jose-vasconcelos-1.jpg José Vasconcelos



Gabino Barreda.
Nuestro
contemporáneo




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Material de Lectura inicia una nueva serie intitulada “El ensayo contemporáneo en México”, cuyo propósito consiste en rescatar y difundir entre el público no especializado a los ensayistas que se han ocupado de temas mexicanos a lo largo del presente siglo.

Esta colección se suma a las anteriores: “Poesía moderna”, “Ensayo”, “Las artes en México”, “El cuento contemporáneo”.

 


 

Nota introductoria


En los meses de agosto y septiembre de 1910 los integrantes del Ateneo de la Juventud organizaron una serie de conferencias en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Todos sabemos quiénes eran ellos: Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Pedro Henríquez Ureña, Jesús T. Acevedo, Carlos González Peña, etcétera. En esa ocasión fueron animados por una idea que ya se estaba convirtiendo en programa generacional, se trataba de inaugurar una nueva etapa de la cultura mexicana trascendiendo o dejando de lado la hegemonía positivista.

Sin embargo, no se trataba únicamente de una actitud crítica. Educados en el positivismo veían ya sus limitaciones y comenzaban a saber lo que estaba más allá de esas limitaciones; por eso, en filosofía incursionaron en el idealismo, en el vitalismo y afirmaron actitudes francamente metafísicas, y en literatura se mostraron proclives a las humanidades clásicas. Dentro del ciclo, el día 22 de septiembre, Vasconcelos abordó el tema Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas. Como ocurre en esas torsiones fundamentales de la cultura, Vasconcelos habla menos de Barreda que de sus propias ideas y hace una afirmación que se ha escuchado más de una vez en las generaciones innovadoras de México, que esas convicciones fundamentales no las aprendió en la escuela sino fuera de ella.

Lo que sí le dejó la escuela positivista fue una sólida formación científica. Los ateneístas son un tanto paralelos a los humanistas mexicanos del siglo XVIII, son humanistas con formación científica. En esta conferencia ya se nota lo que más adelante va a ser la filosofía de Vasconcelos, trata de conciliar sus tesis metafísicas con las novedades de la física, la química y la biología. Trata de conciliar a Carnot con Platón, como más adelante lo hará con Poincaré y Plotino o con Nietzsche y el cristianismo. Y todo ello mezclado con un interés profundo por México e Hispanoamérica. En suma, se trasluce en la conferencia no sólo el germen de su filosofía sino también las preocupaciones de su generación y las lecturas que hacían en sus cenáculos, la biblioteca de Caso, la biblioteca Reyes, el taller de Acevedo.

Durante mucho tiempo la brillantez de los ateneístas no dejó ver las otras corrientes culturales que se desarrollaban a su vera. Los ateneístas fundaron otra hegemonía porque ocuparon los puestos clave de la política cultural, Vasconcelos fue secretario de educación y rector, Caso fue rector y predominó en la Universidad, Reyes fue presidente del Colegio de México, Martín Luis Guzmán manejó publicaciones periódicas, casi todos ellos, al final, ocuparon los sitiales del Colegio Nacional, etcétera. Pero al paso de ellos mismos el positivismo sobrevivió hasta los años cuarenta y ahora ha renacido en planta lozana; el socialismo, primero en forma de anarquismo y después como marxismo también influye en la cultura mexicana.

En su conferencia Vasconcelos se asombra que la vigencia de Barreda haya declinado en menos de cincuenta años; algo por el estilo le ha pasado a los ateneístas, pero ahora estamos en una etapa de recuperación histórica y vamos situando a las generaciones y a las personas en el momento histórico que les corresponde y vamos integrando el cuadro general de nuestro pasado, condición indispensable para trascenderlo y superarlo.


Abelardo Villegas

 


 

Don Gabino Barreda
y las ideas contemporáneas*


Mejor que referirme a la obra social de don Gabino Barreda, ya ampliamente discutida y elogiada, procuraré recordarlo como adepto de una filosofía, rindiéndole un tributo que quizá para él hubiera sido el más amable; tributo que consiste en señalar cuáles de sus enseñanzas han tenido valor procreativo, bastante a encaminarnos por la senda en que se logran las visiones elevadas del mundo y de nuestro ser.

La doctrina que solamente crea sectarios y convencidos mata la espontaneidad y como que anula otras vidas. Es una alta gloria la del maestro que deja tras de sí, más bien que fervientes adoraciones, revivir de esperanzas. Y me imagino que si los maestros de hombres pudiesen mirar las generaciones que les suceden, habrían de mostrar predilección orgullosa por los que llevan su doctrina más allá de los límites originales o sinceramente la reniegan, si algo nuevo los exalta más. Porque al fin lo que ellos amaron es el ideal misterioso, y la obra se continúa mejor haciéndolo fructificar vario y juvenil, que gastando en repeticiones su virtud.

Por eso a la memoria de Barreda, que supo pensar su tiempo, ofrezco nuestras ideas modernas, filial y devotamente.

Diríase que la fuerza sustentadora de lo noble del universo sufre alternativas, que a veces, excediéndose, derrama tanta virtud, elabora tan magníficamente idealidades prodigiosas, que le sobreviene la fatiga, se relaja temporalmente, y entonces los espíritus, abandonados del impulso fecundo, interrumpen la procreación de novedades y se conforman tristemente con repetir y comentar la profusión inmensurable del momento anterior. Épocas de crítica en que los espíritus sabios aquilatan la obra de la generación precedente, conservando lo valioso, defendiéndolo del olvido; llenas, sin embargo, del desaliento de lo estéril.

