Material de Lectura

Gerardo Deniz



Selección y
nota de
Pablo Mora




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Nota introductoria
 

Dos libros y algunos poemas publicados en revistas literarias de México constituyen, hasta la fecha, el itinerario poético de Gerardo Deniz. El primer libro fue publicado en 1970: Adrede (editorial Joaquín Mortiz) y el segundo ocho años después: Gatuperio (Fondo de Cultura Económica, 1978). Estos dos libros comprenden poemas fechados desde 1955 hasta 1976 y en ellos —así como en los publicados en revistas de fechas posteriores— se puede apreciar toda una forma peculiar de escribir, de construir. En su obra, sobre todo, hay un placer estético por las cosas de este mundo que, ayudado por el mismo placer de las palabras y muy frecuentemente por la ironía y un espectro vastísimo de lenguaje combinado con un espíritu de erudición, hace de su poesía un camino sinuoso y deslumbrante que tiene no poco de sus orígenes en la obra de Góngora.

Poesía que pertenece a la mejor tradición de nuestra escritura, por insólita, por lo deliberado de sus construcciones, porque en los poemas existen historias acaecidas, de personajes, ciudades, escrituras que adquieren nuevos significados, como en la poesía de Eliot, por la riqueza de sonidos, por las metáforas inéditas, etcétera. Como ya algunos poetas se han preguntado: ¿qué pasa con la poesía de Gerardo Deniz, que no es leída ni comentada? Será porque no es fácil, porque como la de algunos poetas tendrá que esperar largos años para ser descubierta. Esta poesía llama la atención por lo contemporánea, no por lo actual que pueda ser para otros, en tiempos posteriores. Contemporánea porque es de construcciones a veces insólitas, por toda la gama de posibilidades para elaborar un poema, por el sonido y el sentido del humor. Sorprende a cada paso en estos poemas lo variado de los temas; gatuperio de historias, conceptos, palabras que a primera vista parecerían inconciliables. Se vale echar mano de todo, de la ciencia, de la música, de la historia, de la misma poesía pero, eso sí, con inteligencia y con gusto, sobre todo porque así se siente más pleno el mundo. El poema se enriquecerá en tal forma que lo que fue un motivo estético o erótico se vuelve un vasto recorrido (a veces sentimental) por la materia; la mano que toca texturas, objetos, por ejemplo, es cada vez más grande por lo que percibe y lo que sabe de este mundo; el tacto gana, el poema es como "mancha de aceite que crece despacio por el papel". Conforma con todo ello una obra que en muchos lugares es sorprendentemente afortunada y siempre rica en alternativas y maneras peculiares de sentir y ver este mundo. La poesía para Gerardo Deniz es ante todo un terreno sensual y estético.

HUELEDENOCHE

Terrestre la noche abierta en tantos lagos redondos
(comparten sin saberlo las cosas del cielo)
y ahora también, de pronto,
en esa flor de las afueras,
esa flor hecha casi de aire,
aroma sólo y que tal vez no existe...

Sería difícil hablar de una corriente o inclinación de la poesía mexicana en los poemas de Gerardo Deniz. Quizá en sus primeros, los siete iniciales del libro Adrede, se dejen sentir algunas resonancias de la poesía de Octavio Paz: "y esta voz es humo,/ porque estás hecha de muchas palabras,/ pero no eres ninguna". Más adelante hay ecos de otros poetas, algunos ya señalados por Octavio Paz y otros: T. S. Eliot, Saint-John Perse, Alí Chumacero, Góngora, Leopoldo Lugones.

En la primera sección de Adrede hay, además del rigor formal inmediatamente reconocible en sus diez sonetos, un resplandor de los andamiajes, caminos que el poeta seguirá a lo largo de su poesía: "El follaje se afila y palidece/ en la falsa tiniebla de la mitad del cielo."

Entre los sonetos que siguen hay particularmente tres que deslumbran por su rigor sensual, los titulados "De ruina". El primero recuerda la atmósfera de los poemas de Alí Chumacero en sus Palabras en reposo.

Sigue "Estrofa", un poema que abre y da inicio a la voz y a la dicción de Gerardo Deniz. Aparece en primer término el mar, lugar que incesantemente circulará en su poesía; aquí el mar está frente al risco, frente a la conciencia, y viceversa. Será ahí "donde muerden las olas/ sitio de la conciencia, Babel endurecida", el lugar que el poeta escoge para desarrollar a lo largo de 20 años una poesía de "sustancias pegajosas". De ahí en adelante los poemas estarán anegados de referencias a escrituras antiguas, a lenguas extranjeras, a descubrimientos científicos, a pasajes musicales, a "un vicio de dicción" intolerable.

Es un hecho que para el poeta, y aquí ya Ulalume González de León y otros lo han señalado, los sentimientos, la profunda visión estética, la moral, la historia, el amor, la música, son elementos que están íntimamente ligados con los fenómenos físicos y biológicos, es decir, que funcionan en su poesía de la misma manera. Son igual de estimables para elaborar el poema el ácido bromhídrico que cuando "andas tigresa, como tú dices", mientras sirvan para construir imágenes y metáforas que enriquezcan alguna sensación o alguna escena específica (por cierto, éstas algunas veces sugieren lugares inusitados o situaciones embarazosas).

Un rasgo muy peculiar de esta poesía es la forma de entretejer los poemas, así como lo inesperado de ciertos versos. En el primer libro, en gran parte de los poemas, hay una imagen o un verso que ubica, desconcierta, pero acierta en cuanto a la resolución del poema: "o la figura hermosa de muchacha huesuda sacudiendo sus sandalias en la playa", "por las terrazas desiertas, infinitivos clavados como insectos pacíficos", "navegar es necesario", "el mar, vendimiador de ojos", "este brusco olor a cuadra en medio del silencio húmedo".

De la misma manera hay versos que se refieren a situaciones muy comunes pero que inscritos en el contexto del poema sorprenden: "arrodillada en la sábana y forzando un poco la persiana para ver llover" (más tarde, en Gatuperio, habrá más parejas y persianas: en "Primera lluvia", "Posible"), "y qué pensar de ese ruido ingrato en las cocinas", "—No es el mismo caso, no es el mismo caso, aseguraba nerviosa alisando la servilleta".

Hay una sección titulada "Vacación y desquite" que en lo particular pienso que es una de las partes más plenas de su poesía. Y digo plena porque casi todos los poemas son exclusivamente sensoriales y musicales. La presencia de la música en la obra de Deniz es abrumadora. Así como se habla de influencia de poetas, también hay en esta poesía influjo de la música, sobre todo de algunos autores como Ravel y Debussy. Los dos primeros poemas de esta sección llevan como subtítulo dos obras de Ravel. El paisaje está inundado de música, cada poema es un preludio, una estampa, un espejo en donde la belleza es ingrata. La naturaleza tiene música, es decir, el poeta al contemplar el mar, el puerto ("constelaciones obedientes"), el trópico, se remite en muchas ocasiones a una bruñida pieza para piano.

