor, las mejillas como dos manzanas. En seguida la escogían los de afuera, la pedían con hambre. Pero en cuanto la veían bailar encima de la mesa, descubrían las manchas. Tenía unas manchas muy feas detrás de la rodilla. El dueño les aseguraba que se podían quitar, era cosa de prepararla bien, pero todos desconfiaban, especialmente las mujeres, siempre temerosas de que los niños se intoxicaran. Yo también desconfiaría: ¿y si las manchas se extendieran a todo lo demás, si se contagiaran? Finalmente hubo uno que la quiso para él solo. El señor no lo podía creer. Ya casi la iba a vestir del todo, como a algunos de nosotros, tapados con pectoral y calzón de brillantes, muy adornados. Nos pinta el cuerpo, lo maquilla de rosado. A veces nos da frío y el dueño nos pone unas capas, pues la carne de gallina desalienta a los clientes, les hace pensar en pollos, en aves. Los clientes quieren la carne muy roja y casi cruda.

Segundo y yo intercambiábamos señas, codazos, cuando veíamos que escogían a uno: nos tomábamos de la punta de los dedos mientras lo hacían desfilar cantando. Después, cuando se había subido a la mesa y los comensales lo acariciaban, nos acariciábamos nosotros también: con el humo del incienso nadie nos veía, los ojos de todos fijos en el elegido, poseídos de hambre, deseo y locura. A veces, justo en ese momento, el elegido empezaba a temblar y el mismo dueño, ataviado con un turbante, le ofrecía en un cuenco una bebida, o algo de fumar, para que se tranquilizara. En ocasiones se desplomaban; eso no le gusta a nadie, ni al dueño, ni a los clientes. Pasó con aquel tan musculoso, negro y brillante, y ya no lo quisieron. El dueño tuvo que esperar a que otros lo escogieran. No fue difícil, estaba hecho para esto.

El dueño prefiere llevárselos en seguida a la cocina, apenas se quedan con los ojos entornados después del primer trago o la primera fumada de sus hierbas. A Segundo lo hacía reír esa parte. Como no veo bien de lejos, me contaba después lo que había pasado, ya en la noche. Y cuando nos dejaban dormir y estaba todo oscuro me lamía, aprovechando que no nos veían ni los otros, ni el dueño. Y yo lo montaba después. El dueño es muy quisquilloso, todas las noches se da una vuelta por la enorme habitación donde descansamos; nos vigila, nos exige dormir, no le gusta que pasemos la noche en vela, tocándonos o mirando a los peces que nos miran desde su pecera, porque si no, dice, nos ponemos muy pálidos.

Antes de sentarse a esperar, los clientes nos estudian bien: desfilan junto a la vitrina con ojos golosos. Sus mujeres, sus niños, nos señalan. Si los niños escogen a uno muy grande, los padres les recuerdan que no lo podrán acabar. El ambiente es engañoso; el dueño arregló muy bonitas las luces de colores que nos bañan de reflejos tras el cristal. Tenemos que sonreír, enseñar los dientes —todos traemos joyas incrustadas: mis tres dientes son de jade y plata—. En cuanto nos capturan, lo primero que nos enseñan es a hacer poses para atraer. Nos pellizcamos un poco para vernos rebosantes. Al final escoge el hombre, me han dicho. Es un lugar familiar, pero en las noches vienen hombres solos o parejas. Es cuando los dejan acariciarnos antes. Con las luces no distinguimos bien la parte de afuera. Me gustaría ver las caras de los clientes, pero soy muy miope.

Antes no me interesaba tanto, porque estaba con él. Mientras bailábamos en la vitrina, Segundo me hacía cosquillas sin que nadie lo notara. Yo debía disimular, seguir bailando. Era su manera de estar siempre conmigo. En la noche quedábamos trabados como dos siameses. Le puse Segundo porque un día escuché que era el segundo; lo habían encontrado en un baldío. Cuando me atraparon, llevaba mucho tiempo perdido en las ruinas y no sé si tuve un nombre alguna vez.

No entendimos bien cuando lo escogieron, los dos correosos, pasados ya; en el fondo, confiábamos en que quizá nunca lo harían y terminaríamos ayudando al dueño, como hemos visto que hacen dos ancianos con piedras incrustadas en las rodillas y se ven al borde de la muerte: cortan, tasajean, preparan sin deseo, ni apetito. Pero escogieron a Segundo. Una pareja se lo quedó mirando con fascinación. Quizá vieron lo que yo veía en él: sus pómulos alegres, los ojos que sonreían un poco enrojecidos, de animal salvaje. Al principio no entendimos, hasta que los demás nos avisaron mientras bailábamos. Por un instante pensamos que las sonrisas de aquella gente eran para mí, pero después el señor llamó a Segundo, le hizo la seña que conocemos. Y lo vi bajar de la vitrina todavía alegre, sin dejar de mirarme. Se alejaba hacia aquella mesa y aunque me esforcé mucho no pude distinguir cómo se movía, qué impresión les causaba. No sé qué me hizo suponer que más tarde él me lo contaría todo.