La emoción de vivir en el mismo tiempo, en el mismo ambiente en que el ideal de formas inagotables se está revelando y haciendo en el espíritu de nuestros contemporáneos, presta energía, dignifica nuestras vidas. Al contrario, la repetición de un viejo pensar nos pone en incertidumbre, en inquietud y como nostálgicos; porque no importa cuán grandes sean las expresiones del ministerio insondable, la humanidad vuelve a sentir, periódicamente, la necesidad de preguntar otra vez, de escuchar por sí misma, de interpretar por su cuenta, todas las manifestaciones, todas las revelaciones, de la vida renovada, de la vida enriquecida por el pasado, dueña de un campo sin límites que se ensancha aún más con cada nueva visión y con cada nueva virtud.

Y nos ha tocado en suerte, a los hombres de la actual generación, vivir en un tiempo en que, lejos de comentar sin fruto el pasado, los espíritus ahondan con impulso propio el ministerio fecundo; edifican la novedad que ha de ser nuestra expresión, y de esta manera el ideal se realiza, obra en las almas y esclarece el exterior, donde, no obstante cierta disolución aparente, predomina un sentimiento de confianza, propio de los periodos exaltados en que los dolores se olvidan y las dudas se iluminan, de los instantes de claridad y de mensaje en que el sentir profético anuncia el advenimiento y la elaboración de los credos que guían generaciones.

Mas tanto se dice y se piensa con vaguedad desconcertante, tanto se duda del ideal moderno, que no basta que lo afirmemos, es preciso trasmitirlo a los incrédulos, mostrarlo a los que lo ignoran, trabajar la fórmula en que definitivamente cristalice. ¿Estamos seguros de haber excedido nuestro momento anterior? ¿Seremos realmente de los que asisten a las épocas gloriosas en que los valores se rehacen?, ¿o es sólo un vigor de juventud el que nos hace amar nuestro presente y nos lo hace aparecer más fecundo que el pasado?

Reflexiones desapasionadamente, consultemos unos con otros, purifiquemos el significado de las palabras, pensemos, en cierto modo, sin el auxilio de las frases y sólo con ideas; de manera que no nos detengamos ni en el sonido ni en la contextura del lenguaje, sino que lo usemos como canal de transmisión entre cuyos bordes va el pensamiento y se manifiesta a las almas; de modo que el verbo y la escritura sean, para la mayor precisión del pensar, de un ritmo neutro, por donde pase el movimiento de la idea sin desvirtuarse, y se transmita, como se cambian a través del aire diáfano las imágenes, como penetran por el ojo las representaciones de los objetos, sin que nos demos cuenta del funcionamiento del órgano visual.

También a fin de precisar el estado intelectual contemporáneo, conviene referirlo a sus orígenes próximos, donde seguramente está el germen de lo que hoy pensamos y donde podemos encontrar, merced a la comparación justiciera, la medida de lo que hemos avanzado o cuando menos cambiado.

Por eso, durante mucho tiempo aún, habré que volver a don Gabino Barreda y recodar que él implantó entre nosotros los fundamentos de un sistema de pensar distinto del que había prevalecido en los siglos de dominación española y de catolicismo. Relacionándolas con el pensamiento libre de Europa, puso generaciones enteras en aptitud, no sólo para ser asimiladoras de la cultura europea, sino para que sobre el asiento firme que proporciona una educación de disciplina sólida, desarrollasen las propias virtualidades especulativas y morales. Si su enseñanza puede merecer la acusación de incompleta en el sentido superior, la bondad de su método fructificó a pesar de algunos excesos disculpables en el discípulo convencido que impone las doctrinas de maestros un poco limitados. ¿Quién es el gran creador de sistemas que, sintiendo la infinitud del ideal, no piensa al reflexionar sobre su obra ya concluida, que quizá la haría mejor si la emprendiese de nuevo, que aún quedaron sin expresión y sin recuerdo muchas visiones misteriosas? Mas aquel que no elabora conceptos geniales del mundo, fácilmente se refugia en una concepción que juzga definitiva y de buena fe trata de imponerla a los demás.

A fin de salvar la responsabilidad tremenda del que propaga sistemas que quizá omiten nociones fundamentales, uno de los maestros más sinceros y más altos, el trágico Zaratustra, enunció su inmortal arenga que es hoy el credo pedagógico del filósofo: “Amigos míos, es indigno de mi enseñanza quien acata servilmente una doctrina; soy un libertador de corazones; mi razón no puede ser vuestra razón: aprended de mí el vuelo de águila.”

Mas aún Nietzsche, el apóstol de la grandeza, no era traducido del alemán y en México se substituía el fanatismo de la religión por otro más de acuerdo con los tiempos y que significó un progreso: el de la ciencia interpretada positivamente.

Recordemos brevemente las teorías del positivismo acerca de los cuatro grandes problemas que, según enseña Hoffding, deben ocupar a toda filosofía completa: el problema del conocimiento; el problema cosmológico; el problema de los valores y el problema psicológico de las relaciones del alma con el cuerpo.

* Tomado del libro Conferencias del Ateneo de la Juventud. Prólogo, notas y recopilación de apéndices de Juan Hernández Luna. México, UNAM, Nueva Biblioteca Mexicana, 1962, 214 páginas.

 


 

Los fenómenos se producen, según el testimonio indudable de los sentidos, en un orden determinado. El azar y el desorden son apariencia engañosa debida a que atribuimos a la naturaleza los caprichos de nuestra imaginación, a que desconocemos los antecedentes necesarios de los fenómenos, y, procediendo por rudimentaria analogía, los explicamos comparándolo a nuestros procedimientos de acción, antropomórficamente. Así el movimiento de un cuerpo, de la corriente de agua en el río, han de ser obra de un Dios, un hombre más poderoso que los otros, capaz de tomar en sus brazos un lago y derramarlo sobre la llanura entre las cuencas del río. Sólo concebimos nuestras propias actitudes reflejadas en el universo. Ésta es la edad poética o teológica del espíritu. Mas no reflexionó el positivismo en que el sentido poético es una manera de interpretación que no corresponde a un periodo determinado, sino a la naturaleza misma del entendimiento, que usa la analogía en sus investigaciones frecuentemente con más eficacia que cualquiera otra forma de raciocinio, y con ella desarrolla especialmente el arte, poder transformador que perfecciona y exalta la representación.

