I Regreso de los sueños que se inclinan cada noche a recoger violetas. De tardes que se juran la lluvia a perpetuidad. De palomas que se adelantan a los acontecimientos. Regreso porque es preciso convencerse y mirar que los atardeceres cambian siempre de sitio y la lluvia no solamente se detiene en los labios. Todos los días nos encontramos al pie de la sorpresa. El viento dispersa sonrisas que surgen de la nada, del lugar donde no crece ni una sola semilla y la piedra no es más que piedra colocada en la tierra. Mi corazón te está buscando, como la hormiga que recorre distancias y se mete en la boca de la manzana. Y la orfandad no cesa, oh noche enemiga del alba de las doncellas que no supieron tejer nunca un velo nupcial. De la góndola del sueño surges tú y agitas la campana de plata que no conoció la risa de un niño; solidificas mi corazón y voy hacia tu encuentro incendiada, como un salmo que vuela por los aires. II Todos los días te sacrifico un cordero de oro surgido de los pies de hambrienta muchedumbre, nacido del silencio de todos los caminos, para dar libertad al ángel de los santos misterios –guardián de los enamorados que llegan a sus plantas con la verdad en los ojos–. Y tropiezo de pronto con un escudo de cobre, al frente de la puerta iluminada. Un muro de salamandras me protege y te me pierdes repentinamente. Te alejas como un barco en la neblina y es preciso pagar un rescate de jazmines para poder besarte en la garganta. III Una hebra de plata atraviesa el silencio de tus párpados. De tus manos durmiendo en mi cintura fatigada. Evoco la tempestad como un goloso pájaro que devora relámpagos con demoníaco pizo rechazador de serpientes emplumadas. Surgen las estrellas a la vista de todos. Y el mito es como un guante sin medida. El colibrí en su celda, sacude su ala derecha. Y nos pertenecemos al amparo de un tulipán nocturno. IV Un halcón de madera me señala dónde se inicia el movimiento de la luz, en la torre que resguarda el verano. Porque una sirena ha muerto sobre el agua, las lámparas del llanto están de pie y dialogan con las monedas de sus manos rotas. V En la túnica marina de cobre, todo sucumbe. Empieza entonces la desbandada de tu sombra, que rompe sus cinturones de raso y amaranto y se desplaza por el viento, como una botella enamorada. Una cadena de luciérnagas asoma de pronto a tus ojos que fulminan la mariposa teñida de suspiros. VI Ya nada puede volver a ser lo mismo. Se ha violado la cuerda de la noche. Los sollozos mortales de los peces estremecen el aire. La ballena ha perdido su sortija y todo en derredor es orfandad. VII Alimentada en ti, permanezco custodiando la niebla de tu cuerpo para recuperarte al día siguiente, a la orilla del sueño, catedral que nos conduce al nacimiento de otra noche, otra noche.
|