Después me dijeron los otros que le temblaron las piernas y volteó hacia la vitrina, llorando. El dueño le dio de fumar y se desplomó, pero aun así lo quisieron. Se acabaron casi todo esa misma noche, eran muchos y voraces, celebraban un cumpleaños. En realidad, no me di cuenta de muchas cosas, pero cuando lo supe, no lloré. Me deslicé con mucho sigilo a la cocina en la noche, agarrándome de las paredes húmedas, resbalosas, para no caer. Desnudo, para no estropear mis ropajes. Y en la mesa del viejo cocinero vi, tendido, lo que habían dejado de Segundo. Era como si yo estuviera ahí también. Lamí sus huesos, como seguramente él hubiera hecho conmigo, y regresé a mi lugar. Así me despedí.

Extraño a Segundo. Me aburro tras el vidrio. Cada vez me parece más difícil que me toque a mí, correoso me han dicho, flaco, manchado, cada vez me tienen que arreglar más. Ya casi no como, me muevo poco y triste, el dueño dice que terminaré limpiando, porque nada me sirve ya, ni siquiera los ojos. Y yo que lo quería ayudar, como esos dos ancianos que no se mueren nunca.

 


 

Los restos del banquete

 

Aída Betanzos, la mujer del 8, da clases de matemáticas en una universidad. Vive sola, tiene pocas ocupaciones, familia escasa, una relación furtiva y ocasional con otro maestro de la universidad, casado. Su vida no es mala: cumple con su trabajo, va al cine, toca el piano, es una gourmette. Estudia con mucho cuidado guías de restaurantes, a los que acude a probar nuevos platillos, eso sí, sin excederse jamás para conservar la figura. Ha probado toda clase de comida: china, japonesa, española, danesa, alemana, polaca, argentina e incluso birmana. Últimamente anda un poco ansiosa. Siente que la vida se le va. Su relación furtiva con el profesor Aldo Podalski, a la que ha dedicado una cantidad inusitada de paciencia, es en realidad poco satisfactoria: el profesor Podalski anda siempre escapando, siempre con el tiempo encima, con miedo de que lo descubran. Ella misma ha espaciado esas relaciones, que empiezan a estorbarle. Antes podía decir, de manera elegante, que le divertían las situaciones equívocas; incluso se burlaba de las películas con romances supuestamente intensos, que no hubieran sobrevivido a una guerra o un cataclismo —los únicos profundos, a su entender—, pero a últimas fechas suspira cuando se topa con una de esas historias en las que un par de seres que en apariencia se odian acaban descubriéndose unidos por una atracción irresistible. Mientras juguetea en el piano, ha repasado, como quien no quiere la cosa, la lista de hombres a los que detesta o desprecia, pero ninguno parece augurar una pasión oculta, todo lo contrario. Especialmente odia a su colega Heberto Franco, el clásico profesor cincuentón devora-jovencitas, atractivo y encantador. No soporta su arrogancia, su talante de sabelotodo, las entradas canosas que le dan un aire a Mastroianni en sus años maduros, su aparente debonnaire, esa fama de semental que lo liga con media facultad. Sobre todo, se pregunta cómo, con el sueldo miserable que les pagan, invita a tantas alumnas a los restaurantes más caros y los hoteles más lujosos —se rumora en los pasillos que a alguna de ellas le puso un departamento en Polanco—, amén de mantener a los dos hijos de su primer matrimonio, un par de juniors detestables. A ella, jura, nunca le gustó. Desde que lo vio acercarse por las oficinas de la dirección, casi deslizándose con aires de príncipe en medio de un séquito de huríes en pantalones de mezclilla, le pareció odioso: el dizque gran científico, un Einstein de provincia, un reyezuelo tuerto en el país de ciegos.

Hoy, después de cuatro semanas de malos entendidos, va a salir con Aldo Podalski. La semana pasada estuvo a punto de hacerle una escena cuando canceló, media hora antes, la cita que habían acordado para ir a ver una película china, pero se esforzó por no mostrar ansiedad ni enojo, sino simpatía y dulzura —sus armas secretas para contrarrestar la tenaz resistencia de la señora Podalski—. Logró contenerse, aunque se quedó preocupada: serán las hormonas las que me tienen así, pensó. Ahora quedaron de verse en un restaurante tailandés, a reserva de que Aída descubra alguna maravilla gastronómica y le avise a última hora. Está perdida en su lista habitual de restaurantes, escuchando música, cuando recibe una llamada de teléfono: es Heberto Franco, la invita a cenar. Eso no lo esperaba. Desde antes de Semana Santa que no lo ve contoneándose por los pasillos de la Facultad, rodeado de sus admiradoras. Se queda muda preguntándose qué querrá. ¿Has oído hablar del Bistrot Parisien?, le pregunta Franco, como si le hubiera dicho que sí. Aída siente vagos temores. ¿Cuándo?, le pregunta. ¿Puede ser hoy? Hoy no, piensa, hoy iré a cenar con Aldo. Por otra parte, no soporta la curiosidad de saber qué quiere Franco y no se anima a preguntárselo. Sí, responde. Puede ser hoy. Tendrá que llamar al profesor Podalski, pero trae apagado el celular y hablar a su casa es imposible, con esa esposa que ya se huele todo el affaire. A las diez y media, le propone a Franco. Éste acepta, un poco desconcertado. Seguramente sus relaciones habituales con las jóvenes lo tienen acostumbrado a decidir horas, lugares, bebidas y posturas, pero con ella tendrá que aguantarse.