También en el terreno puramente científico, la crítica moderna reivindica los derechos del raciocinio por analogía, no sólo en la inferencia de particular a particular, sino en la solución de los difíciles problemas de la conciencia, sondeados y esclarecidos, merced a analogías intuitivas que descubren cierto género de identidad entre las cosas más diversas.

“En el orden puramente científico —dice Poincaré—, en la matemática y en la física, para reducir una ley de la experiencia, se necesita generalizar; mas un hecho de experiencia puede ser entendido de una infinidad de maneras, y entre estas mil posibilidades que se ofrecen a nuestra investigación es preciso elegir, y no es sino por analogía como procedemos en esta elección. Las analogías verdaderas, profundas, las que los ojos no ven y la razón adivina, nos las da el espíritu matemático que nos enseña a desdeñar las apariencias demasiado objetivas, a fin de poder notar otras, más radicales, más escondidas; mas para que estas adivinaciones se produzcan, es necesario cultivar el análisis sin preocupación inmediata de utilidad, es preciso que el matemático trabaje como artista.” El sentido poético, el que Comte llamó teológico —lo demuestra la cita que antecede—, sigue prestando servicios utilísimos al desenvolvimiento de la civilización en lo más positivo y fundamental de su desarrollo.

No es, por eso, un progreso, sino el empleo de un método diverso, el advenimiento del llamado periodo metafísico, en el cual se explica el universo por las ideas abstractas, por medio de principios o fuerzas en conflicto. El sistema metafísico reduce a unidad estas oposiciones y engranajes de los principios, pero sin lograr nunca, ni abarcar todos los fenómenos, ni explicar las contradicciones de sus propios postulados.

En el periodo positivo, los sentidos dan la única regla invariable de verdad, la observación de los hechos, la anotación de sus relaciones constantes. Cierto que por este medio no alcanzaremos la solución de los problemas que más nos preocupan, pero debemos conformarnos con esta ciencia, la única posible y la única verdadera. Lo exterior en transformación, ejerciendo su influencia sobre la mente humana, le imprime sus necesidades, sus tendencias y leyes de cambio. Lo que pasa en nuestro interior es una correspondencia, inmediata o lejana, de los fenómenos externos que han modelado nuestra conciencia. Ya Kant, meditando esta tesis, había observado que el dato intuitivo, la percepción inmediata, la recibe el organismo con intervención del raciocinio y el mismo raciocinio constriñe la percepción dentro de sus moldes, anteriores a toda experiencia, constituidos en forma que no puede provenir de la suma indefinida de las experiencias.

Desde el punto de vista cosmológico, el mundo aparece en el positivismo como fenomenalidad que se desenvuelve siguiendo una marcha que va de lo particular a lo general, de lo simple a lo complejo. Dentro de esta tendencia común, los fenómenos se clasifican en órdenes irreducibles unos a otros, las diversas ciencias, ligadas por el lazo subjetivo de la relación de lo particular a lo general. El porqué de esa ley y no la contraria, sus resultados probables, fueron problemas vedados, en el fundador, con la afirmación rotunda de nuestra incapacidad para resolverlos; en Spencer, por el dogma de la impenetrabilidad de lo desconocido.

Por lo que toca a la moral, don Gabino Barreda importó tres ideas fundamentales en el sistema de su maestro Comte: la solidaridad, virtud emanada del instinto de sociabilidad, permite la vida colectiva en que la civilización se desarrolla. El altruismo, inclinación social a obrar en beneficio de los demás por el provecho que con ello nos resulta; y como premio de los más altos servicios, la inmortalidad que se alcanza en la memoria de las generaciones venideras.

La más fecunda de estas nociones es la que recomienda la solidaridad entre los hombres. Predicándola en México, Barreda llenó una exigencia en aquel tiempo más importante que otra cualquiera. El altruismo es una vieja virtud, limitada a sus consecuencias sociales; el sacrificio no lo premia Dios alguno, pero lo aprovechan el individuo y la sociedad; el beneficio no se extiende más allá de nuestra propia vida y de la vida de los demás hombres, pero es un beneficio positivo.

La inmortalidad en la memoria de las generaciones por venir, premio de las más altas acciones, se reglamenta en la religión de la humanidad, destinada al culto del recuerdo y la gratitud; mas como hay quienes en nada estiman la memoria de sus acciones, ni desean la gratitud, la religión de la humanidad, conformista y modesta, significa poco como estímulo y nada como esperanza.

Por lo que se refiere al problema psicológico, baste recordar que el positivismo creyó en una subordinación radical de lo psíquico a lo biológico, de lo mental a lo orgánico; que el albedrío se explicó como condicionado a sus antecedentes de una manera fatal, tanto como lo es la caída de los cuerpos según la ley de la atracción, sólo que misterioso en apariencia, porque desconocemos las razones múltiples del querer, los motivos que operan en lo que hoy se llamaría la subconsciencia.

Tales fueron, sumariamente, las ideas con que Barreda reconstruyó el espíritu nacional, orientándolo definitivamente en dirección del pensamiento moderno. Dichas enseñanzas no sólo capacitaron a la civilización mexicana para las conquistas prácticas del orden económico e industrial, adiestrando generaciones en la aplicación de conocimientos científicos útiles, sino que también, en el orden mental, nos legaron una disciplina insustituible cuando se trata de orientar las esperanzas sobre el destino y el progreso de los acontecimientos.