En otra sección posterior, igual de lograda, sucede algo similar, aunque ahora los espacios serán interiores y el tema será erótico. Me refiero a la sección titulada "Natercia" (el nombre que Luis de Camoens daba a su amada). Pero antes Deniz ha escrito un poema como "Antistrofa", de su primer libro (poema intermedio de un tríptico: "Estrofa", "Antistrofa" y "Epodo"), en donde se pueden seguir como en un recorrido los juicios que merecen al poeta los grandes temas: la Poesía, la Historia, la Fe, el Ser, el Espíritu, trenzados con versos de una indiscutible ironía y a la vez con un aliento mayor, en donde los sentidos y la naturaleza terminan el poema en forma categórica; también hay poemas de corte irónico en "Sociologías", como hay madrigales, poemas ásperos, tiernos, bucólicos, etcétera. Pues bien, la sección "Natercia" revela con gran fortuna lo que es la poesía de Gerardo Deniz: como un black hole en donde una vez adentro ya nadie nos ve; la intimidad de una pareja, o de uno de ellos y el amor, a veces, son objetos colapsados que, cuando muy suntuosos, esperan el toque irónico como una salida a tan engorrosa solemnidad. El ejemplo máximo de esta actitud se encuentra en el poema titulado "Posible", quizá un poema ejemplar. Hay en él toda una concepción del amor, se alude a la relación de una pareja ideal como un acto que podría ser místico; ellos giran "hacia la llama" (título de una pieza para piano de Scriabin), pero el poema comenzó con un juicio contundente: cuando esté así con una mujer ideal, no cambiará nada, ninguna "chingadera", ni se alcanzará la "inocencia recobrada": llegará después un "párroco" con estampas de lo que debe ser el amor, "libertarias máximas", y sin embargo la pareja lo arrojará por la ventana, una defenestración, como sucede en otros poemas. Deniz se burla continuamente de los estereotipos. La pareja, muy íntima, mientras gira ve objetos en el cuarto, va alcanzando orgasmos; entonces no habrá gran revelación y aquí de nuevo surge la ironía: "he aquí la originalidad de este poema". El poema termina con una analogía hecha entre la erección que ya no sucede y la combustión, la oxidación total. Ellos descienden a la alfombra. Aquí ya no arderán más por hoy: "todo es de camino".

La sección más difícil de seguir y de leer son los poemas agrupados con el título "20 000 lugares bajo las madres", fechados de 1973 a 1974. Esta larga sección es, con el capitán Nemo, su submarino y la obra de Julio Verne, el gran laboratorio de Gerardo Deniz. En ella experimentará como si cada poema fuera una reacción, otra vez una "sustancia", pero ahora química. Abundan los episodios grotescos e irónicos mientras escenifica; uno de ellos se titula "El origen de la tragedia", en donde pone a la tripulación, muy en confianza, a dramatizar. "20 000 lugares bajo las madres" es un experimento en el cual Deniz pone a hervir y a cocer cosas (la historia, sectas de iniciados, personajes extraños y el lenguaje) muy distintas, que por lo general darán como resultado poemas indescifrables. Aquí Deniz tiró la red indiscriminadamente, pero eso sí, deliberadamente.

Resta decir que en esta poesía hay toda una actitud de aceptación, resignada muchas veces, ante los fenómenos naturales, las relaciones amorosas, el paisaje, la historia, el lenguaje, que en sí mismos están llenos de una belleza impasible y por tanto hay que dejarlos así, sin tener que hacer toda una teoría audaz de las cosas de este mundo, quizá "cosas de lo oscuro". Deniz es escéptico ante los juicios intrépidos que por lo general son ilegibles y huecos, de ahí la ironía permanente en su poesía; de ahí, en ocasiones, su poesía.

Cabe también mencionar que en esta antología se han incluido algunos poemas inéditos significativos; el último de esta selección es, sin duda, uno de sus mejores poemas, vuelve a saber como aquellos reunidos en "Vacación y desquite"; no deja más que la posibilidad de pisar otro poema "como a una especia nada más para el oído".

En fin, hasta ahora a Deniz le sucede como al genio de su doméstica "Lámpara maravillosa": "El alifrit está frito, nadie frota."

Deniz sí frota.



Pablo Mora

 


Nota autobiográfica


Nací en Madrid, el 14 de agosto de 1934. Desde 1936 hasta 1942 estuve en Ginebra (Suiza). Llegué a México, el 24 de mayo de 1942, y desde entonces sólo he pasado, en total, unos 40 días fuera de esta ciudad. Estudié hasta preparatoria. He trabajado para varias editoriales, en traducciones y revisiones. Tengo dos hijas (1962, 1963).
 

 


Tarde


Tal por las estaciones del discurso se aquietan las palabras
con los picos entreabiertos, una a una,
la sensitiva unánime del bosque tocada por la hoguera
se agazapa taciturna soñando nubarrones presentes. Los
helechos impávidos,
las corolas que gimieran acaso al menor roce,
mustias de savia pegajosa que se adensa y se angosta:

es un caer de ángeles la hora, un cegar con resina
los sentidos; y el déspota verano de vapores y plomo
reverbera en los ojos rasgados de la tarde y el pasmo en la
piel
es como el limbo doloroso y tierno de esas hojas tan grandes
—oh ineptos,
tacto sin yemas, nariz sin alas,
al vislumbrar las hijas de los hombres.

Como pájaros tristes en el calor del día.

(Oiseaux tristes)

 


Mariposas


Y en los vasos empañados un gusto distante como en frío
crisol del alba. Qué afán incurable de hojas secas en las
luces, ahí arriba,
de antifaces marcados con polen y ceniza
de otra lumbre. Del susurro a las pausas, toda la noche
un quehacer inacabable —jirones cobrizos, zozobra rumbo a
las grandes lluvias
siempre posibles.
Dijera el día
en qué cortezas o sinsabores,
en qué ciudades hindúes devoradas hace siglos por la selva
son a las alas oscuras clemencia los derroches del sol
egoísta, y al rumor
medida cierta este lance de espadas que empieza.

 

(Notuelles)

 


Duda


Mercurial,
suma de alboradas en la frecuentación del silencio,
ciervo cercado de rigor y bruma
y de esa envidia que al caer la noche,
mientras se oyen todavía los niños afuera,
se pone en la garganta —el pájaro vuela en círculos,
desciende,
y al llegar tiende las garras anhelantes—, desde cualquier
retorno,
desde quién sabe qué amistad.