La verdad es que está furiosa consigo misma. No puede creer que la curiosidad le haya jugado semejante trastada. Había planeado ir a la peluquería. Decide teñirse el pelo de un color rojizo y hacerse un corte más juvenil: quizá el cambio de pelo haga que su vida se anime un poco. Ya para salir, se pone el vestido negro de coctel y siente que le aprieta. Y eso que casi no come. Lo cambia por otro vestido color vino, más suelto; el talle alto le da un ligero aire de matrona, lo último que quisiera parecer a su edad. De todas maneras, no va a tener mucho tiempo. Sale corriendo del edificio. El portero está encendiendo apenas las luces de los pasillos. Ella le dice "buenas noches"; Aristarco le abre la puerta, pero no responde, como si no la reconociera. Aída se pregunta si no se habrá pasado con el color de pelo. Sortea un tráfico endiablado. En el restaurante la espera ya el profesor Podalski, con el mismo aire misterioso de siempre. Tendrá cuarenta y pico de años apenas, como Aída, aunque suele verse mayor, quizá debido a su estatura. Mira hacia la puerta un poco nervioso, tomándose una cerveza. Son las nueve de la noche. Aída planea irse a las diez a encontrarse con Heberto Franco. No le gusta la idea. Hace tiempo que no se ha reunido con Aldo a solas: apenas se ha alimentado la relación de saludos disimulados y roces en los pasillos. Podalski se ha instalado, como siempre, en una mesa apartada, temeroso de que lo vea algún conocido: es la sombra de Elena, piensa Aída, que parece seguirlo a donde vaya. La saluda y le dice que el pelo así le queda muy bien. Se le ve cierta disposición romántica. Trae un suéter delgado de cuello redondo, azul, sin camisa y un saco. Un poco informal, pero deja ver su cuello tostado, correoso, que a Aída le gusta. Le entran ganas de mordérselo; le da rabia no haber sido capaz de decirle a Franco que no, dejarlo para otro día. ¿Por qué no lo hizo, si tan mal le cae?, no lo entiende. Pide un vodka tonic y el menú. Le avisa a su amante que, desgraciadamente, tiene un poco de prisa. Aldo la mira sorprendido y triste. Quería estar más tiempo contigo. Después le toma las manos y le anuncia, con cierta pomposidad, que quiere salir de viaje con ella, escaparse de su esposa, poder abrazarla en una playa y en todas partes, sin miedo y sin escondites. Aída se queda paralizada. Debería sentir júbilo, satisfacción, y sin embargo está muy preocupada por espiar su reloj, decidiendo si deja o no plantado a Heberto Franco. Se queda en silencio, tomando apresuradamente su vodka tonic. Estás muy rara, le dice el profesor, ¿te pasa algo?, ¿no te alegra? Ella se pone a hablarle de restaurantes internacionales, en lo que les sirven la sopa. Le pregunta si le gustaría ir a bailar a un lugar magnífico de rumba. Para celebrar, añade, y un poco de ironía se cuela sin querer en su modo de decir la frase. Él le responde que sí y se pone a comer su sopa desconcertado. El mesero trae los platillos principales y les ofrece vino; eligen un vino italiano. Aída come con prisa y deja la mitad de su pollo en salsa de coco, pues pronto darán las diez. El Bistrot Parisien está del otro lado de la ciudad. Puede llegar tarde para humillar a Franco. Su mente traza rutas y líneas diagonales que cruzan el Psans-seriférico, Insurgentes y Reforma huyendo del tráfico. ¿Qué pretenderá, se pregunta, si en muchos años su relación nunca ha pasado del saludo o de las juntas de trabajo en las que parece empeñado en ignorarla? No debió haber aceptado, pero se conoce bien y sabe que no hubiera podido dormir en toda la semana. Tiene tendencia a padecer insomnio, en su caso puede durar varios días, así que más vale saber de una vez. De repente se da cuenta de que Aldo la mira irritado. Parece que se fue a otra parte y no lo percibió. Cena, cena, por favor, le dice al despertar de sus fantasías, pero el profesor ya acabó. Ella imagina este gesto de irritación, una vida cotidiana con las manías de Aldo, su tendencia a posponer las cosas, su infinita dependencia, dramas y manipulaciones. Siente un poco de pereza. El cuello pierde el atractivo, se le quita por completo la ilusión. Le pregunta si quiere postre, como si fuera un niño. Él dice que no gracias, molesto por su falta de entusiasmo frente al anuncio del viaje. Ella pone su mano encima de la de él. Por favor discúlpame, hay un asunto que me preocupa, pero tenemos que vernos muy pronto, le dice, ¿el sábado? Él no contesta y se queda mirando su taza de café con profundidad. No sé si pueda, yo te hablo, responde al fin. En realidad, es lo que siempre dice.

Aída cruza la ciudad para llegar al Bistrot Parisien. Cuando era joven, recuerda, algún hombre la llevó a ese restaurante; estaba de moda y servía para impresionar a las universitarias pobres. Le molesta que Heberto Franco la haya convidado al mismo lugar al que, seguramente, lleva a sus alumnas. ¿Pues qué se ha creído? Debería tenerle más respeto. Para colmo, acaba de cenar. Pasa lista a los platillos franceses que recuerda: todos pesados, desde la sopa de cebolla hasta el último volován. Quizá una ensalada. Tomará vino, eso hará. Le dirá que no tiene hambre. Así lo pondrá un poco en su lugar: que se dé cuenta de que en su estómago no hay espacio para él. Le da gusto cuando se encuentra con un embotellamiento: que la espere. Enciende la radio. En el fondo de su alma aparece una pequeña chispa, aunque no quiere aceptarlo, una cosquilla porque la llamó Heberto Franco, quien después de todo es una persona importante, y ella lo hará esperar. No demasiado, eso sí, no se vaya a ir.