Gracias a esta educación demostrativa y sincera, hemos podido evitar reacciones interiores que pudieron llevarnos a viejos conceptos que ya no tienen verdadero poder de exaltación; y de esta manera, si Barreda y el positivismo no nos dieron cuanto anhelábamos, sí impidieron que retrocediésemos en el camino del mejoramiento; y sin sospecharlo, en virtud de sus propios postulados limitativos del dominio de la especulación, nos obligaron a explorar otras virtualidades de nuestro ser, para ellos cerradas en su ensimismamiento cientificista, para muchos otros abiertas y fecundas en el mismo tiempo en que ellos vivían, ricas hoy, más aún, en sugestiones ilimitadas.

Sin embargo, entre las ideas de entonces y las de hoy, media un abismo. ¿En qué consiste, qué es, ese elemento moderno que nos hace sentirnos otros hombres, no obstante que aún no transcurre medio siglo cabal desde la propagación de aquellas enseñanzas? ¿Cómo, si apenas ayer era Spencer el filósofo oficial entre nosotros, nos hallamos a tan gran distancia del sistematizador del evolucionismo?

 


 

Creo que nuestra generación tiene derecho de afirmar que debe a sí misma casi todo su adelanto; no es en la escuela donde hemos podido cultivar lo más alto de nuestro espíritu. No es allí, donde aún se enseña la moral positivista, donde podríamos recibir las inspiraciones luminosas, el rumor de música honda, el misterio con voz, que llena de vitalidad renovadora y profusa el sentimiento contemporáneo. El nuevo sentir nos lo trajo nuestra propia desesperación; el dolor callado de contemplar la vida sin nobleza ni esperanza. Cuando abandonábamos la sociedad para refugiarnos en la meditación, un irónico maestro, encontrado al azar en los escaparates de librería, se hizo nuestro aliado, dio voz a nuestro dolor y energía a nuestra protesta. Desde entonces nuestro desdén fue razonado y se hizo noble. Cierto que nos mostró abismos, potencias sombrías que se devoran renegando de sí propias, y a pesar de eso, su doctrina tuvo virtud para salvarnos, porque ¿quién es el que no desea vivir aunque sea solamente para contemplar el espectáculo de la voluntad negándose a sí misma?, ¿quién es el que no desea la “eternidad del momento”—en que el maestro deja la voluntad libre en un desierto donde no encuentra fin a qué aplicarse y se contempla poderosa y sin objeto?

“El mundo es mi voluntad y mi representación.” Este enunciado contiene el germen de toda la edad moderna. Durante mucho tiempo las filosofías se habían ocupado casi exclusivamente de la representación; en lo adelante, la cosa en sí iba también a ser interpretada por el filósofo, con datos universales, con el auxilio de las religiones, de las literaturas, del arte, de la práctica de la vida. Al mismo tiempo, la música alemana, el otro nervio del sentir moderno, lograba en la obra de Wagner ese significado que representa, ya no las ideas puras en armonía platónica, sino el clamor de lo que deviene sin cesar, en la uniformidad aparente de las cosas; el ser en vida potencial, inquieto por la elección de fórmulas en que expresarse, adoptando como por ensayo la vida momentánea del sonido.

El antiintelectualismo de Schopenhauer y la música de Wagner, dos expresiones de lo ininteligible, son las fuentes de la riqueza que ostenta el espíritu moderno, de su libertad sabia, bien lejana del romanticismo o de cualquier otro desarrollo anterior.
El problema del conocimiento, insoluble dentro de los límites de la razón, se contesta afirmando que la solución debe buscarse mediante el empleo de otras facultades; el criterio antiintelectualista y el pragmático se desenvuelven.

La representación comprende el mundo de la experiencia y el mundo de las ideas; depende siempre de la imagen o de su recuerdo. La cosa en sí, lo que no pueden penetrar las ideas, es la acción, algo análogo al movimiento, una tendencia, un querer ser. Mas debe reflexionarse en que toda tendencia va hacia algo y que, logrado ese propósito, puede emprender otro o estacionarse; si permanece estacionario, deja de ser voluntad, porque deja de querer ser; si continuamente sigue moviéndose en busca de nuevos propósitos, resultará que la voluntad es un movimiento sin término; mas el movimiento no se explica sino con relación a la estabilidad; para imaginar el movimiento es preciso suponer un punto inmóvil. Todo movimiento se hace con relación a un punto de referencia menos móvil. Si el punto de referencia también se mueve, describirá alguna especie de curva con relación a otro punto todavía menos móvil, y así sucesivamente, llegaremos al punto absolutamente fijo, que es una necesidad teórica y mecánica. De manera que la idea de movimiento implicada en el concepto de la voluntad, no es una idea simple, sino que contiene la correlativa de estabilidad. En cambio, esta última tiene un carácter fundamental, tanto positivo como negativo, porque se entiende el reposo como la ausencia absoluta de variación de un ser y también como una nada perenne.

Aparte del tiempo cambiante y transitorio en que el móvil recorre una trayectoria indefinida, hay un momento en expectación, un momento que es lo que vendrá, lo que se aguarda, al fin de un tiempo corto o de un tiempo infinito: la llegada del móvil, instante definitivo en que el movimiento termina para no volver a comenzar, para que nunca se reproduzca el angustioso recorrido de las fuerzas a sus centros obligados, sino que el poder del movimiento “se liberta transformándose en difusión total.

La cosa en sí no es, en consecuencia, un movimiento, ni un devenir, porque estas nociones son propias de lo incompleto en lucha de progresión; no es la cosa en sí ni un acto ni un querer, es un ser, mas para penetrarla, todas las analogías son sospechosas porque todas las tomamos de la representación, la cual, hemos dicho, es distinta del ser. ¿Habremos entonces de caer en las vaguedades de una mística subjetiva cuyos resultados intransmisibles jamás podrán servir de norma a los hombres? ¿No es preferible, más bien, buscar en el universo alguna potencialidad irreductible a las leyes de la representación? ¿Algo contradictorio de la ley misma del fenómeno, cuya existencia revela otro orden de posibilidades? La ley del fenómeno es, en lo orgánico, la equivalencia teórica de la energía, en lo biológico, la adaptación y equivalencia de todo esfuerzo a un fin. ¿Si aparece un acto que no revele ninguna finalidad, ni cumpla ningún determinismo, libre y atélico, es decir, desinteresado, no será ésta ya la obra del espíritu?