Porque creerlo es fácil, sí,
aun en estas fechas que a veces huelen como el agua de
flores que se tiran, como el agua
del manglar, fría en lo hondo y que se pudre sin prisa. Feliz
lenguaje
y la paciencia de la lluvia en los cristales, esta certeza de
climas y de floras
o la figura hermosa de muchacha huesuda sacudiendo sus
sandalias en la playa.
 

 


Hueledenoche


Terrestre la noche abierta en tantos lagos redondos
(comparten sin saberlo las cosas del cielo)
y ahora también, de pronto,
en esa flor de las afueras,
esa flor hecha casi de aire,
aroma sólo y que tal vez no existe
—o es la vocal más honda, ya silencio; es un monarca débil
recorriendo a tientas
la quietud de su reino amenazado
—carencias del idioma y erosiones despacio,
escándalo del sueño cuando el pezón despierta en la punta
de la lengua bajo su túnica de pétalo marchito.

Ante las fronteras pernocta el mar y por su piel salada
discurren ciertos signos,
dédalos de algas pardas.
Cosas son de lo oscuro.


(Turtle Island, 1974)

 


Siesta



O salir sin hacer ruido al golpe del día, a palpar la humedad
que vive en los muros, detrás de trepadoras y tallos
volubles,
quemarse pies y manos con barandales blancos y baldosas
muy secas,
mirar desde abajo una ventana de hotel igual a tantas
mientras en este minuto dejado solo la brisa reacia sigue
vuelta hacia el mar
—y por este mar se va hasta Borneo—,
ni las velas respiran y llegan despacio al puerto
las supersticiones de la tarde.
Dejar aquí
en trance vegetal el cargamento de géneros y frutos
empedernidos, sargazo de sal y penumbra, los talones fríos,
entre ese olor a pintura nueva en los rincones
y a cedro inmortal en el armario —prosodia que el sol
desconoce. Y ahora
apartar despacio de la piel el oído
con un sonar de espuma en la ribera.

Por las terrazas desiertas, infinitivos clavados como insectos
pacíficos.

 

 


Siesta



O salir sin hacer ruido al golpe del día, a palpar la
humedad que vive en los muros, detrás de
trepadoras y tallos volubles,
quemarse pies y manos con barandales blancos y
baldosas muy secas,
mirar desde abajo una ventana de hotel igual a tantas
mientras en este minuto dejado solo la brisa reacia
sigue vuelta hacia el mar
—y por este mar se va hasta Borneo—,
ni las velas respiran y llegan despacio al puerto
las supersticiones de la tarde.
Dejar aquí
en trance vegetal el cargamento de géneros y frutos
empedernidos, sargazo de sal y penumbra, los talones
fríos,
entre ese olor a pintura nueva en los rincones
y a cedro inmortal en el armario —prosodia que el sol
desconoce. Y ahora
apartar despacio de la piel el oído
con un sonar de espuma en la ribera.

Por las terrazas desiertas, infinitivos clavados como
insectos pacíficos.

 


 

Duermevela


Y ante el foro negro de la bahía y su círculo de
constelaciones obedientes
cuánto rumor en una vasta ausencia de palmeras (y está el
sitio opaco de la ravenala),
el vaivén y su gemido en el cuero acre de barcas sin luces,
una larga retórica en pilas y estrídulos
—las cosas incesantes
al pie de la ventana. No lloverá esta vez,
ni el viento trazará sobre el flanco del agua sus renglones
huidizos,
mas será una ley de licores pausados en todas las frondas,
gutación y ligamaza en las estancias abiertas,
como la ofrenda que fermenta en el templo a oscuras.

Por el hilo de araña del descenso
llega otra vez a la almohada el perfil seguro.
 

 

Sentimental


Mientras en el telar caliente de la lluvia se labra un manto
de barro para el mundo
y de las azoteas a lo negro, allá abajo, escurren castos
vocativos (mañana
habrá hojas y mangos por el suelo, en el camino;
agua oculta en lugares que nadie descubre —tibia ya—
hasta muy entrado el día)
—en la cercanía malva de unos labios esa fragancia de
Damasco quemada por Tamerlán, y dura aquel barrio de
nombres
positivistas —y lo es el nombre mismo
con que vuelves los ojos de almendra oscura
y levantas las cejas tú conmigo:
—Navegar es necesario.
 

 