Cuando por fin llega al Bistrot Parisien, situado en una encantadora calle pequeña y arbolada en la que es muy difícil estacionarse, Heberto Franco no está ahí todavía. Su primer impulso es largarse, pero decide esperar un poco. Se tomará una copa y se irá. Algo digestivo, de preferencia agua mineral. Se sienta en una mesa al fondo. Pide una copa de vino blanco. Se encuentra ya levemente mareada por lo que bebió en el tailandés. Por lo visto, el encanto y las atenciones que Heberto Franco cultiva con las jovencitas no son algo que a ella le pueda corresponder. Piensa que, en el fondo, Franco le tiene miedo. Seguramente la invitó porque necesita pedirle algo. Eso le da una sensación de poder. O quizá sólo le iba a pedir algo, pero como ya no la necesita, se da el lujo de plantarla. Ya verá ella cómo vengarse. Al terminar la copa, se dispone a salir. Si Franco le habla para ofrecer una disculpa, le dirá que ella tampoco pudo llegar, que no llegó nunca y se deshará en excusas hipócritas, de esas que hieren. Cuando se dispone a tomar el bolso, ve acercarse a ella una figura que cojea. Es Heberto Franco, quien hace un mes se veía saludable a unos grados insultantes, y ahora es poco más que una piltrafa.

El taxi me dejó un poco lejos y camino muy despacio, perdón, le dice con franqueza. Ella se deja caer de nuevo en la silla. Nunca lo había visto así, está muy desmejorado: pálido, ojeroso, delgado, las mejillas pegadas a la mandíbula partida. Le han salido unos cabellos amarillentos en el cogote que arruinan el efecto de sus atractivas canas en las sienes. Y esa manera de caminar como jorobado. Junto a esto, Aldo Podalski es un Adonis. Ya llego, ya llego, avisa patéticamente, y Aída no puede contenerse de ir a tomarle el brazo para ayudarle a sentarse. Le pregunta si quiere ordenar de una vez una copa o un poco de agua. Un té quizá te siente bien Heberto, añade, reprochándose en seguida ese tono maternal. Él pide un Sidral y resopla un poco, mientras se recupera en la silla. Menea la cabeza. Un virus espantoso, qué te digo, un problema hepático. Me mandó al hospital. No sabía, le dice Aída, sintiéndose culpable de ser, quizá, la única en la Facultad que no se había preocupado por su salud. Es una enfermedad muy mala, apenas la están estudiando, sigue él. Te deja como fulminado. Y que lo diga: parece diez años más viejo.

El mesero les pregunta qué van a ordenar. Heberto Franco pide un caldo de pollo; Aída olvida la gordura y el vestido, más lo que ha cenado y bebido, y encarga un filete casi crudo. Cuando se pone nerviosa, le da por comer carne. No hay cosa peor que ver al enemigo vencido prematuramente, y no por obra de uno. También, en algún rincón de su alma, anida un poco de lástima, que le molesta. Ella no es mujer de lástimas. Sin embargo se aferra a ese sentimiento para exclamar: qué barbaridad, con gesto compungido. Es algo terrible, añade, no me lo imaginaba. Heberto Franco comienza a darle detalles de la enfermedad, un poco escabrosos: habla de vómitos y diarreas, debilidades infinitas y pérdida del apetito sexual. Aída se pregunta, cuando le traen su carne, si realmente le deseaba esas cosas horribles a este hombre. No puede olvidar, por otra parte, el gesto de irritación de Podalski cuando ella no respondió de inmediato a su gran anuncio del viaje, ¿pues qué esperaba, después de tanto tiempo, una escena hollywoodense en el restaurante? Mientras devora el filete, continúa hablando: no te hubieras molestado en venir, me hubieras dicho, yo iba a verte con mucho gusto, si necesitabas algo te lo llevaba. Heberto Franco suspira sobre su caldo de pollo, que parece durarle eternidades: las primeras semanas recibí muchas visitas, pero la gente dejó de ir a verme. Sé que no soy bien apreciado entre los profesores. Aída tiembla un poco, pero lo disimula. Eso no es posible, toda la Facultad te admira; además, tus alumnas te adoran. Franco acusa la pulla con gesto de paciencia infinita. La cosa no es así, afirma, pero bueno, ese no es el caso. Tú sí eres una gente seria, Aída. Y se la queda mirando a los ojos. Lo único que conserva fuerza en aquel cuerpo es la mirada. Aída se sorprende. Él comienza a rendirle un inusitado testimonio de su admiración, habla de sus alumnos tan brillantes y bien preparados, rememora con detalle los tres artículos que Aída —sin que nadie la ayude, por cierto— ha publicado en revistas académicas. Tú deberías estar en Harvard, añade, no aquí. Además, ese color de pelo te queda muy bien. El rostro de Aída se ilumina. La pequeña lástima que siente por este hombre comienza a dirigirse hacia la simpatía, pero se detiene: hay que ser prudentes. Tanto comer y beber la ha mareado. Le avisa a Heberto que tiene que ir al tocador, se encierra, orina, se lava; al mirarse al espejo se descubre un poco ojerosa. Hace lo que puede por recomponerse con el poco maquillaje que trae y arregla su vestido. Pero le brillan los ojos: después de todo, hoy es una gran noche. Un hombre ha decidido escapar de su esposa por ella, otro le da un regalo a su vanidad, un regalo que no esperaba.