El concepto cosmológico del universo también ha sufrido profundas modificaciones desde los tiempos en que don Gabino Barreda fundara la Escuela Preparatoria. El principio de conservación de las masas de Lavoisier, y el de conservación de la energía, justificaban cierta creencia en la inmutabilidad de las leyes naturales; sin embargo, ya por entonces Carnot había enunciado su célebre principio que tan mal se concilia con la hipótesis de la conservación de la energía y de la reversibilidad teóricamente absoluta de todas las variaciones dinámicas. Por ejemplo, un móvil que recorre una trayectoria puede con el mismo gasto de energía, hacer la trayectoria inversa, mas Carnot observó que hay casos en que esta reversibilidad no rige. El calor puede transmitirse de un cuerpo cálido a un cuerpo frío y es imposible en seguida hacerlo volver del cuerpo frío al cuerpo cálido a través de los estados primitivos de temperatura. En todos los fenómenos mecánicos se desarrolla calor, pero el calor por sí solo, el calor de desperdicio que no procede de una fuente química o eléctrica, es incapaz de producir trabajo. Observaciones de este género lo llevaron a considerar que son de diferente calidad la energía totalmente o casi totalmente reversible, útil para los fenómenos mecánicos y vitales, capaz de realizar trabajo, y la energía calorífica inferior e irreversible que disuelve lo heterogéneo en una homogeneidad de la que no es posible salir. Las experiencias y los cálculos indican que esta forma de energía superior, la motriz, la utilizable, tiende a desaparecer, a disiparse en la otra. La cantidad total de energía se conserva, pero la calidad se modifica en mengua precisamente de la forma superior, de manera que, según el enunciado de Clausius, “la entropía (el desgaste) del universo va siempre en aumento”; la energía no vuelve a las formas en que puede ser utilizada como potencia motriz, sino que contrariamente a lo que expresa la fórmula spenceriana del tránsito de lo homogéneo a lo heterogéneo, lo heterogéneo incensantemente se empobrece en beneficio de lo homogéneo. Con más reserva aunque con la misma energía, el gran químico inglés Lord Kelvin, Thompson, declara que “hay actualmente en el universo una tendencia a la disipación de la energía mecánica”. “El planeta debe haber sido impropio para la vida humana en una época muy lejana de la nuestra, y en el porvenir, en una época también muy lejana, volverá a ser impropio para la vida, a menos que ocurran transformaciones que son imposibles bajo el imperio de las leyes del mundo material.” Tal es el sentido en que el principio de conservación de la energía debe considerarse esencialmente modificado, y así es como nadie puede afirmar legítimamente que en la naturaleza nada se pierde, porque si hay algo uniforme que se mantiene igual, la calidad útil para nuestras vidas, el sentido fenomenal que nos interesa, se disipa y desvanece. Nada definitivo podemos esperar de la materia. Ella es, al contrario, el tipo de lo perecedero. Los que soñaron la perpetua renovación de los mundos en el universo y los que creyeron en el retorno eterno de los fenómenos, se han equivocado, porque nada vuelve a su primitivo estado, sino que, en cada momento, lo más importante de la energía se pierde en el silencio, en la quietud inerte.

 


 

Y tanto por un deber de sinceridad como para apreciar el valor de los principios en que necesariamente fundamos nuestras más trascendentales concepciones, agregaré algunas palabras acerca de la objeción experimental que ya se ha encontrado al principio de la degradación de la energía: me refiero al movimiento browniano. Una gota de agua observada sobre el porta-objeto del microscopio, muestra en el interior, en movimiento continuo, una multitud de partículas excesivamente tenues; detritus de materias minerales y orgánicas se agitan en todos sentidos sin llegar jamás al reposo; este movimiento es perfectamente distinguible del movimiento de los seres vivos microscópicos que existen en la gota de agua. El movimiento es más rápido a medida que las partículas son más pequeñas. Esto se explica porque las moléculas, a pesar de su apariencia de reposo, se mueven sin cesar, y una partícula de materia, apenas más gruesa que una molécula, participa del movimiento del medio molecular en que se encuentra. A medida que la partícula es más grande, ofrece mayor resistencia al movimiento molecular, lo que prueba, todavía más claramente, que el movimiento de las partículas en suspensión se debe a los choques y atracciones recíprocas de las moléculas. La evidencia experimental de este movimiento continuo parece demostrar la ley de conservación de la energía y desmentir el principio de Carnot. Pero esta explicación de una experiencia todavía imperfecta será suficiente motivo para que dudemos de la ley de degradación de la energía, no para hacernos volver a la hipótesis de su conservación, destruida con experiencias más evidentes y numerosas. Quiere decir que los principios científicos están sujetos a rectificación, que son meras hipótesis en vista de los resultados de la experiencia, y dependen de ella.

La materia es, como afirma Bergson, un movimiento de descenso, de caída; la vida es una reacción, un movimiento contrariante del descenso; impulso que tiende a desprenderse del dominio de las leyes materiales. La vida realiza actos como la función clorofílica y los reflejos nerviosos, por los cuales se almacena la energía solar y se retarda la disipación de la fuerza.