Antistrofa


Como un vino feroz entre las cosas o un gran deseo de
hembra,
como la luna sobre las islas que piensa el bonzo errante,
por la tarde que guarda en ánforas selladas el poema,
la niebla al acecho entre los pinos,
qué inminencia del canto palpando su flagrante desnudez:
cosas con lumbre, cosas con tetas, cosas cubiertas de liquen;
reconocer el relincho del caballo de Godiva, así el amante
saliva de la amante
—así también los charcos erizados por la lluvia en la ciudad
obtusa,
animal doméstico y blando en el atrio del monte,
lago de yesca y alcoholes, pobre mar sin Magallanes,
momento de aves planas las veletas: ni lección rota en
espuma,
ni insectos con tabacos fugitivos —aquí y ahora,
en cualquier nimbo gris es la estación sin duda menos vasta
que un designio de dioses
—no importa que el oficiar sea poco ortodoxo—,
pero al oírla llegar se avivan colmenas de votos y preces:
que siga siendo la muchacha flaca y puta, llegue y regale
—en la cama, en la alfombra, bajo el pavorreal al bañarse—
escorzos para mejor saber el clima que aumenta hasta los
dientes,
sésamo que entreabre lacas rojas de caracol salado
a la noche total de nectarios y espádices,
la noche toda agosto —allí la riña tumultuaria
de tantas potestades sin sentido: Cazador, Cinosura,
imagen, paloma de huesos huecos que sostiene el azar
sobre el largo desdén con que el río se entrega hasta la
encordadura
de la cascada entera. —Poesía la llamarán, oh indecisa
mordiéndose los labios cada pocas palabras. Y será si
perdura
—dilatados alcances de mañana—
nervio y olfato como la tarde tras la lluvia
o cuando es ley el viaje pero dudoso el rastro —acaso el
suroeste
una vez más, o algunas, moviendo su tibieza bajo el agua
que surcan coros punitivos,
y las tripulaciones la cubrirán de brea, y el mar mismo ha de
anegar sus sílabas escasas
en un pecho viscoso. Rumbo será, no más, y tal vez
para nadie. Vuelve a casa, donde la fiesta humea,
a tus prestigios de victoria áptera, espasmo de unos
cuantos.
Duda siempre:
hay que pesar tus faltas, adolescente torpe; difícil
archipiélago
de estigmas estivales, fruta verde que derribó el granizo
sobre la hierba nueva;
credo en tu axila, piñón en tu sexo,
largas manos para cubrirte el vientre mientras en tu piel
duran los caminos rojizos de ir vestida;
y tu menstruo es modesto. Cuando el viento cede
y la ciudad como un tifus muy logrado establece en todas
sus buenas obras
ese halo urinario del cemento reciente;
cuando retorna como un cometa puntual la confianza de
aún no haber dicho nada,
el mundo —al menos éste— se vuelve una tela de juicio, y
el Ser
la hipóstasis de un verbo auxiliar, la Historia
tan discutible como al penúltimo empalado sobre el Bósforo,
y la Poesía
un mercado de sustancias pegajosas. Y así son, en efecto. Lo
demás: buenaventura, cópula,
razonable placer al vislumbrar una estrella entre el follaje
—incluso al recordarla— y la costumbre grecolatina de
mentir. A veces la fractura es conminuta
o la urgencia del chancro entrega alas y caduceo al que
pensaba hacer otra cosa. Pero ésas son
incidencias, aunque a menudo costosas; también cuesta
el lenguaje,
que no es, con todo, sino lo mismo pero mal puesto,
efusión gratuita que escala de cuando en cuando cierto rigor
aparente
por que lo llamen sereno o algo peor —pues ahí está,
entre otras, la Fe. Las montañas diversas y siempre
suburbanas,
dentadas por árboles lejos —allá el día reclina la sien
al conseguir repetirse sin nombrarse—, son estables como la
injusticia
y a su diestra permanecen. Ningún mártir podrá
lo que un siglo en la brisa o un periplo de hormigas
llevándose los granos uno a uno. Pero eso es la paciencia
—y más, la certidumbre
edificando a solas castillos improbables y desiertos, armerías
de aire
donde afila sus lanzas el alba deshabitada, casi idéntica;
luego,
en la terraza abierta, ante el trono de un emperador que
no ha de llegar nunca,
el grillo cante y por la pauta complicada de los fosos corra
el azogue sin fin del no saber. Entre una grima de vajilla
rota,
la Doctrina inútil con sus mirras, inútil con sus profetas,
inútil con sus almuédanos,
inútil como acercar la mano hasta una luz muy fuerte
y verla traslúcida y roja y atroz. Sosiego
por los senderos curvos de la elipsis,
línea de piedras blancas sobre el trébol —oh falso meridiano
encaminado al neuma de las proas en el atardecer,
juglar o Jerjes con vestiduras de color dudoso
—vaya por los muelles poblados de plática,
hacia visitaciones de aminas brutales repasando el salterio
de las olas; vuelva por los cauces
del ocaso que huele a pólvora, a la orilla caída entre las
sábanas:
y soportar la estolidez del Pueblo cargado de sabiduría
subliminal, replegándose
hasta el umbral frecuente, la escalera, el santo y seña; los
amores
con su grotesca lógica gris de límite impreciso como
cualquier viejo reino oriental,
como la del Espíritu cretino escandalizando en el piso de
arriba:
cuántas faldas en los tendederos de la Historia mientras
ardían las hojas muertas,
cuánto Ser secándose sobre las azoteas altas. Última
voluntad:
una procesión de archimandritas a galeras. Se iba del puerto
el otoño
por balcones mohosos de parteras y sastres. Gusto a canela
y esa forma femenina como un mapa de América del Sur en
plena calle
a la hora del mucho calor, cuando el ámbar se ablanda y los
diez mil
honorables insectos concursan otra vez
en los solfeos del recato, en los libelos de la noche; dones
nupciales,
mancha de aceite que crece despacio por el papel.
Este brusco olor a cuadra en medio del silencio húmedo
 

 

Nocturnal


Se deshace el día entre las manos
cuando el silencio extiende por ciertas calles sus largas telas
y en los portales cuelgan luces como gotas de pus.
Habitamos este queso blando y verde, con la estrella polar
a la derecha
y detrás de la lengua un vicio de dicción;
esperando la visita domiciliaria en lo alto de nuestras torres
de materia friable
(desde allí las hileras de bengalas paralíticas;
acaso algún tren para pensar en muros altos, en vías
muertas; acaso
los pliegues paralelos en las plantas de los pies, arrodillada
en la sábana y forzando un poco la persiana para ver
llover. Luego
llueve y llueve del árbol petulante cuanta vez vuelve el
viento.
En buhardillas con geranios en las ventanas iluminadas,
los planetas hojean textos indigestos —biblias, coranes,
rigvedas—;
y la luna pasa —llena, claro está, que si no la metáfora no
vale— como un afilador jugándose la vida por
despoblado).
Este redondo caldo de mamíferos enfriándose poco a poco
antes del alba.
 

 

Resfrío


Ruido fresco de rueda en la calle llovida,
tras esa geografía de alientos o la ventana,
y —de plano— todo es aburrido; pero de cuando en cuando
desaparece algún navío inglés
sin motivo razonable.
Tal vez el Capitán vela,
cruzado de brazos en el camarote ascético, ante relojes de
veinticuatro horas.
Daría toda su madreperla,
acaso hasta los álbumes de Rossini (transcripciones para
muérgano),
por una taza de café y una buena puta.
(Tales son las reflexiones de la tos y el cristal mojado.)
Luego de tolerar faltas de sintaxis en la tripulación,
prefieres muchas veces —y a quién confesarlo— esquivar al
francés tupido aún de ajos y trufas
del Périgord: nadie sabrá de tus carreras de puntillas al oírlo
acercarse, atildado y —por qué no aceptarlo— hasta
demasiado oceanográfico,
a clavar malditos alfileres en tus cartas de marear. No
puedes,
así fuera convaleciendo de un tiro en el pie,
ver días como éste desde cualquier torre, por ejemplo en
Amiens,
cuando encienden temprano los talleres de encuadernación.
Cómo fusilaban a sus oficiales los cipayos.
 

 

Evasión


En Tlalpan hay varios manicomios.
Y viendo en la sala de espera esos viejos tomos franceses
tan espesos
de balneoterapia y arsonvalización,
cruzando ese jardín por donde tres veces a la semana
discurren filosofías de vía angosta
—los perros trágicos machacados en la carretera al pasar
en volandas,
y así habrá que pasar ahora.
Hace calor.
El que vaya a la hora cursi como todas marchando a
oscuras al lado de los rieles
podrá escuchar (si le importa) el zumbido de muchos
escarabajos enamoradísimos
entre las piedras del talud.
Más allá (es de suponerse) descansan adineradas
adolescentes de miembros fruticosos,
con los labios secos, tendidas al descuido
como largos gatos de algalia.
(¿Habrán comido habas?
¿Borrarán como es debido los moldes de sus cuerpos en las
camas? Oh riesgo.)
Pero este mundo de trenes y escarabajos es un mundo de
trenes y escarabajos,
sin embargo,
nagara.
 