¿Y cuándo regresarás a la Facultad? le pregunta nada más al sentarse a la mesa de nuevo. Heberto Franco se encuentra absorto, su torso encorvado sobre el caldo, como si quisiera leer en él una revelación. Tan flaco está que la camisa le queda enorme; el cuello arrugado sale de la corbata como el de un pájaro. La manzana de Adán sube y baja con agitación. No sé, responde, quizá un par de semanas para dejar todo arreglado, o más. La verdad no sé cuánto tarde esto, añade con una sonrisa patética, eso si me recupero. Aída no quisiera, pero de sus labios sale la frase esperada: claro que te vas a recuperar, Heberto, no digas eso. Y también le toma la mano. La verdad, no sé qué va a pasar conmigo, murmura Franco sin dejar de mirar el consomé en el que flota, cadavérica, una rebanadita de zanahoria: me he quedado solo. A la memoria de Aída acude el nombre de la última conquista de Heberto Franco, una alumna suya a la que llevaba de la cintura, casi del trasero, a todas partes: ¿Y qué pasó con Linda?, ¿tus hijos, te ayudan?, pregunta como al azar. Heberto Franco le responde con una sonrisa amarga, mezcla de dolor y de fastidio: los jóvenes no te tienen paciencia cuando estás jodido. Por fin te has dado cuenta, dice una voz adentro de la matemática, y ahora vienes a mí llorando. No sabe qué le pasa, pero de alguna manera está contenta de que Franco acuda a ella: es un asunto de profundidad, de saber con quién se puede contar verdaderamente. Se relaja y pide un capuchino espumoso y cargado. El trago caliente le cae de maravilla. Franco pide al mesero que se lleve su consomé y le traiga un té de manzanilla. No sabe en qué momento, con gesto pausado, Franco ha tomado su servilleta, pero antes de limpiarse con ella se cae de las manos; qué débil está. Ella la recoge y al dársela, se rozan sus manos. Quizá a veces la vida trae alguna sorpresa. ¿Quieres pedir un postre?, le pregunta Franco, ¿una mousse?, aquí son muy buenas. Tráigale a la señorita la mousse de chocolate. Lo de señorita no pasa desapercibido. Ese vestido te queda muy bonito, dice él, y el color de pelo te ilumina la cara. Después la mira a los ojos: la verdad, siempre me gustaste. Te lo quería decir, porque no sé cuánto duraré. La verdad es que a Aída también, para qué ocultárselo; fue la primera en caer bajo el encantamiento de sus aires de cincuentón interesante. En las primeras épocas leyó de sus descubrimientos con avidez y hubiera dado cualquier cosa porque se fijara en ella, hasta que lo vio con una alumna, luego otra y otra. Tanto odio, siente, finalmente no encubría sino una gran atracción, como en las películas. Escuchan embebidos, en silencio, al pianista del restaurante, quien ahora toca "La vida en rosa". Después de todo, piensa, Heberto —ya lo llama Heberto— no se ve tan mal. Recuerda sus artículos, sus entrevistas —el matemático de los medios, le llamaban—, y acepta que es un hombre admirable, inteligente y encantador. Debajo de aquel ser amarillento que la mira como soñando atisba la guapura del Heberto de siempre y ella se pregunta si no estará soñando también. Le habla de una novela que leyó, luego le acaricia la mano como si la escena de amor ya hubiera ocurrido y fueran ahora un viejo matrimonio que disfruta de una noche en calma.

Al parecer la mousse le ha caído un poco pesada, no debió comérsela. Todo ese hormigueo, el pensar que la noche continuará quizá en otra parte más íntima, termina en una intensa punzada en el estómago. Siempre ha sabido que no es bueno cenar tanto si no se está acostumbrada, pero lo había olvidado; se dejó llevar por la situación, no sabe qué le pasó. Le pide a Heberto que la disculpe un momento y otra vez va al baño, ahora a luchar contra un verdadero desastre estomacal. Se ha puesto pálida, sudorosa, tiembla sentada en la taza y no puede levantarse de ahí. Al cabo de un rato, una empleada le pregunta si se siente bien, si puede ayudarla en algo. Un Alka-Seltzer, murmura ella, mareada. Después logra salir, echarse agua en la cara, esperar a la señorita con el Alka-Seltzer, que tarda años, mientras todo parece darle vueltas. Finalmente se lo toma, se deja caer en un taburete, esperando a sentirse mejor. La empleada es muy amable al principio, pero después comienza a impacientarse. ¿Quiere que venga el señor que está con usted?, ¿quiere que le llamemos un taxi? Aída se da cuenta de que no podrá permanecer mucho tiempo más en el baño. Se vuelve a echar agua, se estropea el maquillaje; para colmo, con la prisa del malestar se olvidó el bolso. Tendrá que limpiarse como pueda, pero el resultado no es muy alentador. Tampoco se siente bien todavía.