El impulso vital, que es contrariamente de la ley de la degradación de la energía, no puede ser material: es por definición misma inmaterial. La vida es entonces una corriente en crecimiento perpetuo, una creación que se persigue sin fin; pero precisa objetar: esa función contrariante, ¿no toma su propia energía de la misma energía destinada a degradarse, no es por esto mismo de igual naturaleza que aquélla?, porque ¿en qué momento se introduce la diferencia de naturaleza en la función clorofílica, en la función nerviosa?, ¿no hay en estas funciones simplemente un cambio de sentido que cuesta energía, una simple reversión que será imposible cuando la energía superior del universo se haya agotado, cuando el enfriamiento del sol haga imposible la transformación clorofílica y la irritabilidad celular? Por eso para fundamento de la vida es preciso buscar, no un fenómeno de energía, que ya hemos visto es perecedero; no un fenómeno intelectual, que no se explica sin su correlativo, el objeto pensado, que es, según el mismo Bergson, una simple adaptación de un organismo con el medio ambiente, sino un hecho que no dependa de ninguna de estas fatalidades, porque sólo ese hecho responderá al anhelo intuitivo que nos pide una firmeza, una certidumbre, un absoluto. Este hecho no lo da el acto creador, en que sólo puede verse el resultado imprevisto de la fuerza, inesperadamente orientada; puede darlo, quizás, el acto desinteresado, porque sólo se produce violando todas las leyes de lo material: es el único milagro del cosmos.

El concepto hondo, el concepto dionisíaco de que una corriente de infinitas potencialidades recorre lo íntimo de nuestras vidas, las hace poderosas y las lleva por inmensidades sin término, trueca el misterio en tesoro donde siempre encontramos nuevas virtualidades, nuevas esperanzas, nuevos estremecimientos, y nos lleva a estimar en el más alto grado la originalidad personal, el propósito de escudriñar dentro de nosotros y modelarnos según la tendencia más honda y persistente que la reflexión nos descubre. De allí, como la voz misma de ese ser que en la música tomaba las formas más inquietantes, nació el sé tú mismo de Ibsen, ese afán de no ser reflejos de otra vida o de otras acciones, sino de saber lo que significa un verdadero nacimiento entre la multiplicidad y la riqueza del mundo. Este anhelo implicaba la necesidad de ser sincero, a fin de conocer cuándo realmente hemos alcanzado la nota personal, la única, la que no volverá a sonar igual en la existencia, porque uniéndose después al concierto del universo y enriquecida con las creaciones posteriores, irá siempre modificándose, mientras la evolución de las cosas hacia el querer, la no forma y la atelesis se completa. La sinceridad con nosotros mismos, la aceptación franca de los hechos, han adquirido de esta manera una importancia capital en nuestra ética contemporánea. Estas cualidades viriles y la fe en un mejoramiento indefinido, son los rasgos predominantes del ideal moral de nuestros tiempos, y asentada en esta actitud de lucha y de confianza, surge en nosotros la certidumbre creciente de un ideal en que ha triunfado el espíritu. Mas ya no queremos conformarnos con las vaguedades de la intuición personal, sino que necesitamos hechos demostrativos de la legitimidad de nuestras esperanzas. Siento que es criminal ofrecer palabras gastadas en su sentido, cuando los hombres esperan dones efectivos, sustancia de ideal: por eso precisa fundar en hechos nuestras esperanzas de vida superior. ¿Por qué, si la corriente vital es capaz de producir todos los fenómenos de que tenemos conciencia, el poder ideal habrá de ser incapaz de la más leve manifestación? Si brevemente reflexionamos en los actos de los hombres, vemos que así como los fenómenos materiales obedecen a una ley rigurosa de economía de esfuerzo, la ley correspondiente en el orden biológico es el egoísmo con su extensión de la misma índole, el altruismo y la caridad en nombre de un Dios que premia nuestras acciones. Todo, absolutamente todo, en intención y en obra, tiende al aumento del bienestar y el poder del individuo; mas en esta ley circular en que todo, partiendo del centro, va a la periferia para volver al centro, en este movimiento fatalmente centrípeto, hay una excepción: el acto propio y sinceramente desinteresado, sin amor y sin piedad, heroico sin propósito, difundido sin término.

El ideal reclama fundamento absoluto, el noúmeno, palabra que recibe en sí todos los sentidos, todas las significaciones, pide voz y expresión. Kant no pudo definirle, mas sintió su presencia tan real, que hubo de enmudecer. Schopenhauer ahondó más y logró una intuición de lo que no es fenómeno, la voluntad. ¿Qué consistencia tiene esta intuición? Es una naturaleza que por su propio carácter no nos satisface; es una preparación, un medio para alcanzar otra cosa, lo que se requiere. ¿Qué quiere el ser en lo más íntimo de sí mismo?, ¿el poder?, mas también ¿qué hará con su poder?... El ser anhela persistir. Y en el mundo de los fenómenos, nada responde a este querer fundamental; mas en el espíritu, ¿rige la misma ley de desenvolvimiento fatal?, ¿hay algo irreducible al determinismo y al perecer? Cuando se piensa como sin ideas, fuera de toda norma, en un vagar que se basta a sí propio, ¿corre acaso el tiempo, y puede el fenómeno alterar el estado del ánimo, una vez que ya se produjo? Cuando se percibe con indiferencia del placer y del dolor, como sentimiento, sin emoción en que se afirma una esencia libre, alcanza hasta allí la ley biológica? Cuando se obra con absoluto desinterés, ¿no se menosprecian las leyes naturales? ¿No habla aquí el misterio? Sobre la realidad y el significado del absoluto desinterés ha de fundarse la moderna quimera de la divinidad; pero es este un proceso en formación que aún necesita del porvenir para cristalizarse.

 


 


Como quiera que sea, nuestra edad vive como si imaginase en acción en el universo un poder cuyas leyes son distintas de las fenomenales, y los hombres, a poco que mediten, encuentran dentro de sí mismos el brote de esa potencia indestructible, en sus propias conciencias, capaces de abnegación y por esto más poderosas que todo lo demás del universo, erguidas ante las leyes de la destrucción con una rebeldía creadora del mundo persistente. El acto generoso en medio de la mezquindad del universo, es la contradicción más extraña de los hechos, y sin embargo, no ha sido lo bastante meditada.