 

Meditar


A nadie debe alarmar que el horizonte acumule detrás de
los follajes volutas y nubes como del Greco: una tarde
tan barroca no pasa del ensayo general.
(En cualquier caso, si estuviéramos en el puerto, al atento
a cosas náuticas le bastaría recorrer de un vistazo la vasta
extensión de las aguas para asegurar con suficiencia:
—No está el tiempo para baticulos.)
Esta tarde discutible, colgada de los pulgares entre el polvo
y la lluvia
sobre el dorado ostracismo del parque inmenso, a la orilla
de lagunas podridas cubiertas de lentejuelas (Lemna
minor),

mejor será que la soledad escuche el organillo henchido de
chiflos y refollamientos:
si entrase Descartes en un café no se haría un silencio más
propicio.
Cante el barrio cuadrilongo, con caras de planchadoras y
anormales en las ventanas;
cante las bibliotecas donde el Nigromante hubiera podido
apurar las tardes oyendo zumbar moscas o, alzando al
techo la mirada aguda, abismarse en el Rorschach eficaz
de las goteras, mientras lejos los tranvías arrastraban sus
cadenas;
cante el herraje supremo del museo —la solitaria, el
hipogloso—, y en la caligrafía parda de las etiquetas
tantos pecados contra el Espíritu Santo.
Cante los textos al cesto, duelos y quebrantos, tácticas
galantes que violan convenios de Ginebra. Y para
mañana o pasado
cante sobre todo la mierda, que es cosa nitrogenada y
arrojadiza.
 

 

Dones de Asia


Cuando ocurre eso, los rebaños se levantan de pronto bajo
la luz culpable de la madrugada, interrogan con
resoplidos a la luna leopardiana;
despiertan nómadas —escamas sedosas de lenguaje
aglutinante,
palabras largas como la estepa,
vocales igualadas como la estepa,
desazón hasta la hora de partir
—también así aquel día
en que al abrir la señorita de improviso su balcón
no estuvo la hiedra en el muro de enfrente y ni siquiera la
jaula del cenzontle; no entró aire fresco: muy al contrario,
porque era selva de siete siglos atrás y los mosquitos
aplacaron la luz al invadir los prismas y el tul;
cerca berreaban los elefantes junto al Gran Lago;
entre los pedales del piano y las patas de garra porfirianas
descendieron al estuario de la plática resabios de
Jayavarman VIII
y cada vez que caía fuera una colilla encendida
mudaba un poco el pasado, hasta que hubo que cerrar, por
temor a fluxiones.
Pero es un recuerdo que conforta.
 

 

Anécdotas



Era muy temprano, prueba endeble de la redondez de la
Tierra,
forraje inerte bajo la transformación del día,
el mimbre de las sillas, escriba empeñoso cubriendo de
cuneiformes mujeres y más mujeres;
absorta en la orilla (qué diez dedos inquietos por la arena
fugitiva cuando trepa espuma al tobillo)
—y una palmada en ese código de Hammurabi echara a
volar cuántas aves
antes de entrar en el horno cerámico para perdurar, aunque
sea quebradiza, hasta el siglo XX (mas del corazón no se
oyó cosa):

ya la tarde sale de la espesura a beber en el mar, muestra
al turismo la mancha mongólica
entre un rumor tsetse de almas edificadas por la belleza;
el plancton se despeña por los costados en acto de protesta
contra tal debilidad de la carne
transida de puros imperativos y adverbios modales (mas del
corazón no se oyó cosa):

afuera, afuera; la camisa pegada, por sombras que propone
continencia el menguante, y aromas a melazas, tisanas;
un duk-duk despedido por herbívoro.
Chasquen hormigas rojas bajo las suelas en esta pinche
noche tropical.

 

 

Merlín


Diremos hoy del amor cosas verdades
como la orilla al mar hasta volverse arena.
Los pasos sobre hojas mojadas que no crujen; torna el
pensamiento con saliva ajena, oh brujo céltico que
hallaste hace dos lunas
una joven lavándose temprano en la fuente. Esta tarde de
nuevo
has mordido sus piernas —desgano: así hasta tres veces.
Hay en el bosque corros de hongos —y quién los pone, dí
(o enloquecer como el sabio malabar
ante la sensitiva), y quién pone el salitre en la bóveda donde
la antorcha traza enigmas de hollín.
Mirabas a la ventana de vejiga tendida; esperabas la hora,
oh brujo enteramente medieval,
cómo odiaste la paja donde hundías codos y rodillas
pensando en hongos, en salitre
(así otros días cuando quieres que dure y repasas el elenco
de estirpes de Erín desentendiéndote un poco).
Traes briznas en los faldones y en ese cucurucho salpicado
de estrellas, lúnulas y saturnos prematuros que llevas
frío en los pies y prisa; sí, oh brujo atormentado por la
enuresis;
anhelas el infolio de astrología judiciaria que el aprendiz
desempolva con mano trémula, creyéndote en hechicerías
altas.
Tardarás en dormirte aunque es noche de viento y el
hombre del norte no pisará las costas
No, no eres lunático.
 

 

Piel de Tigre


Isla de tres pasos
con las uñas izquierdas tostadas a la lumbre de la chimenea, sin miedo ya del tizón que blande el Hombre, y te rayó con arte: sabe de formas simbólicas; tú nada—
recordar sobre ti que por un άπαξ; se han perdido imperios
y callar sudando hasta el deshielo,
hundiendo los dedos en tu contrapelo imposible,
como Buda invocando el testimonio de abajo;
y cuando los torrentes se suelten y el fuego se apague y la
serpiente retire la capucha,
parpadear de asombro:
se zambulló la muchacha y con el cabello empapado hay
que reconocerla por los hoyuelos.
 

 

Lámpara maravillosa


El alifrit está frito, nadie frota.
Por el ojo de la lámpara, bajo una marina peor,
atisba
y ve que éste va a ser otro hogar como es debido.
El señor corre al centro del departamento, se llena la boca
de arena y la escupe por la ventana,
corre al centro del departamento, se llena la boca de arena
y la escupe por la ventana.
Es que está construyendo el nido.
El alifrit quisiera poner un toque de iniciativa —un
mordente, digamos— en esta cadena siniestra de actos
automáticos (dos tonos, un semitono, tres tonos, otro
semitono);
un grano de pimienta —digamos— en el lecho ázimo.
Pero es inútil: nadie frota.



(Poemas del libro Adrede)


 

Vehículo


Polvo. Detrás de la cortina, entre los equipajes,
tosió un Niño de diez años:
—Qué tos más desgarradora e incoercible —comentó acto
seguido con voz argentina.