Cruza el restaurante sintiéndose observada: seguramente algunas señoras entraron al baño y escucharon su debacle, qué vergüenza.

Cuando llega a la mesa, Heberto está serio, malhumorado, la mira con un poco de decepción. Tuve que pagar la cuenta, le dice en un tono agrio. Aída toma su bolso y busca maquinalmente la cartera. Disculpa, algo no me cayó bien, ¿cuánto fue? No importa, responde él, lo que pasa es que con los tratamientos tan caros ando un poco mal, financieramente. Una Aída a la que apenas empieza a conocer comienza a sentir los efectos benéficos del Alka-Seltzer y le pregunta a Heberto si necesita dinero: déjalo, déjalo, quizá después, responde él, poniéndole el abrigo sobre los hombros, ¿ya estás mejor?, ¿qué te pasó? Mientras sale del brazo con aquel hombre, y lo sube a su coche para llevarlo al departamento, Aída se da cuenta de que aquello va para largo: habrá que cuidarlo, y es probable que no vuelva a ser el mismo. Un resto, quizá, sombra de lo que fue. Un poco como ella.

 


 

Rosas negras

(Tres fragmentos digestivos)


Nunca supo cómo llegó ahí. El día en que murió, Bernabé Góngora comía un ossobuco en el restaurante La Flor de Hamburgo, en compañía de su esposa y otros comensales, mientras hacía bromas y escuchaba los valses que interpretaban tres músicos en una esquina del local. A punto estaba Góngora de pedir a uno de sus acompañantes, el doctor Murillo, que dijera un brindis, cuando sintió un dolor intempestivo en la nuca, agudo y frío como un punzón largo, y algo estalló adentro y afuera de él, sin darle tiempo de preocuparse o de sufrir. De repente se sintió enorme, volando en pedazos: cada pedazo suyo era él al mismo tiempo, y ocupaba distintos lugares y podía ver todo el restaurante, por arriba, por abajo, desde diferentes ángulos. Después se comprimió y comenzó a ascender a gran velocidad. Lo que seguía siendo Bernabé, a pesar de esta transformación, gritaba despavorido al acercarse cada vez más al gran candil que iluminaba el lugar, temiendo que la materia que ahora lo conformaba se estrellara contra el techo altísimo, o quizá lo llevara más arriba, al mismo cielo, de una manera vertiginosa. Pero Bernabé no viajó al cielo ni a ningún lugar, sino que blandamente se detuvo entre las velas de cristal con forma de merengue de la gran araña que iluminaba el restaurante y su pedrería que reflejaba la luz, como si la energía eléctrica lo hubiera atraído o se hubiese fundido con él. Bernabé gritó y sintió que salía de él algo similar a una voz.

Nadie lo escuchó. Debajo de él, la música se había interrumpido. Los meseros acudían con distintos brebajes a reanimar su cuerpo derrumbado sobre la mesa del restaurante, el cual, con el traje negro y volteado ahora boca arriba por varios brazos diligentes, parecía el de un enorme escarabajo que lo miraba con los ojos fijos. Sibila, su mujer, le había ya aflojado el corbatón y le daba unas palmadas en las mejillas que al Bernabé de la lámpara le parecieron, quizá, poco cariñosas. A su lado, sus amigos los doctores Bonifacio y Murillo extraían los instrumentos de sus respectivos maletines. Cuando lo auscultaron, la clientela del restaurante, de pie, guardó un silencio entre atemorizado y respetuoso. Sólo una señora no pudo resistir y tuvo que correr al tocador a vomitar. También Bernabé contuvo su raro aliento; primero quiso que rezaran por él, pero al ver al doctor Bonifacio extraer la jeringa del maletín, cuyo cartucho de goma colmó con el líquido verdoso de una botellita, se llenó de esperanza de que el piquete lograra el efecto de pegar su ser a aquel cuerpo que no terminaba de reconocer como el suyo, tan desguanzado, tan grande le parecía en comparación a la idea que el espejo le solía dar de sí mismo cuando se vestía en las mañanas. Casi estuvo seguro de que despertaría de nuevo con ellos para poder contarles esta experiencia metafísica, pero nada logró la ciencia; Góngora permaneció en el candelabro y el escarabajo negro siguió yerto encima de la mesa, entre los platos comidos a medias, las copas volcadas, la salsa bernesa de los filetes y una carlota de rompope que acababa de llegar, hasta que el doctor Murillo lo cubrió con un mantel de cuadros rojos que le había facilitado el capitán de meseros. Al cabo de un rato, unos mozos depositaron en una camilla el corpachón preparado como para un almuerzo campestre y ante la presencia del desolado espíritu de Bernabé Góngora, los médicos se lo llevaron para siempre. También se llevaron a su esposa Sibila como a un perrito abandonado. De haber sabido que el verdadero Bernabé, o lo que él consideraba quizá su persona, se encontraba encima de sus cabezas, Sibila no se hubiera ido. O quizá sí, dudó Bernabé. Hasta un trozo de espíritu era capaz de guardar toda clase de resentimientos, odios y rencores, y el de Bernabé Góngora, por más que entendiera que él hubiera caído en el mismo error de confundir el cuerpo con el ser, en ese momento no pudo evitar detestar a todo el género humano, incluyendo a su esposa, sus amigos, los meseros y los músicos.