Cada hipótesis cosmológica suscita una nueva metafísica. Hemos recordado ya el concepto de la vida referido por Bergson a la nueva forma de la ley de la energía. El espíritu, al cambiar el aspecto mental de lo exterior, modifica su posición relativa, procura una relación de armonía y continúa su vida misteriosa y silenciosa. De esta manera, según la nueva psicología de Bergson: “nuestro cuerpo es un elemento de acción que se interpone entre el espíritu y la materia, sirviendo a ambos de intermediario. Percibir consiste en separar del conjunto de los objetos aquellos sobre los cuales mi cuerpo puede ejercitar una acción. La facultad de elegir la percepción que nos conviene entre la multitud de las imágenes, es efecto de un discernimiento que enuncia ya el espíritu. La operación selectiva se auxilia de la memoria, construye con ella el presente enriquecido con el recuerdo y se sustrae a la ley de necesidad. Pasando de la percepción pura a la memoria, abandonamos definitivamente la materia por el espíritu.”

El recuerdo no es una percepción debilitada que se reproduce por asociación, como enseñó la escuela positivista: “es una operación por medio de la cual nos colocamos de golpe en el pasado; por ella el pasado progresa al presente; el recuerdo es un potencial que actualiza el pasado, cuando la sensación presente le da vitalidad. El espíritu toma de la materia las percepciones y las devuelve en forma de movimiento, en el que ha impreso su libertad”.

Como veis, la nueva psicología afirma sin vacilaciones la libertad como fundamento del espíritu. Mas una metafísica no puede conformarse con este concepto de transición; es preciso que esa libertad se ejercite; revele su tendencia, diga a dónde nos lleva. Cuando se es libre, interesa más conocer los potenciales últimos. La libertad que ha venido apartándonos gradualmente del dominio de las leyes fenomenales, tenderá a llevarnos cada vez más lejos, al orden antitético, a la ausencia total de finalidad, se hará desinterés.

Hemos hablado del espíritu, y esto exige una explicación. Las conciencias independientes se han habituado a escuchar con desconfianza ésta y otras palabras que la ciencia había creído desterrar… ¿No obstante la autoridad mundial de Bergson, va a tomarse nuestra filosofía por quimera de teorizantes, sin asiento en la realidad, sin eficacia en la acción, apartada de los hechos, fruto tardío de aberraciones que el positivismo creyó matar? ¿Somos hijos legítimos de una tradición verdaderamente científica, o desventurados que sueñan desesperando de la verdad?... Estas dudas, hoy como siempre, imponen la necesidad de meditar los criterios del método.

La circunstancia de que cada uno de los millones de seres humanos que pueblan el planeta tenga aparente derecho para vivir sus propias convicciones y considerar verdaderas sus propias explicaciones y fantasías sobre el universo y el fin de sí mismo y de los hombres y las cosas, tiene que ser motivo de confusión para las gentes poco reflexivas. Yo confieso que sufro incertidumbre y tristeza, si considero la diversidad de teorías, necesariamente falsas, necesariamente limitadas, que merced a la absoluta libertad del pensamiento, se propagan y prosperan…

A la pregunta aparentemente desconcertante, ¿qué pensador entre tantos tiene razón?, o todavía, bajando mucho, ¿cómo es el universo: como lo entiendo yo, como lo entiende mi vecino a quien quizás he interrogado, como lo entiende el funcionario de mi pueblo, o como se lo representa el que nada entiende? Porque bien pudiera suceder que careciese de todo sentido.

Cuestión dificilísima para quien está convencido, como todo pensador sincero quizá lo está siempre, de que el concepto absoluto del mundo no se ha alcanzado. Mas hay en cada época, cierto conjunto de datos, de experiencias, de razones, que la intuición, cuando menos la intuición filosófica, no tiene derecho de desatender. Conoceremos si el pensador es un extravagante, un equivocado, un falso profeta, o si pertenece a la evolución filosófica seria y mira el mundo como corresponde verlo de acuerdo con los conocimientos de su tiempo y con su intuición más o menos personal, observando las relaciones que guarda su sistema o su genialidad con aquellas normas del saber humano que en todo tiempo han permitido distinguir la filosofía de la sofística, la intuición fecunda del iluminismo pueril. Estos instrumentos de comprobación y de purificación de la síntesis filosófica, son la ciencia, la lógica, y la moral tradicional.

La intuición fundamental del sistema filosófico no debe jamás estar en desacuerdo con las leyes científicas tal como se entienden en la época en que el sistema se produce, a menos que dicho sistema comprenda la modificación o transformación de esas leyes en un sentido nuevo, pero sin olvidar que un cambio importante en el significado de las leyes naturales, sólo puede apoyarse en una experiencia científica. Generalmente los postulados y aserciones del sistema filosófico, no sólo se apoyan en la ciencia del tiempo en que se producen, sino que la hacen avanzar, según su propio espíritu racional. Para conocer cuál sea la ciencia verdadera, bastará atenerse a su acuerdo con los hechos y a los servicios positivos que los hombres deriven de sus afirmaciones y de sus hipótesis.
 

 


 

En segundo lugar, la síntesis no debe infringir las leyes formales de la lógica, reglas imprescindibles del pensar mientras nuestra organización biológica sea lo que es y ha sido hasta hoy. La inteligencia nos servirá de guía y de instrumento de comprobación indispensable.

Finalmente, las consecuencias morales del sistema son, al mismo tiempo que una concreción del intuir vago, una comprobación de su vitalidad.

Estas tres normas, que no serán límite, sino cauce director de la meditación intuitiva, llevarán al filósofo al descubrimiento de la verdad.

Cualquier sistema, cualquier teoría que no acreciente el valor de estos criterios, debe rechazarse como engaño que obscurece la luz verdadera a los ojos de los hombres.