Remotos aún los pinchos ya candentes de la ciudad.
Declaró el maestro:
—No dudo de que este Niño, elapsado el tiempo preciso
para su formación,
alcance la soñada eminencia.
Tendiendo los brazos a la cortina:
—Verás, Niño, cómo merced a un sincero afán de
formalización, usando kets y bras, los teoremas
fundamentales de la mecánica cuántica—

Los ocupantes de la carreta se fueron animando;
renacía la conversación, alicaída por horas.
Cada quien fue exponiendo con llaneza su punto de
vista. El occidente más cerca siempre.
Con la mandíbula descolgada hacia un lado,
el Niño asomó la cabeza para escuchar (cf. "enseñar
deleitando").
Los últimos compases se perdieron entre el fragor de
las ruedas sobre la calle del Empedradillo.

—Toda ventana encendida sugiere una dicha. Un hogar
apacible y una familia numerosa, de ojos redondos, sin
blanco casi, mirándose unos a otros en silencio,
sentados en camisón malva a la mesa.
 

 

Posible


Cuando llegue el día, cuando llegue,
no sé si cantarán las avecicas al amanecer de otro modo
(en todo caso, estaré durmiendo; vide infra)
si la esperanza, las guerrillas, cobrarán un sentido más
cabal, inédito, o cualquier otra
chingadera.
No lo creo.
Tendrás poco cuerpo, estarás surcada de isoglosas,
te afeitarás las axilas con asiduidad,
envidiables tus nervios sin hebra roja.
Traerás, eso sí, cierta sonrisa contigo
para tratar, sobre todo, de la inocencia recobrada,
al quedarnos solos con nuestros diafragmas tortuosos,
torturados, adúlteros,
siempre inmaduros irredentos.

Recibiremos visita:
—Es el párroco del porvenir, Santa Claus cargado de
libertarias máximas de amor,
beatas y extremistas como las del mundo superado,
lindas flemas hialinas que pasan —mírenlo—
con un sorbo de agua. Entonces lo arrinconaremos
(sonriendo) hacia el balcón:
—Incomunicación sensu stricto, Reverendo; racionalismo
lato sensu
(aquí un paso al frente),
y no queremos cambiar nada
más que la inclinación de la persiana. Con su permiso.
(Dos pasos.)—
Hasta que no tenga otro remedio
que tirarse, con el vaso en la mano,
a que hagan con él en la calle una anatomía
renacentista.
Pues de la lógica de Stuart Mill,
la estequiometría de las pasiones, el principio del
tercero excluso,
podríamos burlarnos sólo tú y yo. Y eso a ratos.

Entonces girando en espiral, insectos,
perdiendo sustancia, perdiendo flogisto,
estrecha la culebra sus anillos.
—Hacia la llama.
La ráfaga en que arden súbitas las alas
y se descarga el aire, así luego de la primera lluvia.
Papel parafinado. Saldrán otras.
Detrás del resplandor central vislumbraremos el cuarto
penumbroso a cada vuelta.
Libros en las paredes; lares, manes, satanes en las puertas.
Brillará un instante cada metal.
Abajo, en el suelo, el disco sigue, sigue,
hasta que uno al pasar se estire y lo detenga, porque
molesta.
—Hacia la llama.
Atendiendo a las razones del cremáster
que la razón no entiende.
Ni el párroco tampoco
(neti, neti).

No entraremos por fin en la lumbre:
he aquí la originalidad de este poema.
Todo es de camino,
de espasmos caninos,
exclamando cosas no más incoherentes que al darnos un
martillazo azul en el dedo
o al intentar persuadir para que se quede a quien se
despide de improviso en una fiesta.
Y cuando lo que gira es ya fosfatos, carbonatos,
apatitas—
llega el diablo y sopla,
desciende ceniza hasta la alfombra,
guarda a tientas formas en la alfombra;
tiene nombre de sueño;
ceniza que se enfría.
La ceniza no arde.
Lo explica la más elemental
teoría de la oxidación.
 

 

Primera lluvia


No, no se trataba de una posibilidad que estuviera en
la agenda,
además todo era stainless steel;
calambre o pasacalle, eso no consta; sí
tu aroma en la tarde truculenta y cómo aspirabas
(con aplicación, constancia, puntualidad;
hasta hubo que comprarte uno de esos libros llenos de
epidídimos, de coitos en sección longitudinal, de
digresiones aburridísimas sobre la esterilidad)
definitivamente (quién leerá eso)
a sentir lo que el vigía en su barril durante lances
oceánicos análogos
y yo Linceo,
pluscuamperfecto Linceo de la miopía discerniendo
los poros,
los ochos y solenoides de los vellos
cuando detrás de la persiana empezaron a saltar
chapulines testarudos contra el vidrio
y atrapando al vuelo la oportunidad pedagógica y
estética te dije en el pómulo que atendieras que en
aquello valía fijarse valía mucho fijarse
y que (manifiestamente) no se olvida.



 

Tolerancia


Que ocupes una mesa frente a sillones obesos, escribiendo
con diez dedos más despacio que yo con cinco,
no es cosa que te perjudique, a decir verdad; tan
estragados estamos.
Simplemente, consuma la transustanciación en los ene
pisos de ascensor
para que al llegar a la calle
hayas dilapidado ese tufo penetrante a enfiteusis,
fideicomisos, derechohabientes, cónyuges supérsti-tes
y el número de hoy del Diario Oficial
—vamos pues; no era para tanto. Al fin y al cabo mi
poesía no aborda grandes asuntos.
Viéndolo bien, en una hora hay tiempo apenas
para seis botones, el zíper, una hebilla, mientras
maúllas (como si fuese un imperativo del Código de
Procedimientos; v., por si acaso, Fargard 16 y 18
in fine) que anoche alunizaste en el Mare Crisium
y andas tigresa, como tú dices.
 

 

New York revisited


Mais cette file miraculeuse était trop belle pour
vivre longtemps; aussi est-elle morte quelques
jours après que j'eus fait sa connaissance, et
c'est moi-même qui l'ai enterrée, un jour que le
printemps agitait son encensoir jusque dans les
cimetières.
 


Fue un correo de viento por la urna barrida. Fue un tráfico de
santo y seña prendido de mamas de viuda durante el
aguacero.
Fue un viento que volvía docenas de páginas juntas y que no
entrecortó ningún resuello, sin hélices al paso.
Ni sintió gotas fracturándose en hierro de ventana.
Rezumaron paredes y alumbre o relámpagos pusieron en
diedros salpicados la sombra relapsa de las puertas.
Agarrado al ramaje, el cuadrúpedo chino indefinible y estable
miró con un solo ojo crecer el aire y su
sinsentido. Agregó sornas al texto burriciego, y la
humedad vertical estuvo a su espalda.
Ni una miga en el suelo, ni una vuelta de llave, nada para
la cepa jodida, de regreso al plan ortopédico del canguro
andando.
Fue un viento de instinto y de cifra, abalanzándose a
morder de rabia el filo de su propio escudo. Y olor a
lluvia y asfalto infestó sin espinazo un boquete
quirúrgico, águila de sangre al lomo.
¿Y habrá calor, calor interno que mitigue, como un
historiador mamarracho, tal geometría irritable? ¿Qué
intestinos de bronce desfilarán en regla frente al fragor?
Un contagio de vetas y herrumbres en lugar vacío;
vigencia del aire, y cáustica la frescura al preñar por
último su velamen en la extensión risible, sin el salto
donde el mundo termina entre un pudridero de leones
ahogados.
Fue de madrugada una calma sabida. Fue antes de
amanecer una moderación muy fija. Fue cualquier
animal indescifrable cambiando de postura en el sueño
bajo la evolución que no ha entendido.
El tiempo es deseo y es erección: pasa.