Así siguió el fabricante de salas, comedores y recámaras de la pequeña ciudad de San Cipriano preso en la lámpara, convertido en una especie de gas desolado. A ratos lo acometía la angustia, pero entonces era como si todo él fuera un pedazo de ansiedad fría, que no tenía poder para mover, ni para hacer que se expresara de ninguna manera, ya fuera melancólica o violenta. Al cabo de un rato, pasada la conmoción por su fallecimiento, los músicos guardaron sus instrumentos y la misma clientela a la que él había creído gritar "¡aquí, aquí, estoy aquí!" pagó sus cuentas sin oírlo jamás y salió consternada del restaurante. Los meseros, entre comentarios y elucubraciones sobre lo sucedido, terminaron de recoger los platos, las copas, las salseras a medias, las migajas y los palillos de dientes, amén de limpiar no sin asco un poco de sangre que se derramó por el golpe en la cabeza que se había dado el occiso al caer. Luego apilaron las mesas y las sillas en un rincón, y poco después se hizo de noche. Entonces Ambrosio Pardo, uno de los meseros de La Flor de Hamburgo, se dispuso a apagar las luces. Bernabé Góngora, que ya había intentado de mil maneras ser escuchado a pesar de la materia que lo constituía, tan evasiva, entramada en el molesto resplandor del gran candelabro, deseó sinceramente un poco de oscuridad. Pero ni siquiera tuvo tiempo de agradecerlo: el joven oprimió simplemente el botón y, como si fuera una de las velitas de cristal con apariencia de merengue, lo apagó también a él.


***


En las mañanas, La Flor de Hamburgo, uno de los restaurantes más frecuentados por las clases visibles de la pequeña ciudad de San Cipriano, permanecía en una cómoda penumbra, humedecida por los cubetazos de agua sobre el mármol, los enormes costales de verdura fresca que llegaban del mercado central y los gritos de los garroteros y los cargadores de la cocina a la calle, de la calle a la cocina.

Era raro que se encendiera el lamparón desde temprano, pues era una de las atracciones principales de aquel restaurante, en una ciudad carente aún en gran parte de luz eléctrica. Esto se hacía, más bien, ya cerca de las once de la mañana, cuando los guisos estaban listos, las verduras cortadas, cuando se habían ya preparado las botellas de clarete y vino añejo; entonces los meseros vestían el traje y el largo delantal, y luego de almorzar rápidamente para soportar el trajín del día, ponían las mesas con los blancos manteles largos, copas, platos y cubiertos, los floreros al centro.

En consideración a la tragedia ocurrida en sus salones, el local permaneció cerrado unos pocos días. Pasado aquel lapso de luto, volvió a abrir sus puertas señalado por un gran moño negro a la entrada. Ambrosio Pardo se presentó aquel día un poco tarde a sus labores, pues había vuelto a reñir con la pareja del cuarto vecino, quienes le arrebataban el sueño. Tras ser reprendido por el dueño del restaurante, el señor Sánchez Dupuis, y advertido con respecto a guardar la mayor discreción posible sobre lo ocurrido con Bernabé, ya que alimentar el morbo solía arruinar el apetito, almorzó en la cocina unos huevos poché y comenzó a tender los manteles en las mesas. Al encender Ambrosio la lámpara del salón comedor, el alma de Bernabé salió de un extraño letargo. De momento pensó que estaba despertando como siempre en su cama, convencido de que había tenido una rara pesadilla, pero el resplandor que lo invadió le recordó lo ocurrido hacía días: se dio cuenta de que seguía en el restaurante, ajeno a su cuerpo, y una angustia quemante se posesionó de él. Gritó o imaginó que gritaba, o pensó en gritar, más bien, porque si bien su voluntad seguía ahí, firme como su ira o su miedo, no había materia que respondiera a ella, no había brazo ejecutor. Tuvo que aceptar cabalmente que algo muy serio le estaba pasando; quizá, pensó, estoy en la cama de algún hospital, y en realidad todo esto lo imagino. Es también probable que me haya vuelto loco y me encuentre en el manicomio de Felipe Bonifacio, entre las histéricas y las que se rascan. Y por un momento hasta le hizo gracia la idea. Pero todo era demasiado sospechoso: los locos no solían ser tan razonables en sus creencias como él. Quizá sí, tal como lo había visto cuando ocurrió, estaba muerto. O su cuerpo estaba muerto, pero él no, como si hubiese sucedido una especie de error de escritorio, algo que no había funcionado como debía ser. Igual agradeció el seguir estando de algún modo en la Tierra, aunque fuera en esa especie de sueño, por más que el ser le pesara más que nunca, como si antes, cuando aún poseía un cuerpo, le hubiese sido más fácil olvidarse de sí mismo. Ahora era sí mismo todo el tiempo y le pesaba. Cuando tenía cuerpo le daba una infinita pereza moverse, caminar, y desde su despacho en la fábrica se las ingeniaba para poner a los carpinteros a serruchar, clavar y barnizar con simples indicaciones, dibujos y alguna amenaza, todo lo cual interpretaba a su modo el maestro Garduño, capataz del lugar. Cómo envidiaba ahora a aquellos meseros que corrían solícitos de una mesa a otra, que volaban con bandejas enormes en un solo brazo, cargadas de copas, de cosas delicadas. Él, que ahora era tan sólo un poco de aire, un vapor, quizá un alma, la cosa más delicada que podía concebir, ansiaba poder romperse como una de aquellas vinagreras de cristal.