En nombre de estos criterios supremos, aceptamos la nueva filosofía francesa, digna de figurar junto con las más altas especulaciones de todos los tiempos.

Fundados en ellos mismos, rechazamos el pragmatismo americano, en gran parte, fruto de empirismos arbitrarios, interesante como escuela crítica, mas por desgracia prostituido en autores que lo acercan al ocultismo y espiritismo y tantos otros absurdos que si algunas veces cuentan en su apoyo con siglos de tradición espuria y desintegrada, no han prestado ningún servicio a la civilización, ni en punto a progresos materiales, haciendo avanzar la ciencia en su parte teórica o práctica, ni en adelanto intelectual, ofreciendo a los hombres ideas elevadas y congruentes, ni en moral noble y ejemplar, materia esta última son copistas serviles de los preceptos elaborados por las filosofías y las religiones.

Solamente la filosofía cuenta con una tradición de pensamiento selecto; sólo el pensamiento filosófico que abarca a la vez los tres problemas —la sensibilidad, el intelecto y la moral— ha podido subsistir sin interrupciones de importancia, a través de los siglos, renovándose constantemente en escuelas y en sistemas siempre fecundos, en concepciones atrevidas, en orientaciones inmensurables, en acciones y virtudes sin ejemplo, y todavía, comprobación material importantísima, ricos en consecuencias prácticas para el adelanto en la ciencia de la naturaleza y de la vida.

Alguien que pensase sin la meditación suficiente podría creer que en el orden moral, la filosofía ha tenido un rival serio en las religiones. Pero debe observarse que la intuición religiosa, cuando es clara y alta, se confunde con la filosófica, y si llega después a adquirir un significado menos puro, es porque la fe pretende extenderse más allá de sus límites legítimos, quiere deducir el mundo de sí misma en vez de modificarse y progresar, sirviéndose de las experiencias del mundo. Sin duda que el deseo laudable de conservar intacta una intuición fundamental, justifica hasta cierto punto el rigor de los dogmas, mas también hay que contar con la novedad posible de lo que aún no ha sido revelado. Menos teólogos que envilezcan la fe y más videntes que la multipliquen y santos que la comprueben, harían de las religiones fuente perenne de adoración y beatitud.

Con la prudencia que las normas anteriormente estudiadas aconsejan, hemos procurado recibir las nuevas ideas. El positivismo de Comte y de Spencer nunca pudo contener nuestras aspiraciones; hoy que, por estar en desacuerdo con los datos de la ciencia misma, se halla sin vitalidad y sin razón, parece que nos libertamos de un peso en la conciencia y que la vida se ha ampliado. El anhelo renovador que nos llena ha comenzado ya a vaciar su indeterminada potencia en los espacios sin confín, donde todo aparece como posible. ¡El mundo que una filosofía bien intencionada, pero estrecha, quiso cerrar, está abierto, pensadores! Dispuestos estamos para acoger toda grande novedad; mas habituémonos a ser severos, en nombre de la seriedad del ideal.

Al proclamar la libertad es urgente prevenirnos contra las alucinaciones y perversiones de la especulación. La certidumbre absoluta de la verdad, todos la hemos sentido, alguna vez, algún instante en nuestras vidas, instante de claridad que puede volver, que puede producirse de nuevo, quizá muy pronto, ahora mismo, en la meditación del momento próximo; mas también con frecuencia la vida nos absorbe demasiado, nos mantiene en ceguedad y en olvido. Solicitados y oprimidos por el ideal que está siempre, como un ambiente, alrededor nuestro, no lo entendemos, no lo advertimos, y andamos vacilantes, como pompas de jabón que flotan en el aire inciertas y vacías hasta que la presión las revienta y las agranda en su universalidad etérea.

Pero ciegos o iluminados, no nos falta la fortaleza que desdeña los tropiezos. ¡Camina erguido, hombre de ideal! Lleva tu corazón como lago que derrame por todos sus bordes agua pura; ahoga tu violento egoísmo en desinterés más poderoso. Un alto desdén matará el ansia de goce; una firme indiferencia, el temor, y cuando no te interesen tu deseo y tu ambición, tu amor y tu alegría, serás inquebrantable: un fulgor de grandeza serena, sobre las cosas que pasan y van… no importa a dónde.

Abiertos y misteriosos son los grandes sistemas, inacabados siempre, porque aún los más rigurosos desde el punto de vista dialéctico terminan en un estado de ánimo inaprehensible y por eso abierto a meditación sin fin. Puede considerarse que este final mutismo revela un fracaso, mas ¿por qué se muestra tanto temor por ese accidente? ¿El fracaso no es la prolongación de la vida, el aplazamiento de nuestro triunfo, el golpe que nos vence, pero que es incapaz de matar el impulso? Cuando el propósito no se cumple, la fuerza, si perdura, conserva un potencial que la hará volver una y más veces a intentar la acción: así cada derrota hace más larga una lucha tenaz. Otros intentarán lo que no logramos y nuestro querer revivirá. Es una anticipación de la inmortalidad imaginar que otro y otros repetirán nuestra acción en el remoto porvenir. En cambio, el éxito es estéril y mediocre, se acomoda con el instante, muere con él, no suscita ni anhelos ni virtudes. Lo que se trunca por alzarse demasiado, conserva vigor en las raíces para recomendar el asalto de la altura. La columna rota es símbolo de un esfuerzo que aguarda otro mañana para volver a bregar. Obras sin concluir llaman a las generaciones futuras, nos hacen pensar en que la labor inconclusa se completará con los datos que aún no nos vienen, que guarda el destino. Y en el extraño dolor de la espera, un vislumbre del porvenir, rápido y trágico, muestra lo que nos falta inaprehensible y lejano: sentimos la inutilidad de nuestro individuo y lo sacrificamos en el deseo de lo futuro, con esa emoción de catástrofe que acompaña a toda grandeza.

José Vasconcelos