 

Menotti, concierto para piano,
segundo movimiento


Vivre? Les serviteurs feront cela pour nous.
 
 
Los tranvías trasnochados luciendo su celoma deslumbrante
y vacío,
el isósceles de orina o vómito en los muros,
un aliento insulso de zaguanes negros que huelen a pollos;
cuántas calles del centro por pasar a estas horas
para flotar contigo sin que te des cuenta—
y siempre será inútil intentarlo:
amalgamar esto en tu materia todo
mientras en lo alto desertado una paloma idiota se
despierta y arrulla.
Tú habrás llegado; te untas la cara impasible ante el espejo.

He visto el lugar adonde vas de noche,
un lugar agrio y tenso como un gran río;
te pide el sueño, las aguas te despojan
encarcelándote en el cabello suelto;
va por lo oscuro esa carne con tu ombligo,
lama sin fuerza que arrastra la corriente.
Vas, abierto al fin el flanco que dolía,
dejando entre cañas de níquel tu sangre
junta a desagües blanquecinos de fábricas,
lamiendo orillas con máquinas, piltrafas,
bidones sucios, venecia alcantarilla.

Luego todo desemboca en mi garganta.



 

Progimnasia


Noche inicial, de calostros y meconios.
Noche naonata, de premio Nobel.
Apoyado en el fanal, el capitán Nemo pulía su bota
mantecosa puesta en el brazo izquierdo.

—Sí, señor Aronnax, el palco del hombre en el Kos-mos
es sui generis, como el olor de mi sala de máquinas.
Llegará usted a preguntarse: la minuta afrodisiaca
¿a qué apunta?,
la vajilla zoomorfa ¿a qué alude?
Y el discurso en trociscos.
Piense entonces en Tolhausen; él no atendía al platónico
kat' arthra — Tiene usted razón.
Quien conoció a Tolhausen nunca vuelve a ser el mismo.

Un pretérito escamoso de zarzuelas, buñuelos (frutas de
sartén).
El joven príncipe hindú vacaciona implacable. No
obstante, la semana pasada hundió un barco español,
el Secreto a voces, matrícula de Bilbao.
Tienen las altas casas abiertos los balcones
del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
En el calor de verano madrileño
sobrenadan jirones, balsas de la Méduse cargadas de
vocablos que se entredevoran —amorosamente,
of course.
Quien conoce a Tolhausen no vuelve a ser el mismo.



 

El origen de la tragedia


Es difícil de precisar, como siempre, pero a esta edad de
máximas,
al restregar con el dedo hasta que brilla el chipre
y el chipre es hueso o asoma un genio—
será quizá cosa de agradecerse el que haya todavía sol en
la palapa
y la alta pila de monedas que se cae a cada orgasmo:
sin duda un excesivo sentir de suficiencia,
sin duda una peroración que va quedando sola
como la mañana en que representaron sobre la cubierta
del Nautilos un intento de pantomima;
un marinero hacía de mujer (según se adivinaba por la
enorme peluca de estopa amarilla
y pechos simulados con trapos),
gesticulaba, se fruncía, manifestaba todas las muestras de:
a) el arrepentimiento, b) la duda, c) el terror;
el otro se mantenía impasible, atajándola con cortos
ademanes protocolarios; el tercero daba la espalda; la
mujer cayó de hinojos
y antes de que pudiera abrazar las rodillas al impávido,
éste se hincó también,
desorbitado, hacía que la iba a estrangular; ella cubría
su rostro, luego se cruzaba las manos delante como Osiris.
Lejos se amontonaban nubes grises. Creció el viento.

Una hora más tarde,
cuando Aronnax, preocupado, dejó de atender a la
pantomima,
ella describía algo pequeño y cúbico a los dos, pasmados
con los brazos en alto,
muy muy teatrales.



 

Un motete muy adulto


Ítem la vocación,
recordemos que, salvo en la adolescencia, todo animal se
entristece después del poema, y abstengámonos.
Los péndulos de Foucault, la monja Hroswitha, los
magdaleones, la imbecilidad crónica de aquel jansenista:
cualquier tema es riesgo a estas alturas.
Con diecisiete años se sabe mucho pero da vergüenza
(es lo que me pasaba tanto en el cincuenta y uno). Luego
llega la genuina consciencia, con una ese intercalada
para mayor claridad,
y ahí nos hallan, bebiendo brandy en la noche negra,
teniendo ya en cuenta casi todo.



 

Ignorancia


Cuando se quita usted del labio el epíteto escupiéndolo al
rostro de la amada,
siente usted que ha cumplido, hasta que le sale otro,
v. gr. de tabaco,
y el proceso se repite ad nauseam.
Lo malo es esa manigua poblada de grillos y leopones,
esa insuflación de burbujas en el tuétano
—en una palabra, todo lo que hormiguea, desazona un rato
y hace amanecer los lunes
pensando
cómo será que a mis tíos y tías los poetas
les ocurre lo que relatan
y viven para contarlo.



(Poemas del libro Gatuperio)


 

TLC


Nec plus quam minimum

La seca lluvia vertical continuaba,
ningún nacido de mujer había entrado nunca en la oficina,
decirle de prisa frases ambiguas, vejarlo y multarlo,
sellos amoratados, reglamentos, tubos de luz sanvito,
letras grandes en las ventanas decían algo al revés.
Afuera gris arriba, gris abajo.
Entonces el del escritorio de reclamaciones,
el que fue ascendido al otro día,
sacó un dedo por ver si amainaban las gotas ganchu-das:
tal fue el clinamen.
La lluvia
con un estruendo de dominó ateo
se derrumbó en sí misma. Al rato
notaron que ya había un sol redondo,
nació suelo verdiazul bajo las nubes nuevas,
pasaban saurios, hordas, bergantines.
Fue la primera vez
que apagaron, cerraron y salieron.
La cajera, la gorda, se despidió gritando:
—¡Mañana habrá causantes!