A lo largo del día le dio por observar a los comensales que fueron llegando, poco a poco, a partir de la una. Los primeros eran jóvenes adinerados que tan sólo iban a tomar el aperitivo, un par de diputados, alguna familia de costumbres capitalinas, las hermanas Cueto o las Rodríguez que pasaban a comerse una tarta de crema al estilo de París. Luego llegaron grupos más variados a tomar la comida. Y cómo sufrió Bernabé al ver las charolas danzando y girando debajo de él, cargadas de platos cuyos aromáticos vapores se entremezclaban con su propia materia a un grado insoportable, al escuchar las masticaciones, las exclamaciones de satisfacción de aquella clientela rápida y hambrienta. Hubiera vendido el alma al diablo por recibir en aquel momento una boca, un estómago en qué depositar aquellas delicias. Además, le indignaban los comentarios morbosos sobre su aparatoso deceso en medio del restaurante, las críticas a su proverbial gula, la cual, según muchos, lo había llevado a la tumba.


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Hacía tiempo que en La Flor de Hamburgo habían dejado de consumirse los guisos monolíticos que su antiguo dueño, un cocinero prusiano llegado a México con la armada austriaca de tiempos de Maximiliano, le había dejado como sello distintivo. El nuevo propietario, el señor Sánchez Dupuis, seguía en todo las modas de Francia, más acordes con los tiempos, a inspiración de las cuales las charolas de los meseros de La Flor de Hamburgo rebosaban de cremas, espumas y postres teatrales. Bernabé presenciaba intrigado la preparación de un postre que ejecutaban tres meseros frente al rotundo señor Ordorica, dueño de la gran abarrotería que llevaba su nombre. Primero acarrearon a la mesa un gran bol metálico en el que mezclaron una fina crema, a la que añadieron toda suerte de ingredientes que Bernabé no pudo distinguir. Después de una breve mezcla y remezcla, el mismísimo señor Sánchez Dupuis salió de su despacho al fondo del restaurante con una pequeña antorcha plateada. Uno de los meseros vertió con sumo cuidado un chorrito del coñac elegido por el señor Ordorica, cuyos ojos brillaban ahora tanto como los botones de oro de su chaleco de fantasía, y el señor Sánchez Dupuis lo encendió. El novedoso experimento causó gran efecto entre los comensales, que otorgaron al señor Sánchez Dupuis un discreto aplauso, mientras que el señor Ordorica, tras probar el postre, entonó el aria "Recóndita armonía" de la Tosca de Puccini, que estaba muy de moda en la capital; Bernabé, por su parte, se emborrachó a causa de la nube alcohólica que se entremezcló graciosamente con toda su materia.


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EL TONALATENSE, 8 de agosto de 189...
"Misteriosos fenómenos eléctricos. ¿Un espíritu en la electricidad?"

Es de todos conocido el enorme poder de la electricidad, y su influjo cada vez mayor en nuestras sociedades humanas, con todos los nuevos descubrimientos e inventos que gracias a ella facilitan nuestras vidas de manera diríase mágica para quienes todavía no dominamos sus secretos ocultos. Pues bien, tremendo susto se llevó la distinguida clientela de El Candil de Hamburgo —el afamado restaurante de nuestra pequeña ciudad de San Cipriano, conocido como La Nueva Flor de Hamburgo a raíz de los hechos que vamos a narrar— el día en que el candil que tanta fama le daba y que se dice provenía del mismísimo palacio de Miramar, se encendió de una manera asombrosa durante una celebración y electrocutó a una de las señoras, la cual, lejos de sufrir por las quemaduras, comenzó a exhibir un comportamiento a todas luces inaudito y extravagante. Quien nos comenta este curioso suceso, un notario oriundo de aquella ciudad que ha decidido establecerse temporalmente en la capital del estado, cuenta que la señora, en su delirio, afirmaba ser su propio esposo, fallecido hace casi un año en aquel mismo lugar, aunque nuestro testigo añade que esto es imposible pues aquel era un hombre sumamente educado y tranquilo, incapaz de ejecutar las acciones violentas que aquella señora intentó en el restaurante, con seguridad presa de un ataque de histeria. Ésta, por su parte, ha logrado restablecerse y no recuerda nada de lo sucedido, si bien no ha querido ser estudiada ni atendida por ninguno de los médicos locales —y eso que es ahí donde se encuentra la afamada clínica La Luz de la Razón, especializada en esta clase de enfermedades—, ni de los de fuera que han viajado hasta San Cipriano atraídos por el caso. Sin embargo, esto nos lleva a pensar que hasta que no se conozcan a fondo las peculiaridades de la electricidad y el hombre no las domine perfectamente, no será conveniente acercar a este interesante fluido a nuestras señoras y señoritas, so pena de que bajo su influjo lleguen a ostentar comportamientos inconvenientes. Y esto va para quienes gustan de aplicarse toda clase de adminículos imantados y eléctricos —la mayor parte provenientes de Estados Unidos, es necesario decirlo— con el pretexto de curarse cualquier mal: con la Ciencia, es preciso subrayarlo, no hay que jugar.