(Vuelta, 17, 1978)


 

Campestre


Como ya no la riñen por bellaca,
puede chapalear en el riachuelo.
Luego pliega una pierna al sol. No me ha visto,
despierto, a ras del musgo, revolviendo los ojos
con el fácil motu de la forma esférica.

Contemplo pie, huesito, rodilla (aún brusca) arriba;
vellos castaño claro por la tibia
(detrás el cielo azul),
arista escarpada, es un fresco otro mundo de sencilla flora
con globos de agua que atrapan al ínfimo intruso si los toca
—tensión superficial se llama este fenómeno—
o ponen arcoíris —refracción— en su frente cuando trepa
asiéndose de tallos flexibles y encerados
(pesa tan poco que ella nada siente),
de gota en gota. Son muchas.
Tantas,
que me incorporaré sobre el codo, y con suave estilo—


(Vuelta,
35, 1979)


 

Confesiones


Je forme une entreprise qui
n'eut jamáis d'exemple.


De Ginebra, mi pueblo calvinista,
donde todo era nítido como la sombra de una camisa de
fuerza,
resbalé a Lyon, adonde Jouvet
con un florete de platino me calcinó el punto cerúleo.
Touché. Merci.
Desde entonces, diremos que sin saberlo, en cualquier
teatro vacío,
estreno siempre sueños, aunque no se entiendan todos
o mi valioso trabajo cotidiano salga perdiendo. Mientras,
el vecino de cada noche tose, tose, y no muere.

Primero recorríamos las cordilleras divulgando tonadas
accesibles,
un trozo del Lago de los cisnes y cosas así.
Vimos mapaches, hablamos con Sísifo
(—No, moharrachos, eso del horror de volver a empezar
son necedades;
no, lo malo es que cuanta vez rueda la peña
me pasa por encima, mata una oveja en el valle y tengo que
pagarla),
inaugurábamos altorrelieves de parejas,
Abelardo y Eloísa, Aquiles y la Tortuga.
—Mastica mármol parió, muchacho, mastícalo;
así te resultará más llevadero el camino.

El paisaje se aplana desde hace años—
¿quién nos hará la autopsia?—
pero qué importa seguimos cargando la marimba por el
desierto de caspa
leyendo cada vez menos grafitos en el oleoducto tan útil
y un poco más allá donde un rodillo tricolor y vertical de
peluquería
girando suspendido en el aire gris
marca el fin de los tiempos.



(La cultura en México, 800, 1977)


 

Difícil


Volver es una cosa, otra escribirlo
en las horas hostiles que desfilan con mazas de piedra.
Qué guapas son, y qué brutas.

El sur agita gallardetes en jirones,
barco encallado en el coral azul del día.
Los volcanes, las cosas celando un espacio dudoso;
y la vida que se retuerce aquí mismo
es un naranjo extraño.

Un ídolo de madera baja el Dniéper revuelto;
craza el ramarro —relámpago— el camino.
Chocan en esta línea. ¿Y bien?
Aquel que amó, ¿ame mañana?

Las doce.
El sol pone el mantel en la montaña
donde una nube llega, se demora,
sucia de ser humano.



(Inédito, 1979)


 

Desconcertánea


Doy vueltas por el gazebo de mi inmadurez
con andar precario, como un quiroterio de Owen;
me asomo a la fontanela
a ver.
Qué más para un catálogo de ruina.
Es un hecho (para empezar de algún modo)
que me han felado diversas mujeres que no tenían ganas;
esto nunca le ocurría a Erich Fromm, por ejemplo,
quizá ni siquiera a Lamennais, aun siendo cura.
Es también verdad que de vez en cuando
tal o cual iota suscrita me hace planear la endura
y que siempre llevo en el oído un rumor de papeles rasgados
en cuatro, en ocho, en dieciséis.
En fin (por no ser prolijo),
al viejo grave que vino a podar la hiedra
le dije buenos días aunque eran las dos y veinte,
no le recomendé ningún té para su urticaria,
lo herí con metáforas en segunda instancia
—maniqueo, a tus cacharros; per Bastiana chiang kai shek,
y cosas hasta peores.


(Inédito, 1979)


 

Quadra ao costo probabilístico


En lo alto del surtidor
hay gotas que saltan más.
Esperando lo bastante,
una, subiendo, se irá.
 

 

Presente


Borrico de Buridán
atrapado entre dos flautas,
entre la final de fue
y la inicial de será.
¿Qué es el ser?
Casualidad.



(Inéditos, 1981)


 

Sínope


(Bien me acuerdo, bien me acuerdo:
un crepitar monótono en la garganta,
un cuerpo inerte que nada contesta,
yo en pie, delirándome de ganas y de rabia—
cuerpo entero, armonioso, deseado;
besarlo ¿para qué?—
y lo besé, por supuesto;
no me supo amargo, poetas,
tibio, salaz, terciopelo,
porque así era,
y medio minuto forniqué con ello
y mi clamor resonó en la habitación sola—

otra vez cuerpo desnudo, quieto;
quietas sombras sublimes de ella misma en su piel,
sombra de nariz, sombra con pezón, negra pincelada,
maleza indiferente
bajo la luz a medias
—oh descriptio puellae, qué absurda eres cuando está
borracha.)
¿O siempre?



(Inédito, 1983)


 

Ubicua


Adolescente aún niña, por la calle,
quizá con las uñas algo sucias;
joven tan a menudo tan mediana;
o en treintas, taciturna, toda mirada móvil
por una fiebre seca de códice borroso—
pero que duerma sola y en su cuarto
(¿no va uno a poner las condiciones?):
vivirla cama adentro, sin hablar, el embozo en los
labios, que huele a su saliva;
haya luz suficiente.
—No; ni aun tocarla.
Mirar sólo
en torno, la falda dejada con afición
o el pantalón calamitoso aventado a una esquina.
Volver los ojos, vigilarla aquí al lado
en lo más suyo: está
y yo no la conozco.
Justipreciar la lámpara patética o discreta
(y luego su perfil: como el que espía
lo que lee un compañero de trayecto —y en el acto
le escruta el rostro, ¿para qué?),
tranquilidad cardinal en la cortina,
el florero decente o
un escalofriante conejito con cara de niño,
de loza —ése, sí, ése.
Largo rato. Muy cerca. Paralelos,
en tanto menstrua, se adormila,
pasará el primer frío con sólo estar tan quietos
que apenas vibre la espada de mercurio entrepuesta.
Respirando pausado, profundo, a mis anchas;
a mis inmensas anchas.



(Inédito, 1983)


 

Planta


Descienden las hojas
abrasadas en el aceite pelirrojo del otoño,
cubren el suelo de monstruos raquíticos y tensos
que los pies desmenuzan
como a una especia nada más para el oído.
Desvían, distraen;
a veces engañan.
No dejan pensar. Callamos.

Da largo el paso para pisar aquélla.



(Inédito, 1983)